La herencia de sangre

La lluvia había cesado.

El silencio que envolvía la antigua biblioteca de la Iglesia de San Ignacio era tan profundo que Aurora podía escuchar el suave crepitar de las velas mientras seguía sosteniendo el medallón entre sus manos.

El metal permanecía tibio, como si conservara el calor de un corazón que hubiera dejado de latir hacía siglos.

—¿Qué significa esto? —preguntó con la voz apenas firme.

El padre Gabriel cerró lentamente la caja de madera y durante unos segundos pareció debatirse entre guardar silencio o revelar una verdad que llevaba décadas ocultando.

Finalmente habló.

—Significa que tu familia jamás fue una familia común.

Aurora levantó la vista.

—¿Quiénes eran?

—Guardianes.

La palabra quedó suspendida en el aire. Gabriel caminó hasta una vieja vitrina y extrajo un rollo de pergamino cuidadosamente atado con una cinta roja. El papel estaba amarillento por el paso del tiempo.

En uno de sus extremos brillaba un sello de cera negra, el mismo símbolo que había visto grabado en el medallón. Dos lobos enfrentados, una rosa oscura y una luna creciente.

—Este documento fue entregado a la Iglesia hace doscientos treinta y cuatro años por una mujer llamada Isabella De Valois.

Aurora sintió un estremecimiento.

—¿De Valois?

—Era la hermana menor de Lucien.

Aurora abrió los ojos con sorpresa.

—¿Lucien tenía una hermana?

Gabriel asintió.

—Ella fue la única que logró escapar cuando el castillo cayó en desgracia.

Se refugió primero en Italia y, años después, una parte de su descendencia emigró a Sudamérica bajo otra identidad.

Aurora sintió que el mundo comenzaba a encajar de una manera inquietante.

—¿Está diciendo que...?

—Que llevas sangre De Valois. No el apellido, pero sí el linaje.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Aurora recordó a su abuela y las historias que contaba de niña.

Aquellos cuentos sobre un castillo cubierto de nieve, un lago negro y una luna que nunca parecía ocultarse.

Siempre creyó que eran simples fantasías ahora comprendía que eran recuerdos disfrazados de cuentos.

Gabriel abrió el pergamino. Era un árbol genealógico cuidadosamente dibujado a mano cuyos nombres recorrían generaciones enteras hasta llegar a uno escrito con tinta más reciente.

Elena Castelli. Su abuela.

Debajo aparecía otro.

Aurora Castelli.

Ella.

Aurora llevó una mano a la boca.

—Mi abuela... lo sabía.

—Sí.

—¿Por qué nunca me dijo nada?

Gabriel sonrió con tristeza.

—Porque hizo una promesa. Prometió mantenerte lejos de ese mundo el mayor tiempo posible. Pero las promesas tienen un límite cuando el destino comienza a despertar.

Página 2

En ese mismo instante, varias cuadras más allá, Lucien permanecía de pie sobre la terraza de un antiguo edificio.

Desde allí podía ver las torres de la iglesia.

Valeria apareció junto a él.

—Ya abrió el pergamino.

Lucien no respondió.

Su mirada seguía fija en el horizonte.

—Sabes lo que ocurrirá ahora.

—Sí.

—Va a viajar.

—No tiene otra opción.

Valeria guardó silencio unos instantes.

—¿Y tú?

Lucien bajó la vista.

—Yo tampoco.

Aquella noche, Aurora regresó a su departamento completamente exhausta y al llegar encontró un sobre debajo de la puerta. Era distinto a los anteriores.

El papel era blanco. Moderno. En el frente aparecía su nombre escrito con una elegante caligrafía.

Dentro del mismo había tres cosas.

Un pasaje aéreo con destino a Bucarest; una reserva de hotel para siete noches y una breve nota.

"Si deseas respuestas, cruza el océano. Todo comienza donde termina el miedo."

No había firma. Solo un pequeño sello negro con una rosa.

Aurora dejó los papeles sobre la mesa.

—No pienso ir...

Intentó convencerse.

Lo repitió varias veces.

Pero la fotografía del castillo, el medallón, la carta, la biblioteca y Lucien.

Todo apuntaba hacia el mismo lugar.

Transilvania.

A la mañana siguiente, mientras preparaba café, sonó su teléfono, era un número desconocido.

—¿Hola?

Una voz femenina respondió del otro lado.

—¿Aurora Castelli?

—Sí.

—Mi nombre es Victoria Rinaldi soy la escribana que administró la sucesión de su abuela Elena.

Aurora frunció el ceño.

—La sucesión terminó hace años.

—No completamente. Hay una cláusula que solo podía ejecutarse cuando usted cumpliera veintitrés años.

Aurora dejó lentamente la taza sobre la mesada.

—¿Qué clase de cláusula?

—Su abuela le dejó una propiedad.

No en Argentina, en Rumania y junto con ella, una carta personal que solo ahora puedo entregarle.

Muy lejos de Buenos Aires, entre los Cárpatos, una tormenta cubría las montañas. El Castillo De Valois emergía entre la niebla como una sombra inmensa. Sus torres se perdían entre las nubes. Las gárgolas de piedra observaban el valle con rostros eternamente amenazantes.

En el salón principal, Kael Dragomir contemplaba el fuego de una enorme chimenea.

—Está en marcha.

Un hombre vestido con una capa oscura inclinó la cabeza.

—¿Debemos detenerla antes de que llegue?

Kael negó lentamente. Una sonrisa apareció en su rostro.

—No. Que venga, porque algunas puertas... Solo se abren para quienes llevan la sangre correcta y cuando Aurora cruce los portones del castillo...

La profecía dejará de ser una leyenda, y comenzará la guerra.

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