Ataque fallido

Microrrelato

En el patio trasero de la casa marcada con el número 1026 de la calle Profesor José Silvestre Aramberri, se construyó una palapa para protegernos de las inclemencias del tiempo y para mantener en buen estado los muebles de madera que funcionan para acumular las cosas poco comunes.

La convocatoria que en días pasados les hice a mis pocas amistades, surtió efecto al reunir a nueve personas. La idea inicial fue juntarnos para preparar hamburguesas con papas y platicar de nuestras vidas —con historias de solteros, casados, divorciados y lo complicado que es todo en estos tiempos— el carbón comienza a prenderse, libera un humo gris que danza y parece que su misión es perseguir a cada uno de los invitados. Decido desatender la lumbre y unirme a la charla dentro de la casa, la puerta abierta es por si aparece alguna emergencia incendiaria.

Me uno al grupo y descubro que el tema despierta gran interés y en el calor de los argumentos, como si estuviéramos en la Suprema Corte de Justicia, a Diego Emiliano le gana la curiosidad. Sale hacia la palapa donde abre un cajón del mueble adornado con una calcomanía de “hecho en México” al abrirlo emerge una enorme víbora, que exhibe una lengua desarticulada —con movimientos similares a un globo desinflándose— y unos colmillos brillantes que la enmarcan. Diego salta hacia atrás para evitar un posible ataque; la víbora hace una mueca burlona. Sin voz y tenso, como robot regresa al señalar con su dedo índice izquierdo hacia el mueble; las virtudes gástricas lo desamparan y una mancha putrefacta recorre sus piernas; los que están cerca de mí corren asustados, pero yo me quedo firme al identificar que la víbora fija su mirada en mí. De sus orificios oculares salen chispas y centellas que abrazan mis sienes, sus ojos se vuelven diminutos, mientras su cabeza y cuerpo crecen desproporcionados. A pesar de tener ventaja en cuanto a dimensiones se refiere, me siento pequeño ante esa alimaña.

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Sin tomar impulso, la víbora sale disparada con la intención de atacarme. Estoy alerta y con mi mano derecha, al instante intercepto su cabeza, siento el olor del veneno listo para inocularlo. Eso me da tiempo para tomar el cuchillo con el que unto la mayonesa y, con un movimiento fugaz, le corto la cabeza. Sonrío, pero no sin antes voltear hacia mis amigos quienes lucen como en la pintura de “Los ojos perturbados de Gustave Courbet”. Aviento el cuerpo mutilado y la cabeza, que se inunda de su propio veneno, y con los colmillos yace clavada en el césped.

Tomo la parte superior de la jaula que pertenecía a mis canarios y cubro el espacio de la cabeza rígida. Les digo a los demás que ya no hay nada de qué preocuparse y me vuelvo hacia el asador para menear el carbón.

Instagram: ortegaame

Obras publicadas: Ojos de vida / Ser divergente / La invención de octubre 2023 / El crujido del tiempo / Leer enamora el alma / Nimrod y elocuencia / El arancel del Mictlán / Narrativas oníricas.

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