Exoplaneta
Roberto conduce una camioneta pick up en la que viaja con Gael; yo camino por la Avenida Orión y veo que pasa a mi lado, así que levanto el brazo oscilándolo, grito, brinco y corro para alcanzarlo y pedirle un aventón. Él gira el rostro hacia el retrovisor, me reconoce y se detiene al terminar la rotonda. Abre la puerta, me subo y le digo:
—Qué bueno que te vi; si no, debía caminar mucho para regresar a casa.
Y de inmediato comienzo a platicar con ellos sobre la vida y sus complejidades.
Más adelante, Roberto gira a la derecha y baja hacia una carretera con carriles de circulación en ambas direcciones. Del lado izquierdo, dos líneas continuas; a la derecha, un barandal que impide que los coches caigan al barranco. El camino se pinta con los rayos del sol, la vegetación, aves que representan el valor de la libertad y el viento árido. La música psicodélica-trance, hace que me pierda en el tiempo y espacio; la distracción se expande hasta la cabina del conductor y, sin percatarse hunde su pie en el acelerador.
En tres segundos resuenan los quejidos de las llantas, giros desesperados de la camioneta, movimientos bruscos y miradas entrecruzadas. Las manos de Roberto se tensan en el volante, inquieto, gira hacia la izquierda, pero retrocede antes de cruzar las dos líneas que delimitan el carril contrario. Cambia de dirección hacia la derecha y topamos con el barandal, evitando caer al precipicio.
Le digo al conductor:
—Haz algo, vas muy rápido.
—No sé qué hacer, no tengo experiencia en conducir ya que es mi primera vez y recién compré la camioneta.
Esta vez elevo el tono de voz:
—¡Suelta el acelerador!
—Ya solté el pedal, pero se atascó
Sin saber qué más hacer, Roberto entra en pánico mientras seguimos en zigzag a lo ancho del asfalto grisáceo. A Gael se le destraba la quijada y dice: —Por favor, Roberto, detente.
Vuelvo a indicarle que destrabe el acelerador o ponga el freno de mano y…
¡Pum!
Olvidé colocarme el cinturón de seguridad. Me aferro al asiento por un segundo, pero resbalo. Siento golpes por todo el cuerpo; el café, las frituras y la nieve de fresa luchan por mantenerse en su lugar, solo el frasco de Gerber se mantiene intacto. El impacto contra el barandal es tan fuerte que volcamos. Termino recostado en el vidrio de la puerta, estoy al nivel de la carretera, a unos centímetros observo las piedritas del camino, así como las dos líneas que delimitan la circulación. Nos arrastramos unos trescientos metros hasta detenernos en medio del carril contrario. Tras disiparse el humo del motor, observo un vehículo que nos saca la vuelta en el último instante antes de colisionar con nosotros; respiro con esfuerzo. Se acerca otro coche y también evita el impacto, es cuando pienso: Lo único que resta es dejar que el tiempo complete mi destino. Alcanzo a reconocer al siguiente vehículo y es de color amarillo con franjas negras, cierro los ojos, descanso.
En este sitio reina la oscuridad, quien altiva reclama su espacio. Es en esta no ausencia de luz, donde las pesadillas son mi más sagrado refugio, estoy parado sobre un piso húmedo y cálido, volteo a examinar cada parte de mi cuerpo y todo está en su sitio, no siento dolor, ni un rasguño o gota de sangre, presiento que ya pertenezco a otra dimensión, una que me recibe como al hijo pródigo de la biblia; giro a mi derecha y veo a mis dos acompañantes con quienes aterricé en este lugar, petrificados con la mirada perdida y el cabello hecho trizas, giro hacia enfrente para descubrir que estoy al borde de una enorme piscina con olas de mercurio danzando de felicidad, regalándonos una bienvenida, giro al cielo y éste también se transforma en un brilloso plateado, impregnando de vida a todo el entorno. Tras esta transformación, algo me motiva y me lanzo hacia la piscina, siento las olas livianas y brillantes que me acarician al vaivén del ausente viento, siento un incremento en las olas tras zambullirse mis otros dos acompañantes, quienes sin dolor ríen y me uno a la celebración a pesar de haber cruzado el umbral etéreo.
Fuera de la piscina nos cuestionamos si en verdad trascendimos, de inmediato se escucha una voz que retumba en el ambiente y nos corrige desde algún escondite: “solo han modificado el plano dimensional”
Siluetas de seres invisibles nos llevan a otro lugar en compañía de nuevos integrantes, quienes voltean para todos lados, se miran entre ellos y las preguntas revolotean sin brújula; a Roberto y Gael los reciben dos señoritas con abrazos y chocolates, ellos las reconocen de inmediato y se alejan; yo sigo solo sin alguien que me acompañe y me pregunto: “¿acaso en cada rincón de la galaxia seguirán ignorándome las señoritas?” tras unos instantes, regresan y los tres nos abrazamos para que alguien más tome una fotografía del recuerdo, no hay fotógrafo, cámaras ni celulares, pero sé que ese día quedó marcado como aquel en que reiniciamos nuestras vidas.
Desde el cielo, tras el destello del neuralizador, aparecemos dentro de una de las doce casas, frente a un Ser con forma humana y expresión afable, que funge como guía de los iniciados, a quien le digo: ¿“estamos muertos de verdad”? como en cámara lenta y ambas manos a la altura de su corazón, me corrige, “más bien se encuentran en un proceso de transición, el cual deben superar para mostrarles todo lo que necesitan conocer”. Señala con su brazo izquierdo hacia un pasillo, donde al final, se encuentra una puerta de madera con trozos de sal en la entrada, nos indica que de momento ninguno de los tres debe cruzarla, ya que del otro lado están nuestros familiares encarnados. Acierto a preguntar:
—¿Cómo han tomado lo de mi partida?
—Hasta el momento todos están tranquilos
—Mi voz tiembla al mencionar ¿y mi mamá cómo está?
—Duda en responder y contesta: le va llevar más tiempo, pero con sus oraciones y creencias estará bien. Agrega que la inteligencia artificial es de gran ayuda para superar el período de luto.
Acepto la restricción porque me siento liberado del peso que representa el cuerpo físico. Nos hace una seña para avanzar hacia un portal que nos succiona para comenzar una nueva aventura. Abro los ojos al escuchar los trinos metálicos de un colibrí.
Instagram: ortegaame
Obras publicadas: Ojos de vida / Ser divergente / La invención de octubre 2023 / El crujido del tiempo / Leer enamora el alma / Nimrod y elocuencia / El arancel del Mictlán / Narrativas oníricas.


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