Una marcha envuelta en un ambiente de fiesta, libertad y dignidad
Por Roberto Gutiérrez Alcalá
Bajo la mirada protectora del Ángel, cuyas escalinatas lucen repletas de gente que enarbola decenas de sombrillas y banderas con los colores del arcoíris, los primeros contingentes de la marcha del orgullo LGBTIQ+ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Intersexuales, Queer y otras identidades de género) comienzan a avanzar por el Paseo de la Reforma en una atmósfera de carnaval.
Aquí de lo que se trata es de manifestarse con plena libertad y divertirse, pero también de no cejar en la lucha por los derechos de la comunidad LGBTIQ+ y denunciar aquello que, por desgracia, la sigue dañando cruel y dolorosamente.
Por eso, desde un autobús descapotable se oyen, a través de un altavoz, los nombres de no pocos de sus miembros que a lo largo y ancho de nuestro país están desaparecidos... Asimismo, de cuando en cuando, un grito rotundo rasga el aire del mediodía: “¡Alto al genocidio en Gaza!”.
En la lateral del Paseo de la Reforma, cientos de puestos callejeros ofrecen a los viandantes toda clase de productos: abanicos, banderas, pulseras, tazas y pines con los colores del arcoíris, brochetas de carne, elotes asados, tacos, dulces típicos, aguas de sabores, refrescos, micheladas, cervezas en lata…
Por su lado, los vendedores ambulantes aprovechan la ocasión y recorren de arriba abajo este tramo de la principal avenida de la Ciudad de México para vender papas fritas con chile, bolsas de palomitas, paletas heladas, botellas de agua... Incluso hay quien oferta sobre una charola de madera pequeños penes de hule color carne apuntando hacia el cielo...
Casi todos los asistentes a esta marcha son miembros de la comunidad LGBTIQ+, pero no faltan los familiares y amigos que decidieron acompañarlos y solidarizarse con ellos, y, también, algunos “perrijos” con un moño o un listón con los colores del arcoíris sobre la cabeza.
La mayoría de los miembros de esta comunidad va vestida -o semivestida, como se prefiera- con atuendos muy vistosos: chalecos de cuero sobre torsos desnudos, blusas desabotonadas que no dejan nada a la imaginación, shorts ajustadísimos, pantalones y faldas transparentes, tangas, bodies, camisetas con originales leyendas (“El clóset es para la ropa”).
Otro expresa, con unas cuantas palabras escritas en un cartel que muestra a los cuatro vientos, toda una historia de vida: “El VIH no me mató, me hizo más fuerte”.
Apenas son las trece horas, y un grupo de jóvenes vierte el contenido de una botella de licor (¿tequila?, ¿vodka?) en unos vasos de refresco y, a continuación, entre risas y aullidos, bebe.
Una multitud proveniente de la estación Insurgentes del Metro inunda la calle Génova, la cual cruza la Zona Rosa. Cada uno de los rostros que la conforman resplandece de alegría y/o expectación. De alguna u otra manera, todos presienten que éste será un día inolvidable.
Mientras tanto, el grueso de la marcha del orgullo LGBTIQ+ continúa su camino rumbo al Zócalo -su destino final-, envuelta en un ambiente de fiesta, libertad y dignidad.
Bajo la mirada protectora del Ángel, cuyas escalinatas lucen repletas de gente que enarbola decenas de sombrillas y banderas con los colores del arcoíris, los primeros contingentes de la marcha del orgullo LGBTIQ+ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Intersexuales, Queer y otras identidades de género) comienzan a avanzar por el Paseo de la Reforma en una atmósfera de carnaval.
Aquí de lo que se trata es de manifestarse con plena libertad y divertirse, pero también de no cejar en la lucha por los derechos de la comunidad LGBTIQ+ y denunciar aquello que, por desgracia, la sigue dañando cruel y dolorosamente.
Por eso, desde un autobús descapotable se oyen, a través de un altavoz, los nombres de no pocos de sus miembros que a lo largo y ancho de nuestro país están desaparecidos... Asimismo, de cuando en cuando, un grito rotundo rasga el aire del mediodía: “¡Alto al genocidio en Gaza!”.
En la lateral del Paseo de la Reforma, cientos de puestos callejeros ofrecen a los viandantes toda clase de productos: abanicos, banderas, pulseras, tazas y pines con los colores del arcoíris, brochetas de carne, elotes asados, tacos, dulces típicos, aguas de sabores, refrescos, micheladas, cervezas en lata…
Por su lado, los vendedores ambulantes aprovechan la ocasión y recorren de arriba abajo este tramo de la principal avenida de la Ciudad de México para vender papas fritas con chile, bolsas de palomitas, paletas heladas, botellas de agua... Incluso hay quien oferta sobre una charola de madera pequeños penes de hule color carne apuntando hacia el cielo...
Casi todos los asistentes a esta marcha son miembros de la comunidad LGBTIQ+, pero no faltan los familiares y amigos que decidieron acompañarlos y solidarizarse con ellos, y, también, algunos “perrijos” con un moño o un listón con los colores del arcoíris sobre la cabeza.
La mayoría de los miembros de esta comunidad va vestida -o semivestida, como se prefiera- con atuendos muy vistosos: chalecos de cuero sobre torsos desnudos, blusas desabotonadas que no dejan nada a la imaginación, shorts ajustadísimos, pantalones y faldas transparentes, tangas, bodies, camisetas con originales leyendas (“El clóset es para la ropa”).
Otro expresa, con unas cuantas palabras escritas en un cartel que muestra a los cuatro vientos, toda una historia de vida: “El VIH no me mató, me hizo más fuerte”.
Apenas son las trece horas, y un grupo de jóvenes vierte el contenido de una botella de licor (¿tequila?, ¿vodka?) en unos vasos de refresco y, a continuación, entre risas y aullidos, bebe.
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Mas allá, bajo la carpa del “Moto Club Gay”, algunos de sus integrantes, enfundados en pantalones y chamarras de cuero negro, hacen sonar estruendosamente el motor de sus motocicletas para anunciar su llegada.
Una multitud proveniente de la estación Insurgentes del Metro inunda la calle Génova, la cual cruza la Zona Rosa. Cada uno de los rostros que la conforman resplandece de alegría y/o expectación. De alguna u otra manera, todos presienten que éste será un día inolvidable.
Mientras tanto, el grueso de la marcha del orgullo LGBTIQ+ continúa su camino rumbo al Zócalo -su destino final-, envuelta en un ambiente de fiesta, libertad y dignidad.
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