Las puertas que el castillo abre

“Fragmento del Diario de Lucien De Valois”

“23 de junio de 1782”

“Existen lugares que no pertenecen a ningún hombre. Podemos heredar sus tierras, dormir entre sus muros y creer que conocemos cada uno de sus secretos. Pero los castillos antiguos tienen su propia voluntad.

El mío siempre abre las puertas cuando cree que estoy preparado para recordar.

Esa ha sido, durante doscientos años, su forma más cruel de castigarme.”

 Lucien no regresó aquella noche, Aurora lo supo cuando despertó, no porque alguien se lo dijera sino porque el castillo parecía distinto, más silencioso, más vacío. Como si algo que pertenecía a aquellas paredes hubiera abandonado el lugar.

Permaneció unos minutos acostada, mirando el techo oscuro de su habitación. Afuera, el amanecer apenas comenzaba a teñir de gris las montañas. La nieve continuaba cayendo lentamente, cubriendo los jardines y los bosques que rodeaban el castillo.

Todo era hermoso, demasiado hermoso. Y, aun así, Aurora no lograba olvidar la expresión de Lucien, aquella única palabra.

—No.

No había sido una orden, ni una amenaza. Había sido miedo.

Por primera vez, Aurora había visto miedo en los ojos de un hombre que parecía no temerle a nada, Se incorporó lentamente.

El retrato de Isabella volvía una y otra vez a su memoria. Aquella mujer, aquellos ojos. El nombre.

Isabella De Valois.

Aurora no sabía quién había sido pero sabía que su existencia había dejado una herida profunda en Lucien. Y lo que más la inquietaba era que, de alguna forma imposible de explicar, el retrato parecía haberla reconocido a ella.

 

Cuando descendió al comedor, Edmund ya la esperaba la mesa estaba preparada para una sola persona.

Aurora se detuvo.

—¿Lucien no desayuna?

El anciano levantó la mirada apenas un instante.

—El señor De Valois no se encuentra en el castillo.

Aquella respuesta no la sorprendió pero sí la inquietó.

—¿Se fue?

Edmund acomodó una taza de porcelana.

—Digamos que necesitaba distancia.

Aurora observó la mesa.

—¿De mí?

Por primera vez, Edmund pareció dudar solo un segundo, pero fue suficiente.

—El señor De Valois lleva mucho tiempo huyendo de ciertas cosas, señorita Castelli.

Aurora se sentó lentamente.

—Y yo soy una de ellas.

Edmund no respondió.

La ausencia de una respuesta fue suficiente. Lord Volturius apareció minutos después, no parecía haber dormido. Aunque Aurora comenzaba a sospechar que muchos habitantes de aquel castillo no necesitaban hacerlo.

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Vestía de negro aquella mañana, un abrigo largo, perfectamente abotonado. Su cabello blanco contrastaba con la oscuridad de sus ropas y sus ojos dorados parecían más claros bajo la luz gris que entraba por los ventanales.

Se sentó frente a Aurora.

—Espero no interrumpir.

Aurora dejó la taza sobre el plato.

—Creo que este castillo dejó de pertenecerme hace tiempo.

Volturius sonrió.

—Nunca perteneció a nadie.

Aquella frase le recordó algo, Lucien había dicho casi lo mismo.

“Todavía me reconoce”

Aurora miró al anciano con atención.

—¿Qué quiso decir Lucien cuando dijo que el castillo todavía lo reconoce?

Volturius inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso es una pregunta peligrosa.

—Empiezo a acostumbrarme a ellas.

La sonrisa del vampiro se hizo apenas más visible.

—No. Todavía no sabes lo que significa hacer preguntas peligrosas.

Aurora sostuvo su mirada.

—Entonces explíqueme quién es Isabella.

El silencio cayó sobre la mesa, Edmund permaneció completamente inmóvil. Incluso las llamas de las velas parecieron reducir su movimiento.

Volturius no apartó los ojos de Aurora.

—¿Dónde escuchaste ese nombre?

—No lo escuché. Vi su retrato.

Por primera vez, el rostro del líder del clan Volturius perdió toda expresión.

—¿Viste su retrato?

Aurora asintió.

—El castillo abrió una habitación.

El anciano se reclinó lentamente contra el respaldo de la silla.

Parecía genuinamente sorprendido.

—Eso no es posible.

—Bueno, aparentemente aquí muchas cosas imposibles ocurren.

Volturius permaneció en silencio.

Aurora observó cómo su mirada se perdía por unos segundos en la ventana. Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado, era más baja.

—Ese retrato debía permanecer oculto.

—¿Por qué?

—Porque hay recuerdos que no deberían regresar.

Aurora sintió una punzada de frustración.

—Todo el mundo en este castillo habla como si yo tuviera que entender cosas que nadie quiere explicarme.

Volturius volvió a mirarla.

—Y, aun así, has decidido quedarte.

—Porque quiero respuestas.

—Las respuestas tienen un precio.

Aurora apretó la mandíbula.

—Entonces empezaré a pagar.

El anciano la observó durante un largo instante y luego sonrió. No con amabilidad sino con reconocimiento.

—Ahora entiendo por qué el castillo te abrió esa puerta.

Aquella tarde, Aurora recorrió sola los corredores, no buscaba nada en particular, o al menos eso se repetía. La verdad era que esperaba encontrar otra puerta, otro secreto, otra pista. Desde que había llegado, el castillo parecía reaccionar a su presencia.

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Primero el medallón, luego los ecos, después la biblioteca, la habitación del retrato. Aurora comenzó a preguntarse si realmente era ella quien encontraba las cosas o si, en realidad... Las cosas la encontraban a ella.

Llegó al extremo del ala norte, hasta ese momento no había explorado aquella zona. Las ventanas eran más estrechas, los pasillos, más oscuros. Había retratos cubiertos por telas y puertas cerradas con antiguas cerraduras de hierro.

En una de las paredes encontró cinco escudos los reconoció inmediatamente.

  • Volturius.

  • Draculescu.

  • Razvan.

  • Morozov.

  • Bastien.

Los cinco clanes.

Se acercó. Cada símbolo estaba tallado sobre piedra negra.

Debajo de ellos había una inscripción.

“Cinco clanes, cinco juramentos, una sola noche”

Aurora pasó los dedos sobre las letras.

—¿Qué significa?

—Una promesa.

Aurora se giró. Lord Volturius estaba detrás de ella no había escuchado sus pasos.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—El suficiente para saber que usted no escucha consejos.

Aurora cruzó los brazos.

—Lucien tampoco, eso tienen en común.

Aurora volvió a mirar los escudos.

—¿Cuál fue la promesa?

Volturius se acercó lentamente y se detuvo frente a la piedra.

—Hace siglos, las cinco familias juraron mantener oculto nuestro mundo.

Aurora frunció el ceño.

—¿"Nuestro mundo"?

El anciano la miró.

—¿Todavía no te lo ha dicho?

Aurora sintió un escalofrío.

—¿Dicho qué?

Volturius sonrió apenas.

—Entonces será mejor que lo escuches de él.

La frustración volvió a crecer.

—¿Por qué todos hacen eso?

—Porque Lucien necesita elegir el momento.

—¿Y yo?

Volturius guardó silencio.

—¿Qué pasa conmigo?

El vampiro acercó lentamente la mano al escudo de los Volturius.

—Tú no aparecías en ningún juramento.

Un estruendo recorrió el castillo y los dos levantaron la mirada no era un trueno. Las paredes habían temblado. Aurora sintió que el suelo vibraba bajo sus pies, entonces escuchó un sonido profundo, como el movimiento de una gigantesca puerta de piedra.

Volturius cambió por completo, su expresión se volvió seria.

—No.

Aurora lo miró.

—¿Qué sucede?

El anciano se alejó de los escudos.

—El castillo está abriendo algo.

—¿Y eso es malo?

Volturius la miró directamente.

—Depende de qué haya decidido mostrarte.

El sonido volvió a escucharse, esta vez más cerca. Aurora siguió a Volturius por los corredores, bajaron una escalera, luego otra. La luz desapareció lentamente, las velas de las paredes se encendían una a una cuando ellos pasaban. Al llegar al nivel inferior, Aurora reconoció el lugar. La puerta de la Galería del Recuerdo, pero algo era diferente.

La enorme puerta de madera estaba abierta.

Volturius se detuvo.

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—Esa puerta llevaba sellada desde antes de que Lucien abandonara el castillo.

Aurora miró la oscuridad del interior.

—Entonces nunca entró nadie.

—Nadie.

El pasillo era largo. A ambos lados descansaban decenas de retratos.

Hombres, mujeres, niños. Familias enteras.

Algunos miraban hacia el frente, otros parecían tener la vista perdida en alguna parte que no pertenecía al mundo de los vivos.

Aurora caminó lentamente, Volturius no dijo nada.

Al fondo de la galería, una enorme ventana mostraba el bosque, la luz de la tarde comenzaba a desaparecer, y entonces Aurora se detuvo. Había reconocido un rostro.

Se acercó. El retrato mostraba a un hombre joven de cabello oscuro, ojos grises, una expresión seria. Vestía un uniforme antiguo. Aurora no necesitó leer la placa para saber quién era.

“Lucien De Valois”

La inscripción decía:

“1779”

Aurora permaneció inmóvil, volvió a mirar el rostro, después la fecha y finalmente a Volturius.

—Él se parece exactamente a esto.

El anciano no respondió.

—No un poco.

Aurora dio un paso hacia él.

—Exactamente.

Volturius parecía debatirse entre hablar o guardar silencio.

Aurora recordó las palabras de Lucien.

"Las respuestas completas suelen destruir las preguntas."

Ahora comenzaba a comprender por qué.

—¿Qué edad tiene Lucien?

El silencio se volvió insoportable.

—Lord Volturius.

—Esa no es una pregunta que deba responder yo.

—¿Por qué?

—Porque una vez que conozcas la respuesta, ya no podrás volver a verlo de la misma manera.

Aurora sintió que algo frío recorría su espalda.

—¿Es un vampiro?

Volturius cerró los ojos solo un instante, pero Aurora ya tenía su respuesta. El castillo entero pareció quedarse quieto, no hubo viento, no hubo crujidos. Ni siquiera las velas se movieron.

Aurora volvió lentamente la mirada hacia el retrato de Lucien. La misma piel. Los mismos ojos. El mismo rostro. Dos siglos.

La imagen que durante días había intentado negar se formó finalmente en su mente.

Lucien; los vampiros; el castillo; los cinco clanes; la sangre; la edad que no podía calcular; la ausencia de reflejo. Todo encajaba ya mismo tiempo todo se rompía.

—Él nunca me lo dijo.

Volturius permaneció inmóvil.

—No.

—Me mintió.

—Te protegió.

Aurora giró hacia él.

—¿De qué?

El anciano respondió sin apartar la mirada.

—De él mismo.

Aurora abandonó la galería no sabía hacia dónde caminaba. Solo necesitaba alejarse.

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Las paredes pasaban a su alrededor como sombras. Su respiración era cada vez más rápida. Intentó convencerse de que no tenía miedo pero sí lo tenía, no de Lucien no exactamente. Tenía miedo de darse cuenta de que había confiado en él, que había comenzado a comprenderlo, que había dejado de temerle y que él había ocultado la verdad más importante de todas.

Llegó a la escalera principal y entonces se detuvo. El castillo estaba oscuro, las velas se habían apagado todas.

Aurora permaneció inmóvil.

—¿Edmund?

No obtuvo respuesta. Un sonido llegó desde algún lugar del corredor, un golpe Luego otro, pasos lentos. Aurora miró hacia la oscuridad y una figura apareció al final del pasillo. Alta vestida de negro.

Lucien.

Pero algo era diferente, su rostro estaba cubierto de sombras. Aurora no podía distinguir sus ojos.

—Lucien...

Él no respondió, dio un paso y Aurora retrocedió. El hombre volvió a avanzar.

—Lucien, soy yo.

Entonces la figura levantó la cabeza y Aurora vio sus ojos. No eran grises, eran completamente negros.

Una voz desconocida salió de su garganta.

—No.

Aurora quedó paralizada, la figura inclinó lentamente la cabeza.

—Él todavía no ha regresado.

El corazón de Aurora se detuvo por un instante.

—¿Quién eres?

La sonrisa que apareció en el rostro de aquel hombre no pertenecía a Lucien.

—Alguien que conoce el verdadero motivo por el que el castillo te dejó entrar.

Y antes de que Aurora pudiera retroceder, todas las puertas del corredor se cerraron de golpe una tras otra. Una; dos; tres; cuatro, cinco.

El último golpe resonó con una fuerza que sacudió todo el castillo y en la oscuridad absoluta, una voz susurró junto a su oído:

—Bienvenida a la verdadera casa de los De Valois, Aurora Castelli.

Aquella noche, Aurora descubrió que Lucien no era el único monstruo que habitaba el castillo.

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