Día rojo
Los cincuenta y cinco minutos que la empresa me concede para consumir mis alimentos, los uso para calentar la comida, ingerirla, salir a la terraza a fumar un cigarrillo, pasar al sanitario y arrojar todo lo que se haya acumulado en ese tiempo.
La fábrica de productos forestales está en la colina de una gran cordillera, por lo que cada media tarde, cuando arrojo el humo procesado al aire, disfruto de la vista limpia; a veces verde, otras marchita y al final del ciclo, nevada. Todos los días, a la misma hora —trabajo de lunes a domingo sin descanso—, aparecen en pleno vuelo tres águilas. Tras siete años, siempre vuelan hacia donde me encuentro con una compañera de tabaco, Lupita Quintanilla, pero no le había dado importancia, hasta hoy.
La ausencia de las aves no pasó desapercibida ni para mí ni para Lupita. Al arrojar las colillas, como siempre, nos miramos: ella hizo una “u” con su boca, levantando hombros y palmas; yo sentí residuos de hollín en mi frente, lo confirmé al quitarlo y frotarlo entre mis dedos, y giré sobre mis pies en dirección a las partículas de carbono. Sin decir palabra, señalé la cordillera con el brazo izquierdo y me percaté del incendio. Avanzaba con su característico baile trepidante hacia nosotros. Me acerqué al borde de la barda para asomarme hacia abajo. En pocos minutos, el fuego nos alcanzaría.
Agarro con fuerza la mano de mi amiga y entramos al comedor, lleno de compañeros de trabajo que también se percataron del incendio. El pánico se propaga: platos, vasos, líquidos y personas tiradas por todas partes sobre las tablas.
Consigo empujar la pesada puerta gris de metal que conduce a la salida de emergencia por las escaleras. El calor es sofocante y, de repente, un extintor estalla frente a nosotros, liberando una nube blanca que corta el aire.
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Aparezco en una casa ubicada en una zona de bajos recursos al poniente de La Guajira —lo único que recuerdo es que Quintanilla, ya no está conmigo—. Aunque no reconozco el lugar, entiendo que estoy en los dominios del astral y me dejo llevar por la experiencia.
Casa de una sola planta; de las paredes quedan retazos de un tapiz con girasoles, y se percibe un aroma agrio. Un mueble tocadiscos antiguo con detalles de madera. A mi lado está lo que supongo son mis mascotas: una pareja de hámster. El macho es blanco, la hembra negra; ambos descansan en el fondo de una jaula.
De espaldas en el jardín del patio delantero, me incorporo tras escuchar un fuerte estruendo en el cielo —huele a tormenta—. De inmediato, los roedores dirigen sus miradas hacia mí, sostienen un pedazo de trigo entre los dientes que dejan de masticar. Ahora solo son figuras decorativas de mármol.
Voy en dirección a la primera puerta que veo para resguardarme de la inminente lluvia. Me detengo en seco al escuchar una voz que viaja como en un túnel del tiempo, rebotando en mis oídos. El sonido femenino tiene una revelación: “según los catálogos de estrellas babilónicos, se te ha concedido el poder del rayo violeta”. Siento un halo de aire, como si aquella voz hermafrodita saliera del marco de la puerta. No comprendo su mensaje y pregunto: ¿es real o solo una broma dentro del sueño? A cambio, recibo como respuesta, una risa maniática que me despierta en la cama.
Instagram: ortegaame
Obras publicadas: Ojos de vida / Ser divergente / La invención de octubre 2023 / El crujido del tiempo / Leer enamora el alma / Nimrod y elocuencia / El arancel del Mictlán / Narrativas oníricas.


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