PERÍMETRO, DESPLIEGE, REVISIÓN
El uniforme de un voluntario ha de consistir, primeramente en el casco amarillo reglamentario, esto para proteger el cráneo de cualquier daño que le pueda ser producido por causa de escombros o algún otro peligro existente en la zona de despliegue donde el voluntario lleve a cabo su labor. La doble funcionalidad del casco es de protección y visibilidad en caso de necesitar rescate o apoyo dentro de una zona de despliegue. En caso de infección, el casco permitirá al equipo militar especializado reconocer fácilmente al humanoide como un ex miembro de la brigada, esto los llevará a cumplir con el acto de terminación enfatizando el evitar daños excesivos al cuerpo o al uniforme del humanoide y así permitir un proceso de identificación póstumo más efectivo.
Es por estos motivos que queda TERMINANTEMENTE PROHIBIDO que el voluntario remueva el casco de su cabeza durante el despliegue.
-MANUAL DEL BUEN VOLUNTARIO SEGUNDA EDICIÓN. EXPEDIDO POR EL GOBIERNO DE MÉXICO
Pudo escuchar los gruñidos del resto del equipo mientras terminaban con los estiramientos, ella hizo lo posible por no hacer lo mismo, pero la tensión en sus chamorros, el crujir de sus huesos añejos, ese dolor tan familiar que cada vez se volvía más y más insistente...
Irinea se irguió y se retiró rápido del grupo mientras nadie veía, el orgullo herido bien guardado tras una mirada impasible y un andar ágil.
La brigada estaba reunida en la bola matutina de antes de la jornada, la tropa conversaba con algo que los soldados aseguraban que era café, más parecía un vazo de agua cochina hervida, los líderes de escuadra planeaban el despliegue de la zona y algunos de los voluntarios hacían apuestas por ver quién encontraría algún objeto específico primero. Relojes de oro, argollas, aretes, anillos, bolsos de diseñador, zapatos o incluso botas nuevas. No es que tuvieran algún uso ya, claro, pero era la forma que tenían de entretenerse.
Irinea miró la calle, las casas, viviendas de dos pisos todas, la mayoría ya habían sido registradas por los soldados antes de su llegada, podía ver agujeros de bala en algunas de las puertas, vidrios rotos, muros ensangrentados ahí donde le habían dado piso a algún zombi, sobre la calle brillaban aquí y allá destellos de incendios cobrizos de casquillos olvidados por el ejército.
"Han de sobrarles balas, cabrones." Pensó la mujer al tiempo que se agachaba para recogerlos, los llevaría al Centro de Acopio cuando volvieran al campamento, cada casquillo era una bala que podía volver a hacerse, o un material que podía fundirse para convertirse en otra cosa que necesitaran. Basura, desperdicios, hace mucho que había aprendido que esas eran ideas inútiles de un mundo donde todo sobraba.
Algunos de los compañeros habían comenzado a recogerlas también, como gallinas hambrientas espiando el asfalto muerto. Era una labor mecánica, algo que le permitiera no sentirse inútil y fingir que no había una leve punzada de dolor en su espalda baja cada que se agachaba, también algo que le daba la excusa de no tener que platicar con alguno de los demás voluntarios.
No era que no le agradaran sus compañeros, ya había tenido suficiente de la soledad, no extrañaba los meses ahogada en el silencio ausente de las ciudades masacradas, los pueblos muertos, las carreteras vacías donde lo único que sonaba era el viento y aquello que consigo cargaba.
Mayormente el ruido de algo que no debería de ser ya.
Pero aún así, era difícil desacostumbrarse al silencio, a nomás cuidarse la espalda propia, a ver por sí misma. A veces extrañaba esa quietud, ese temple de aire que se escurría de ventanas rotas, de puertas arrancadas de sus goznes, que se paseaba por entre los árboles y los hierbajos dejados crecer a su gusto, a veces extrañaba el vacío...
Un silbatazo largo irrumpió las conversaciones y las ensoñaciones de Irinea. De inmediato echó los casquillos que ya tenía dentro de uno de los bolsillos de su chaleco y se dirigió a donde estaba el lider de escuadrón.
El resto hizo lo propio, amigos se despidieron. "Ahí te miro en la cena." Se decían al tiempo que se insultaban burlones.
-¡Te cuidas mi pinche gata! - Le dijo alguien que pasaba junto a ella. Una mujer de rostro enjuto con ojos grandes y claros.
- Dame tu lámpara pinche tecolota, tú ni la ocupas con esas lumbreras que te cargas en la cara.
La mujer rio. -Pinche Iri. Me buscas a la noche, te tengo que dar algo.
- ¿Qué cosa?
La mujer se pasó la mano por encima de los labios con un movimiento rápido, pero dejó el dedo índice y medio entreabiertos en un gesto que Irinea conocía bien.
- Hija de la chingada...- Sonrió. -¿Cómo le hiciste para conseguir?
-Ahí te platico luego. - Respondió y se giró para seguir su camino
- Pinche Lorena. - Murmuró la mujer.
Encontró a su escuadrón junto a otros dos, doce personas en total estaban de pie escuchando el plan de acción del día a la sombra del esqueleto renegrido de un camión achicharrado. Era viejo, podía ver telarañas incendiadas como hebras de gasolina a los ojos del sol, hierba y demás raíces se habían abierto camino desde la calle para comerse las llantas del vehículo, envolviendo la carne de caucho derretido en un abrazo tan fuerte que parecía desesperado.
Frente a los voluntarios había una cartulina, una impresión de las calles donde estarían trabajando los siguientes días donde el Cerillo Enrique apuntaba con vehemencia ayudado de un metro escolar que siempre llevaba consigo, explicando la estrategia de despliegue acordada por los líderes, junto a él estaban el Locomotor y la Tati asintiendo en silencio.
- ...se encargaron del perimetraje, pero como pueden ver se les pasaron algunos casquillos. Vi que algunos de ustedes ya los anduvieron recogiendo orita que llegamos, no se les olvide dárselas a su lider de escuadrón al final del día para tenerlos todos en un lugar y que no se nos pierdan luego, me vale madres qué tan bien estén los bolsillos de su chaleco, ya nos ha pasado que luego por andarse arrastrando y agachándose por todos lados se les va cayendo todo de a poquito sin que se den cuenta. -
Algunos voluntarios carraspearon. -Roberto.- Tosían.
- Tonces eso es lo primero. - Continuó el Cerillo. - Luego está el método de hoy, nos vamos a ir con lo confiable, el método de nuestra compañera la Leona. - Hizo un gesto a Irinea y varias miradas la observaron brevemente. - Esta pinche colonia tiene todas las casas pegadas y de acuerdo al informe que nos dieron nuestros compañeros del brazo militar después de pasar por aquí, a algunas les tumbaron las paredes para compartir espacio entre los vecinos. Esperen encontrarse con pasadizos interconectados, revisen cada cuarto como ya saben ustedes, muévanse siempre en grupo, aunque tengan que ir agarrados de la manita, los quiero juntos siempre, ya hemos tenido sorpresas antes.
Una voz se alzó de entre los escuadrones. - ¿Hay trampas y madres de esas?
- No recibimos reportes de trampas, pero ¿cuándo nos hemos hallado un lugar que no tenga mínimo alguna sorpresita? Ya sabemos que los soldados normalmente no se andan metiendo a las casas.
Murmullos de aprobación se arrastraron de entre los dientes de los cascos amarillos. Después de los humanoides, una tabla con clavos colgada del techo era algo que les aterraba a muchos, en parte porque ya habían visto los efectos de la misma durante sus capacitaciones, en parte porque ellos mismos habían hecho sus propias artimañas antes de ser reclutados para los esfuerzos de Recuperación, sabían de qué era capaz la imaginación de una persona que no tiene más que hacer aparte de tener miedo.
- ¿Más preguntas?
- ¿Dónde pa la quema?
- Cerca de donde se estacionaron los camiones ya está hecho un pozo, ahí tiran lo que toque y los "dragones" se encargan del resto. - El Cerillo chasqueó los dedos como acordándose de algo apenas. - Asegúrense de no andar aventando cosas que puedan reventar o ponernos en peligro como gasolina o botes de alcohol sin avisarle a los "dragones", hoy no contamos con el apoyo de varios compañeros por las lesiones causadas la vez pasada, al Mario se me hace que hasta le tuvieron que mochar los dedos. - Enrique miró a su audiencia en busca de más preguntas, los otros equipos ya habían comenzado a movilizarse y estaban tirando puertas para adentrarse como hormigas hambrientas en las bocas y ojos de aquellas cosas de hierro y ladrillo donde antes hubo gente.
- Sale pues, si no quedan dudas, buena suerte muchachos, y nos andamos viendo aquí mismo a las siete en punto para hacer conteo.
Los otros dos líderes cobraron vida de repente y llamaron a su respectiva gente. "San Juanes. Conmigo." Tosió el Locomotora con voz como arrastrar de guijarros en el fondo de una cueva profunda.
" Ámonos Cuauhtemoc." Llamó la Tati con esa voz cantarina suya.
"Arroyos, todos juntos y atentos." El Cerillo.
Manchas de vida se embarraron entonces entre las venas disecadas de aquella ciudad, un experimento bacteriológico en el laboratorio de algún Frankenstein moderno, buscando devolver la vida a un fósil infecto y odioso, una cosa hambrienta y rabiosa que esperaba paciente a que alguna presa incauta se acercara lo suficiente a sus colmillos par atraparla y no dejarla escapar jamás. Los cascos amarillos andaron como fuegos fatuos a plena luz del día, adentrándose en los rincones de aquella tumba enorme a la expectativa de lo que pudiera habitarla.
En algún lugar, un lamento largo y agudo les dio la bienvenida.
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