Prólogo

Invierno de 1779

Reino de Francia

La nieve caía lentamente sobre los jardines del Château de Montclair, cubriendo de blanco las estatuas de mármol y los rosales marchitos que el invierno había condenado meses atrás. La luna llena iluminaba el paisaje con un resplandor plateado que hacía parecer al mundo un lugar suspendido entre la vida y la muerte.

Dentro del castillo, la música de un violín inundaba el gran salón de baile.

Caballeros vestidos con impecables casacas bordadas giraban alrededor de damas envueltas en sedas y encajes. Las copas de cristal chocaban unas contra otras mientras las risas ocultaban el miedo que se respiraba en toda Francia. El hambre crecía. El pueblo comenzaba a rebelarse. La nobleza fingía que el mundo seguía siendo perfecto.

Entre aquella multitud destacaba un joven de cabello negro y ojos grises.

Lucien De Valois.

Con apenas veintitrés años, era el heredero de una de las familias más influyentes del reino. Alto, elegante y reservado, caminaba entre la aristocracia como si aquel mundo jamás hubiera logrado pertenecerle.

Su padre soñaba con verlo convertido en ministro del rey, su madre esperaba anunciar pronto su compromiso con alguna hija de la nobleza.

Pero Lucien solo deseaba respirar lejos de aquellos muros. Abandonó el salón sin despedirse de nadie.

El frío golpeó su rostro apenas cruzó las enormes puertas del castillo.

Inspiró profundamente.

Por primera vez en toda la noche sintió que podía pensar.

—Sabía que terminarías escapando.

La voz femenina apareció detrás de él.

Lucien sonrió sin darse vuelta.

—¿Me sigues a todas partes?

—Solo cuando sé que necesitas que alguien te recuerde que aún eres humano.

Él giró lentamente.

Allí estaba ella.

Isabelle Laurent.

Su vestido azul oscuro contrastaba con la nieve. El cabello castaño caía sobre sus hombros formando suaves ondas, y sus ojos verdes brillaban con una luz imposible de ignorar.

No era noble.

No pertenecía a ninguna familia importante.

Era hija del médico del pueblo.

Y, precisamente por eso, el amor entre ambos era imposible.

—Mi madre te odia —dijo Lucien con una sonrisa cansada.

—Lo sé.

—Mi padre te considera una amenaza.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué sigues aquí?

Isabelle dio un paso hacia él.

—Porque tú nunca me pediste que me fuera.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier declaración.

Lucien tomó sus manos, frías por el invierno.

—Cuando todo esto termine...

—Siempre dices eso.

—Porque todavía tengo esperanza.

Ella negó con suavidad.

—No, Lucien. Tú tienes miedo.

Él bajó la mirada.

Era cierto.

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Miedo de desafiar a su familia.

Miedo de perder su apellido.

Miedo de perderla a ella.

Antes de que pudiera responder, Isabelle apoyó una mano sobre su mejilla.

—Prométeme algo.

—Lo que sea.

—Que nunca dejarás que el odio cambie el hombre que eres.

Lucien sostuvo su mano con delicadeza.

—Te lo prometo.

Un viento helado atravesó el jardín.

Los árboles comenzaron a crujir.

Los caballos del establo relincharon con desesperación.

Entonces todo quedó en silencio.

Un silencio antinatural.

Los animales dejaron de moverse.

Ni siquiera el viento volvió a soplar.

Isabelle frunció el ceño.

—¿Escuchaste eso?

Lucien no respondió.

Había sentido algo.

Una presencia.

Como si cientos de ojos invisibles los observaran desde la oscuridad.

Las sombras comenzaron a moverse entre los árboles.

No era una ilusión.

Alguien caminaba hacia ellos.

No...

Algo.

Una figura alta emergió lentamente de entre la niebla.

Vestía completamente de negro.

Su piel era tan blanca que parecía esculpida en mármol.

Sus ojos...

Eran rojos.

Rojos como la sangre recién derramada.

Lucien dio un paso al frente, colocándose delante de Isabelle.

—¿Quién es usted?

El desconocido sonrió.

Fue una sonrisa elegante.

Terriblemente tranquila.

—Un hombre que ha vivido demasiado tiempo.

En menos de un segundo desapareció.

Lucien apenas alcanzó a reaccionar cuando sintió un golpe brutal en el pecho.

El aire abandonó sus pulmones.

Su cuerpo salió despedido varios metros hasta estrellarse contra una estatua de piedra.

Un crujido seco atravesó la noche.

Se había roto varias costillas.

Intentó levantarse.

No pudo.

Desde el suelo observó, impotente, cómo aquella criatura caminaba lentamente hacia Isabelle.

Ella retrocedía sin comprender.

—¿Qué... qué es usted?

—La muerte.

El monstruo tomó su rostro entre las manos con una delicadeza casi amorosa.

—Y tú... eres un simple accidente.

Lucien gritó.

Intentó levantarse otra vez.

Cada músculo de su cuerpo ardía.

No llegó a tiempo.

Los colmillos descendieron lentamente.

El cuello de Isabelle quedó expuesto bajo la luz de la luna.

Y entonces...

El grito.

Un grito desgarrador rompió el silencio del castillo.

El corazón de Lucien pareció detenerse.

La nieve comenzó a teñirse de rojo.

Aquella noche, el joven noble murió por dentro.

Sin saberlo, también acababa de nacer la leyenda del vampiro que, doscientos cuarenta y siete años después, sería conocido como el depredador más temido entre los inmortales.

Pero esa...

Era apenas la primera página de una historia escrita con sangre.

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