Entre la Sangre y el Deseo: Capítulo 4
Secretos enterrados
La mañana amaneció gris sobre Buenos Aires.
Una llovizna persistente cubría las calles del casco histórico mientras Aurora caminaba por la calle Bolívar con el sobre apretado contra el pecho, había pasado la noche en vela, cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquella criatura atravesando el vidrio del café.
Y a Lucien, su fuerza, su velocidad. Aquellos ojos grises que escondían un dolor imposible de describir.
No sabía quién era pero tampoco podía convencerse de que fuera un asesino.
Había tenido la oportunidad de hacerle daño y no lo hizo.
¿Por qué?
Frente a ella apareció la imponente fachada de la Iglesia de San Ignacio, el edificio, uno de los más antiguos de la ciudad, parecía detenido en el tiempo. Sus muros de piedra oscura conservaban el peso de siglos de historia, mientras el sonido apagado de las campanas envolvía el patio colonial.
Aurora respiró hondo antes de cruzar la puerta.
El interior olía a incienso y madera antigua.
La luz de la mañana atravesaba los vitrales, proyectando colores sobre el piso de mármol, y un anciano acomodaba unos libros junto al altar lateral. Vestía sotana negra, su cabello blanco contrastaba con una espesa barba perfectamente cuidada.
Cuando Aurora se acercó, él levantó la vista y durante un instante pareció reconocerla.
No por su rostro, sino por algo mucho más profundo.
—Buenos días.
—¿Usted es el Padre Gabriel?
El sacerdote permaneció en silencio unos segundos.
—Hace mucho tiempo que esperaba esa pregunta.
Aurora sintió un escalofrío.
—Me dijeron que podía ayudarme.
Él observó el sobre que llevaba entre las mano luego la invitó a seguirlo.
Atravesaron un estrecho pasillo oculto detrás de la sacristía hasta llegar a una pesada puerta de madera reforzada con hierro.
Gabriel extrajo una vieja llave del bolsillo de su sotana.
La cerradura crujió, la puerta se abrió lentamente.
Aurora quedó inmóvil.
No era una simple biblioteca, era un archivo.
Cientos de estanterías ocupaban las paredes de piedra desde el suelo hasta el techo. Había mapas antiguos, manuscritos escritos en latín, retratos ennegrecidos por el tiempo y vitrinas donde descansaban extraños objetos de plata.
En el centro de la sala destacaba una enorme mesa de roble cubierta de documentos.
—Nadie conoce este lugar —dijo Gabriel mientras cerraba la puerta—. Llevo cuarenta años protegiendo estos archivos.
Aurora caminó lentamente entre las estanterías.
Sentía que cada objeto escondía una historia.
Entonces sus ojos se detuvieron sobre un retrato.
Un hombre de cabello negro, piel extremadamente pálida, vestido con ropa del siglo XVIII.
Su respiración se detuvo.
Era imposible.
Era él.
Lucien.
—¿Cómo...?
Gabriel siguió su mirada.
—Lucien De Valois. Noble francés, héroe de guerra. Desaparecido oficialmente en 1779.
Aurora negó con la cabeza.
—No puede ser. Lo conocí hace dos días.
El sacerdote cerró lentamente el libro que sostenía.
—Lo sé.
Gabriel colocó sobre la mesa un grueso volumen encuadernado en cuero oscuro, las hojas crujieron al abrirse.
En la primera página aparecía un antiguo escudo. Dos lobos enfrentados, una rosa negra y una luna creciente. Debajo podía leerse una inscripción.
"Casa De Valois"
—Durante siglos —comenzó Gabriel— existieron familias cuya riqueza era tan inmensa que ningún reino podía igualarlas. Pero su verdadero poder nunca fue el dinero.
Aurora escuchaba en silencio.
—Los De Valois protegían un secreto, uno tan antiguo como el propio cristianismo, un secreto por el que miles de personas murieron.
Pasó varias páginas.
Aparecieron ilustraciones de castillos levantados entre montañas nevadas.
Criptas.
Espadas.
Extraños símbolos tallados en piedra.
Hasta que Gabriel se detuvo en una fotografía mucho más reciente.
Era un castillo inmenso y oscuro, construido sobre un acantilado.
—¿Dónde queda?
—Transilvania.
Rumania.
Aurora volvió a recordar la fotografía que había recibido el día anterior.
Era el mismo lugar.
—¿Qué relación tiene conmigo?
Gabriel respiró profundamente antes de responder.
—Porque tu familia huyó de allí hace más de doscientos años.
Aurora sintió que el mundo se detenía.
—Eso es imposible. Mis abuelos nacieron en Argentina.
—Tus abuelos sí, pero no tus antepasados.
Gabriel abrió un pequeño cajón del escritorio y sacó una caja de madera oscura.
La colocó frente a Aurora.
—Ábrela.
Dentro descansaba un medallón de plata.
En el centro brillaba exactamente el mismo escudo que había visto en el libro.
Aurora lo tomó entre sus dedos.
En cuanto la piel tocó el metal...
El medallón emitió un tenue resplandor rojizo.
Gabriel palideció.
—Dios mío...
Aurora levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
El sacerdote dio un paso atrás.
—No debería haber reaccionado.
—¿Por qué?
Gabriel tragó saliva.
—Porque ese medallón solo responde a la sangre de su verdadero linaje.
Muy lejos de allí, en la terraza de un edificio frente al Río de la Plata Lucien observaba el horizonte con expresión sombría.
Valeria apareció detrás de él.
—Ya lo sabe.
Lucien asintió sin girarse.
—Gabriel abrió los archivos.
—Entonces no queda mucho tiempo.
El vampiro cerró los ojos.
Durante dos siglos había esperado ese momento. Y, sin embargo, nunca se había sentido tan inquieto. Porque sabía cuál sería el siguiente paso.
Aurora viajaría a Transilvania y una vez que cruzara las puertas del Castillo De Valois...
Nada volvería a ser igual.
En las profundidades de un viejo edificio abandonado, Kael contemplaba un enorme mapa extendido sobre una mesa de piedra.
Cinco alfileres negros marcaban distintos puntos del mundo. Uno de ellos señalaba Buenos Aires, otro, Transilvania.
Con una sonrisa lenta, tomó el alfiler clavado sobre Argentina y lo colocó sobre Rumania.
—Empieza el verdadero juego. Esta vez... Vendrás a mí por voluntad propia, Aurora y cuando eso ocurra...
Ni siquiera Lucien podrá salvarte.







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