No recuerdo si fue en Egipto, Paris o Santiago. Se que urdí un plan impreciso para hacerte callar; o tal vez lo leí en algún libro desvencijado. Recuerdo el temor de esa araña que corría en tu estomago, vagamente un símbolo de paz, una maraña, un ojo azul o negro (o los dos...) y espuma de mar, un cuarto demasiado escaso, una minima obscuridad; un escondite de puertas abiertas de par en par. ¿Habrá sido espuma de mar o era fluido de plata? Se que era un camino sinuoso pero ¿Quién grito? El planeta nos veía mientras alguien cerraba los ojos. Ningún puñal, jamás! Tendría el filo necesario para acariciar una manzana tan roja y calida.
Recuerdo esa sensación.
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