Seguro en mi Mente.
El sabor metálico de la sangre se mezclaba con el aire helado de Belfast. Cada respiración le raspaba la garganta como si tragara cristales, y el frío convertía el aliento en nubes blancas que desaparecían antes de alcanzar la siguiente farola. No recordaba cuándo había empezado a correr. Ni de quién escapaba. Solo sabía que debía seguir moviéndose.
Las botas pesaban como si arrastraran cadenas. Se hundían en el barro oscuro de un callejón que no conseguía reconocer, salpicando los bajos de su pantalón con una mezcla espesa de agua estancada, tierra y aceite. El costado izquierdo le ardía con cada bocanada de aire. Un dolor agudo, profundo, que parecía clavarse entre las costillas y extenderse lentamente por el pecho. Instintivamente llevó la mano a la herida, apretando la chaqueta empapada. La tela estaba tibia. No quiso comprobar si era por la lluvia... o por la sangre.
Belfast no estaba vacía.
Estaba despierta.
Las fachadas de ladrillo ennegrecido parecían inclinarse sobre las calles estrechas, observándolo desde sus ventanas apagadas. Las farolas zumbaban con una luz amarillenta e inestable que apenas alcanzaba a romper la oscuridad. Cada sombra parecía esconder una silueta inmóvil. Cada esquina prometía algo que prefería no descubrir.
Entonces los oyó.
Dos pares de pasos.
Lentos.
Sin prisa.
El eco rebotó contra los muros húmedos del callejón, acercándose con una precisión insoportable. Se detuvo en seco. El silencio cayó de golpe sobre la calle, roto únicamente por el golpeteo frenético de su propia respiración. Pegó la espalda contra la pared helada. El ladrillo estaba cubierto de humedad y musgo; el frío atravesó la tela de la chaqueta y le mordió la piel.
Esperó.
Nada.
Solo el murmullo lejano de la ciudad.
Al levantar la vista, las luces traseras de un coche se encendieron al final de la calle. El vehículo había permanecido allí todo ese tiempo, inmóvil, casi confundido con la oscuridad. El motor ronroneaba con un ralentí grave y constante, demasiado lento... demasiado paciente. Como si esperara.
Nadie descendió.
Ninguna puerta se abrió.
Sin embargo, la sensación de estar siendo observado no hizo más que intensificarse.
Un crujido rompió el silencio.
En el segundo piso de una casa gris, una ventana se abrió apenas unos centímetros. La madera vieja se quejó con un sonido seco, prolongado. Detrás del cristal solo había oscuridad. Ningún rostro. Ninguna figura.
Pero algo estaba allí.
Podía sentirlo.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Echó a correr otra vez.
El corazón golpeaba con tanta fuerza contra sus costillas que creyó que terminaría rompiéndolas. El aire ya no llenaba sus pulmones; apenas conseguía arañarlos antes de escapar convertido en jadeos irregulares. Sus pasos chapoteaban sobre los charcos mientras, a su espalda, el eco regresaba.
Uno.
Dos.
Uno.
Dos.
Siempre a la misma distancia.
Siempre siguiendo el mismo ritmo.
Nunca lo bastante cerca para verlo.
Nunca lo bastante lejos para dejar de oírlo.
La oscuridad de Belfast parecía estrechar las calles a cada paso. Las farolas de vapor de sodio parpadeaban con un zumbido eléctrico, una tras otra, proyectando sombras largas que reptaban sobre el asfalto húmedo y se aferraban a sus talones. Por un instante, Charlie tuvo la absurda certeza de que no era él quien atravesaba la ciudad, sino la ciudad la que se cerraba lentamente a su alrededor.
Bajó la vista.
Los charcos acumulados entre las grietas del pavimento reflejaban una versión deformada de su rostro. El agua, manchada de aceite y lluvia, hacía que sus ojos parecieran hundirse en las cuencas y que su boca se retorciera en una mueca imposible, una expresión que juraría no estar haciendo. Se detuvo. Volvió a mirar.
El reflejo seguía allí.
Una punzada de vértigo le recorrió el estómago.
Las piernas terminaron por ceder. Cayó pesadamente sobre una banca municipal de hierro, cuyo respaldo helado le atravesó la chaqueta húmeda como una hoja de hielo. El aire escapó de sus pulmones en un jadeo áspero mientras dejaba caer los brazos a ambos lados del cuerpo. Las manos le temblaban sin control; no sabía si era por el frío, por la pérdida de sangre... o por el miedo.
Entonces llegó el silencio.
No el silencio tranquilo de una ciudad dormida.
Uno denso, incómodo, tan absoluto que parecía absorber el murmullo distante del tráfico, el viento y hasta el sonido de su propia respiración.
Charlie levantó lentamente la cabeza.
Las nubes bajas se deslizaban con pereza sobre los tejados de Belfast, abriéndose apenas lo suficiente para revelar un disco pálido suspendido sobre la ciudad.
La luna.
Inmóvil.
Perfecta.
No importaba cuántas calles hubiera cruzado, ni los callejones en los que se hubiera escondido. No importaba cuánto hubiera corrido.
La luna seguía allí.
Observándolo.
Charlie se incorporó de un tirón.
Las piernas, rígidas por el frío y el agotamiento, flaquearon en el primer paso. Se tambaleó, apoyando una mano contra un poste de luz para no caer. El dolor del costado había dejado de ser una puñalada; ahora era un latido profundo, constante, como si algo respirara bajo su piel.
Entonces ocurrió.
Un estallido de ladridos desgarró la noche.
Primero uno.
Después dos.
En cuestión de segundos, los perros de varias calles comenzaron a ladrar al mismo tiempo. Gruñidos, aullidos y gemidos nerviosos se mezclaban en una cacofonía salvaje que rebotaba entre las fachadas de ladrillo. No ladraban unos a otros.
Ladraban a algo.
Charlie no miró.
Echó a correr.
Sus botas golpeaban el pavimento con un ritmo desesperado mientras los ladridos parecían desplazarse con él, saltando de una calle a otra, cada vez más cerca. No sabía si los animales lo perseguían a él... o si perseguían aquello que caminaba detrás.
Cuando la fachada de su casa apareció al final de la calle, no sintió alivio.
Solo urgencia.
Sacó la llave con dedos entumecidos. El metal chocó una y otra vez contra la cerradura, incapaz de encontrar el hueco correcto. Maldijo entre dientes. Respiró hondo. Lo intentó de nuevo.
Esta vez la llave giró.
Empujó la puerta, se deslizó al interior y la cerró de un golpe seco.
El chasquido del cerrojo resonó por toda la casa.
Y, aun así, nada cambió.
El silencio del interior era distinto al de las calles de Belfast. Allí afuera el silencio estaba vivo; aquí dentro era pesado, inmóvil, casi tangible. Parecía llenar cada habitación, cada escalón, cada rincón oculto de la vivienda.
Permaneció inmóvil en el vestíbulo.
No respiraba.
Escuchaba.
Los segundos comenzaron a alargarse hasta perder toda medida. El reloj de pared marcó un tic... otro... otro más.
Nada.
Giró lentamente la cabeza hacia la puerta.
Seguía cerrada.
Entonces sus ojos encontraron las ventanas del salón.
Las cortinas permanecían abiertas y el cristal devolvía un reflejo oscuro del exterior. Durante un instante creyó distinguir movimiento al otro lado, una sombra que desapareció en cuanto enfocó la vista.
Se lanzó hacia ellas.
Corrió los visillos de un tirón. Echó los pestillos. Comprobó uno por uno los marcos de las ventanas, presionándolos con ambas manos, como si esperara que algo intentara abrirlos desde fuera.
Puerta.
Ventana.
Pasador.
Otra ventana.
Todo quedó sellado.
Todo.
Solo entonces se permitió girarse hacia el pasillo.
La oscuridad lo esperaba al otro extremo de la casa.
El vello de su nuca se erizó.
La calle había quedado atrás.
Pero el miedo no.
Algo había entrado con él.
Un golpe seco quebró el silencio.
Toc.
Charlie se quedó inmóvil.
El corazón le dio un vuelco tan violento que creyó sentirlo subir hasta la garganta. Tragó saliva con dificultad y apoyó una mano temblorosa sobre el pecho, intentando acompasar una respiración que ya no le pertenecía.
La puerta estaba cerrada.
Él mismo había echado el cerrojo.
No podía ser.
Otro paso.
Muy despacio.
Entonces volvió a escucharlo.
Toc. Toc.
Ya no sonaba en la entrada.
Resonaba dentro de la casa.
Charlie giró la cabeza de golpe hacia el pasillo.
Nada.
Volvió a mirar hacia el frente.
Después otra vez hacia atrás.
Las sombras permanecían inmóviles... o al menos eso creía. Siempre tenía la impresión de que se acomodaban en su sitio justo antes de que sus ojos alcanzaran a fijarlas.
Siguió avanzando.
Cada tabla del suelo crujía bajo su peso, y el sonido parecía multiplicarse en las paredes, como si alguien más caminara exactamente a su mismo ritmo.
Al llegar al umbral de su habitación, se detuvo.
Una corriente de aire helado le acarició el rostro.
El dormitorio era una masa compacta de oscuridad. La luz del pasillo moría apenas cruzaba el marco de la puerta, incapaz de penetrar aquel vacío. No distinguía la cama. Ni el armario. Ni la ventana.
Solo negrura.
Esperando.
Sus dedos se crisparon.
No entró.
No podía.
Algo en el fondo de aquella habitación le decía que, si cruzaba el umbral, ya no volvería a salir.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
Fue entonces cuando la vio.
A su izquierda, una delgada línea de luz blanca escapaba por debajo de la puerta del baño, dibujando un rectángulo imperfecto sobre el suelo de madera.
Era la única habitación iluminada de toda la casa.
Y, por primera vez desde que había cruzado la puerta de entrada, la oscuridad pareció quedarse quieta.
Charlie irrumpió en el baño y cerró la puerta de un portazo.
El seguro giró con un chasquido metálico que rebotó entre los azulejos.
Durante un instante permaneció inmóvil, escuchando.
Nada.
Solo su respiración, áspera e irregular.
Se arrodilló junto a la bañera y apartó la cortina de plástico con manos que apenas obedecían. Hurgó entre las toallas viejas y, al encontrar el metal frío, lo sujetó con fuerza.
La pistola.
La había escondido allí días atrás. No recordaba exactamente cuándo. Solo recordaba haber pensado que algún día la necesitaría.
Retrocedió hasta el centro del baño.
Levantó el arma.
-¡T-tengo un arma...! -gritó, con la voz quebrándose-. ¡No tengo miedo de usarla!
El cañón recorría la puerta de un lado a otro, incapaz de mantenerse quieto.
Entonces...
Crujido.
Una pisada.
Lenta.
Al otro lado de la puerta.
Charlie contuvo el aliento.
Otro sonido.
Esta vez a su derecha.
Tac.
Algo había golpeado el cristal de la pequeña ventana.
Giró tan deprisa que casi perdió el equilibrio. Sin apartar la vista de la oscuridad exterior, extendió la mano libre y cerró la ventana de un tirón. El pestillo encajó con un clic seco.
Silencio.
Otra vez.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio que esperaba.
El arma comenzó a descender poco a poco.
No porque hubiera dejado de tener miedo.
El miedo ya no sabía hacia dónde apuntar.
Levantó la vista.
Más allá del vidrio empañado, suspendida sobre los tejados de Belfast, la luna permanecía inmóvil.
Redonda.
Pálida.
Observándolo.
Los labios de Charlie se entreabrieron.
-Veo la luna... la luna ve...
Su voz apenas era un susurro.
No apartó la mirada.
-Veo la luna... la luna ve...
Las palabras salieron más despacio.
Como si ya no las pronunciara él.
El baño parecía encogerse a su alrededor.
La luz blanca se derramaba sobre el espejo.
Sobre el arma.
Sobre sus manos.
-La luna...
Respiró.
-...ve...
El cañón seguía moviéndose.
Muy despacio.
Ya no apuntaba hacia la puerta.
Ya no apuntaba hacia la ventana.
Subía.
Centímetro a centímetro.
Hasta detenerse contra su propia sien.
Charlie ni siquiera pareció darse cuenta.
-Veo la luna...
Una sonrisa diminuta, cansada, casi imperceptible, tembló en la comisura de sus labios.
-...la luna ve.
Charlie enmudeció.
Muy despacio, como si cualquier movimiento pudiera romper el aire que lo rodeaba, giró el rostro hacia el espejo suspendido sobre el lavabo.
Se encontró a sí mismo.
La chaqueta empapada.
El barro adherido a la tela.
La sangre oscureciendo el costado.
El rostro desencajado.
Durante un instante creyó que todo seguía siendo real.
Entonces el reflejo comenzó a deshacerse.
Las líneas de su mandíbula se volvieron inestables, ondulando igual que una imagen sobre agua agitada. La piel perdió firmeza. Sus dedos parecían doblarse en ángulos imposibles antes de recuperar su forma... y volver a deformarse otra vez.
No apartó la vista.
Fue entonces cuando sintió el movimiento.
Su brazo se elevó con una lentitud insoportable.
No recordaba haber dado la orden.
El metal frío del cañón descansó contra su sien.
Pestañeó.
No reaccionó.
Solo observó al hombre del espejo.
-Vivo con un arma... -susurró.
El baño entero pareció contener la respiración.
-...que me apunta a la cabeza.
Las palabras quedaron suspendidas entre los azulejos.
No hubo respuesta.
Cerró los ojos.
Con una calma que no le pertenecía, apoyó el dedo sobre el gatillo.
Y presionó.
Click.
Nada.
Ni el fogonazo.
Ni el retroceso.
Ni el estallido.
Solo el chasquido seco del mecanismo vacío.
El silencio que siguió fue más brutal que cualquier disparo. Pesaba sobre el baño como una losa, devorando hasta el sonido de su respiración.
Charlie abrió los ojos.
Miró el espejo.
El hombre que había al otro lado seguía allí. Pero ya no era él.
Vestía la misma ropa. Estaba en el mismo baño.
Bajo la misma luz blanca.
Sin embargo, permanecía inmóvil, con una expresión completamente ajena.
Los brazos descansaban a los costados.
Las manos... estaban vacías.
No sostenían ningún arma.
Y, aun así, seguía mirándolo.

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