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Yo lanzo la metáfora y tú...

Carlos Campos Serna@carcamser09
27 ago 2026·4 min de lectura

Yo lanzo la metáfora y tú la cachas como quieras interpretarla. Pero ten la certeza de que con ella nunca te lastimaría, aunque a veces sientas que con mi fuego costeño te quemo... Es que al verte, de pronto, me entra el calor con tanta fuerza como la ola del mar que rompe en la arena. Así que, con mis ganas y mis mañas, seguiré inspirándome en tu alegoría, mientras el aroma íntimo de tu cuerpo llegue a alcanzar el momento más repentino de nuestro placer. Y en la pausa, respiraré tus residuos sexuales hasta que me llegue otra ráfaga de calor que no solo levante mis sentidos, sino que intentará que tú te quedes flotando... hasta que recibas la marejada de un nuevo aroma íntimo.

Y después de la pausa, si todavía tenemos energía, seguirá el erotismo como en los tiempos mozos o nos quedaremos en descanso hasta que te llegue el sueño, mientras yo pensaré en otra estrategia para que, en otro día, tú vuelvas a soltarte como una hiedra salvaje que envolverá mi cuerpo. Quizás, esa estrategia sea otra metáfora, en donde yo miro al mar y te comparo con el cielo... porque tú eres infinita cuando, con un nuevo horizonte, tus mareas vuelven a tu cuerpo.

Mis manos no van de prisa; las voy llevando para recorrer, lentamente, tu contorno, como cuando estaba más loco y pinté en una pared hasta tu sombra... Pero, a veces, la erección me apura y tengo que regular el ritmo para volver a tu gozo; así vuelvo a ser el escultor lento para no apurar tu trazo. No importa si el café se enfría, lo vuelvo a calentar, así como tú entibias mis pies cuando andan fríos y te digo que me salves de la muerte, porque tú conoces la historia de mi abuelo que cuando murió, dijo que la muerte le estaba llegando por sus pies fríos.

Hablando de vejez: no intento competir con el tiempo, pues el tiempo ha ganado; por eso tu hermosura ya no es la misma. Pero déjame reflexionar un poco sobre tu actual belleza, no te me vayas a ofender... Es que cuando fuiste joven olías a perfume fresco, pero también olías a la insolencia de sentirte bella. Y en verdad que sí eras una belleza natural, tanto que hasta dudé... pensé que querías una sola aventura para saber qué se sentía andar con un patito feo como yo.

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Pero qué equivocado estaba. Desgastaste esa belleza joven a mi lado hasta que nos fueron saliendo arrugas. Sí, y lo confirmo: nuestras arrugas son el testimonio de esas experiencias que hicimos juntos andando por cuatro continentes. Sí te acuerdas, antes te decía «mamacita»; hoy te llamo —aunque me puedan acusar de misógino— «mamasota» cuando me tratas como a un viejo luego de llegar cansado del trabajo y me llevas una tacita de café a la cama mientras descanso.

Es que la hermosura de nuestra historia no la cimentamos de jalón: fue creciendo entre hiladas de paciencia y otras hiladas de perdón, a veces entre silencios, a veces entre gritos. Pero no, «mamasota», por esta mezcla de hiladas no tenemos que pedir gratitud; los dos luchamos para seguir dándole datos a nuestra historia, pues de lo contrario hubiera sido muy fácil decirnos adiós...

Por eso te digo que no te importen las opiniones ajenas ni las miradas de los extraños. Ellos se alimentan de lo que les damos, pero nosotros ya desayunamos, comimos y cenamos mucho tiempo juntos. Y como decía otra «mamasota», mi madre: «En mi vida, nadie tiene vela en este entierro». Así que a seguir luchando cada día para seguir sumando memorias.

Por cierto, «mami»: entre tantas metáforas para ti me perdí. Me perdí en lo que fue tu belleza y me sigo perdiendo en tu otoñal hermosura... a veces con el ronroneo de una gatita… y a veces como una leona rugiente.

https://www.youtube.com/watch?v=8pNqkTbrHJ0

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© CC BY-NC-ND 4.0 — Solo lectura
Publicado en Textale · Obra registrada bajo licencia de autor
#amor#pasión#madurez#juventud

Escrito porCarlos Campos Serna
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