El viaje de los condenados

"Fragmento del Diario de Lucien De Valois"

"23 de noviembre de 1781"

"Hay noches en las que todavía escucho su voz llamándome entre la nieve. Han pasado dos años desde que Isabelle murió entre mis brazos, pero el tiempo no existe para quienes cargan una maldición como la mía. Dicen que los vampiros olvidan. Mienten. Recordamos demasiado. Cada rostro. Cada muerte. Cada promesa que no pudimos cumplir."

"Si algún día vuelvo a sentir algo por otra alma..."

"Que Dios tenga misericordia de ambos."

El aeropuerto internacional de Ezeiza bullía de viajeros. Maletas rodando sobre el piso brillante, voces mezcladas en distintos idiomas, anuncios de embarque que se perdían entre el murmullo constante de cientos de personas.

Aurora permanecía inmóvil frente al enorme ventanal de la terminal, en su mano derecha sostenía el pasaporte, en la izquierda, el medallón de los De Valois.

Todavía podía regresar a casa, todavía podía fingir que nada de aquello existía, pero entonces recordó las palabras del Padre Gabriel.

"La verdad siempre encuentra el modo de alcanzarnos."

Respiró profundamente, tomó su equipaje y dio el primer paso hacia la puerta de embarque.

Sin saberlo...

También acababa de dar el primer paso hacia el mundo de los inmortales.

A unos metros de distancia, sentado en una cafetería, Lucien seguía cada uno de sus movimientos. Llevaba un traje oscuro impecable y unos lentes de sol que ocultaban parcialmente su rostro, frente a él, Valeria dejó una taza de café intacta.

—Todavía puedes detenerla.

Lucien negó lentamente.

—No.

—¿Aunque eso signifique llevarla exactamente al lugar del que intentaste mantenerla alejada durante siglos?

Él observó cómo Aurora entregaba su documentación.

—El castillo la llamará tarde o temprano, prefiero estar allí cuando ocurra.

Valeria apoyó los codos sobre la mesa.

—Te estás involucrando demasiado.

—Lo sé.

—Y sabes cómo termina siempre.

Lucien no respondió porque ya conocía la respuesta. Siempre terminaba con sangre.

A miles de kilómetros de allí... Las montañas de los Cárpatos permanecían cubiertas por una espesa niebla.

El Castillo De Valois se alzaba sobre un acantilado como una gigantesca sombra de piedra. En la torre más alta, Kael contemplaba el horizonte.

Un cuervo se posó sobre la baranda. El vampiro acarició sus plumas.

—¿Ya despegó?

La criatura emitió un breve graznido y Kael sonrió.

—Perfecto, que el castillo despierte.

Las campanas comenzaron a sonar por sí solas, en los pasillos vacíos, antiguos retratos parecían observar la oscuridad, y en las profundidades del castillo...

Algo abrió lentamente los ojos después de siglos de silencio.

Página 2

El vuelo transcurrió sin sobresaltos.

Aurora intentó leer, escuchar música, dormir pero nada funcionó. Cada vez que cerraba los ojos soñaba con el mismo lugar.

Un bosque cubierto de nieve, un castillo iluminado únicamente por la luna y un hombre de espaldas.

Cuando finalmente lograba acercarse... el siempre desaparecía.

Despertó sobresaltada, su respiración era agitada.

Una azafata se acercó sonriendo.

—¿Se encuentra bien?

Aurora asintió con una sonrisa nerviosa.

—Solo fue una pesadilla.

La mujer continuó su recorrido.

Pero, al girarse, Aurora descubrió que un pasajero permanecía de pie al fondo del avión, vestía completamente de negro. No podía distinguir su rostro.

Un segundo después... Había desaparecido.

Horas más tarde. El avión descendió entre montañas cubiertas por bosques interminables.

Cuando las ruedas tocaron la pista del aeropuerto de Bucarest, Aurora sintió una presión en el pecho.

Era una sensación extraña.

Como si hubiera regresado a un lugar donde nunca antes había estado.

O donde quizá...

Siempre había pertenecido.

Lucien fue el último pasajero en abandonar el avión, no necesitaba equipaje. Después de dos siglos aprendió que todo lo importante podía llevarse en la memoria. Mientras caminaba por la terminal, percibió un aroma familiar.

Sangre. Un vampiro antiguo.

Y muerte.

Su expresión cambió de inmediato.

—No... No puede ser.

Giró lentamente.

Al otro extremo del hall, un hombre alto, de cabello completamente blanco y ojos dorados, observaba a Aurora con una calma inquietante.

Vestía un elegante abrigo gris y sostenía un bastón de madera negra.

Cuando sus miradas se cruzaron...

El desconocido sonrió.

Lucien sintió que todo su cuerpo se tensaba. No podía estar allí.

Era imposible.

Porque aquel hombre había sido dado por muerto hacía más de ciento cincuenta años.

—Alaric...

—Cuánto tiempo, hijo mío.

Las palabras apenas fueron un susurro.

Pero bastaron para que el mundo de Lucien se derrumbara.

El Rey de los Cinco Clanes había regresado.

Y si Alaric había abandonado su trono para recibir personalmente a Aurora... Entonces la profecía era mucho peor de lo que todos habían imaginado.

Lucien dio un paso adelante.

Sin embargo, cuando volvió a buscar a Aurora entre la multitud...

Ella ya no estaba.

Solo quedaba el medallón tirado sobre el suelo de mármol.

Cubierto por una única gota de sangre fresca.

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