El hombre de los ojos grises

Buenos Aires nunca dormía.

Ni siquiera después de la medianoche.

Los colectivos seguían recorriendo las avenidas iluminadas, algún taxi cruzaba la ciudad con un pasajero silencioso y los bares de San Telmo continuaban recibiendo a los últimos clientes de la noche.

Aurora Castelli caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo, respirando el aire frío del invierno.

Había salido sin un destino fijo.

Desde que recibió aquella extraña carta, permanecer encerrada en su departamento se había vuelto imposible.

Necesitaba despejar la cabeza, necesitaba convencerse de que todo aquello era una simple broma. Pero la sensación de estar siendo observada no desaparecía.

Se detuvo frente a la vidriera de una antigua librería y en el reflejo del cristal creyó distinguir una silueta alta, vestida completamente de negro.

Giró de inmediato. La vereda estaba vacía.

Solo una pareja caminaba unas cuadras más adelante y un hombre paseaba a su perro sin prestarle atención al resto del mundo.

—Estoy imaginando cosas... —murmuró.

Sin embargo, cuando volvió a mirar el vidrio...

La figura ya no estaba.

A unos cincuenta metros de distancia, oculto bajo la sombra de un viejo edificio de estilo francés, Lucien permanecía inmóvil. Sus ojos seguían cada movimiento de Aurora.

El viento agitaba el largo abrigo negro que llevaba puesto, pero él ni siquiera parecía sentir el frío. Hacía doscientos cuarenta y siete años que el invierno había dejado de significar algo para él.

—Se dio cuenta de que la seguías.

La voz surgió detrás de él.

Valeria apareció desde un callejón con la elegancia de quien llevaba siglos perfeccionando cada movimiento.

—Los humanos son más observadores de lo que creen —respondió Lucien sin apartar la mirada.

—No todos.

—Ella sí.

Valeria sonrió apenas.

—Eso es lo que la hace diferente.

Lucien guardó silencio.

No era solo eso.

Desde la primera vez que vio el nombre de Aurora escrito en los antiguos registros del Consejo Carmesí, había sentido una inquietud imposible de explicar.

Como si una parte olvidada de su memoria intentara despertar.

Y eso lo irritaba. Los vampiros no vivían del pasado. Aprendían a enterrarlo.

Aurora llegó hasta un pequeño café que permanecía abierto las veinticuatro horas. Era uno de sus lugares favoritos, pidió un café con leche y se sentó junto a la ventana.

Sacó la carta del bolsillo del abrigo una vez más y la observó durante varios minutos.

El papel era demasiado antiguo, los bordes estaban desgastados.

La tinta parecía escrita con una pluma.

No tenía sentido.

Página 2

Entonces escuchó una voz.

—¿Puedo?

Levantó la vista.

Frente a ella había un hombre de unos treinta años, cabello negro y piel muy pálida. Traje oscuro perfectamente ajustado y unos ojos grises que parecían guardar siglos de tristeza.

Aurora sintió un extraño nudo en el estómago.

No era miedo.

Era una sensación completamente desconocida.

Como si ya hubiera visto aquellos ojos en algún lugar.

—Creo que se equivocó de mesa.

El desconocido sonrió apenas.

—No suelo equivocarme.

Su voz era grave, tranquila, hipnótica.

Aurora no supo por qué, pero no pudo dejar de observarlo.

Había algo elegante en su forma de hablar. Algo antiguo. Fuera de época.

—¿Nos conocemos? —preguntó.

—No.

Una breve pausa.

—Aunque tengo la impresión de que el destino insiste en que eso cambie.

Aurora arqueó una ceja.

—¿Siempre habla de esa manera?

Por primera vez en mucho tiempo, Lucien estuvo a punto de reír.

—No.

—Menos mal.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Lucien desvió la mirada hacia la carta que sobresalía del bolsillo del abrigo de la joven.

Reconoció inmediatamente el sello de cera.

Su expresión cambió por completo.

Alguien se había adelantado.

—¿Quién le dio esa carta? —preguntó con una seriedad repentina.

Aurora escondió el sobre de inmediato.

—Eso no le importa.

—Importa más de lo que imagina.

—¿Quién es usted?

Lucien tardó unos segundos en responder.

Podía decir la verdad, podía mentir.

Eligió una tercera opción.

—Alguien que intenta evitar que llegue demasiado tarde.

Antes de que Aurora pudiera hacer otra pregunta, la puerta del café se abrió de golpe.

Un hombre alto, de cabello rubio oscuro y ojos intensamente azules, entró con una sonrisa amable.

Vestía un elegante sobretodo color borgoña.

Parecía un cliente más.

Pero Lucien se puso de pie de inmediato.

Su mirada se endureció.

El recién llegado también sonrió al reconocerlo.

—Cuánto tiempo sin verte... viejo amigo.

Aurora observó a ambos sin comprender.

El ambiente acababa de cambiar, el aire parecía más pesado. Más frío.

Como si una tormenta invisible estuviera a punto de desatarse.

Lucien habló sin apartar los ojos del desconocido.

—Aurora...

Ella levantó la vista.

—Cuando te diga que corras...

No hagas preguntas.

Solo corre.

Kael Dragomir sonrió con calma.

—Qué romántico.

Pero llegaste demasiado tarde.

Porque ella...

Ya forma parte del juego.

Y cuando Kael dio un paso hacia adelante, todas las luces del café parpadearon al mismo tiempo.

Sin que ninguno de los clientes lo advirtiera, dos depredadores inmortales acababan de encontrarse frente a frente por primera vez en más de cien años.

Y Buenos Aires estaba a punto de convertirse en el escenario de una guerra silenciosa.

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