Estoy en un hospital holístico; el aire está impregnado con aroma a copal 100% puro y aceites esenciales de diversas plantas. Es mi tercera y última cita del tratamiento para liberar a mis siete cuerpos de todas las larvas energéticas que se han alimentado de mí durante los últimos dos meses.

En la camilla bajo sábanas negras y amarrado de pies y manos, me encuentro en un pasillo angosto, a varios metros de la entrada principal del consultorio del médico, chamán, facilitador, brujo, sanador, curandero o como cada quien prefiera identificarlo. Frente a mí, recargado en la pared, hay un joven paciente, pálido y escuálido —del tipo de Shaggy de la serie Scooby Doo, pero enfermo y descuidado— que aún sentía los efectos del líquido que le suministró la asistente del especialista. Se había retrasado en atenderlo; no sé cómo, pero entiendo que había llegado mucho antes que yo, y hasta ese momento le acercaron una silla roja para que se sentara.

Minutos más tarde, el médico se acercó a ese joven. Al pasar a mi lado, sentí todo su poder, dotado de una energía desbordante, algo que fue compatible con la mía. Percibí cómo su energía me impulsó fuera de la camilla, contra la pared liberando mis ataduras. Comenzó a estrujarme sin que pudiera controlarlo; su movimiento fue de arriba hacia abajo, de derecha a izquierda, mientras una poderosa vibración recorría todo mi cuerpo. Al principio sentí desesperación, pero segundos después, un momento de quietud me envolvió, entregándome a la experiencia.

Gracias a que solté el control, sentí que alguien o algo se acercaba a mi oído izquierdo, susurrándome algo que no pude entender. Sentí que de su boca salía un vapor caliente —como el ardor de un dragón—, pero no llegaban palabras, solo ondas. Respondía: “no te escucho, no te escucho”. Se acercó otra vez, y sentí lo mismo: aire denso y caliente, pero sin comprender. Repetí: “no te escucho, háblame más fuerte”. Por tercera vez intentó pronunciar palabras que pudiera entender, pero seguía igual. Le contesté varias veces, no sé cuántas: “yo solo quiero paz y tranquilidad”. Recién las pronuncié y sentí que esa creación, imaginaria y extraída de mi mente, se alejaba, y en ese momento regresé a mi cuerpo tendido en la camilla.

***

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Apenas ayer cesó la tormenta que duró tres días seguidos. Percibí el sonido incesante del agua que corría en el río recién atiborrado por la lluvia, y apareció una visualización hermosa, llena de colores verdes brillantes: un bosque, plantas y una sensación absoluta de paz.

Sintiendo la energía vibrar por todo mi cuerpo, volteé a la derecha y vi a una señorita paciente levitando. Pensé: “muy bien, ya terminó conmigo y aún no es mi turno”. Después de unos minutos, tranquilo abrí los ojos y agradecí a madre Tierra y padre cielo por esta maravillosa experiencia.

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Obras publicadas: Ojos de vida / Ser divergente / La invención de octubre 2023 / El crujido del tiempo / Leer enamora el alma / Nimrod y elocuencia / El arancel del Mictlán / Narrativas oníricas.

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