El alacrán que quería ser novelista
Por Roberto Gutiérrez Alcalá
En la selva vivía un alacrán que quería ser novelista. Y como había oído decir que, para convertirse en un escritor de cualquier género literario, era indispensable leer mucho, mucho, mucho, comenzó a devorar todo libro que cayera en sus tenazas y, también, a pergeñar sus primeros textos.
Por aquella época, el león otorgaba, cada año, becas a los jóvenes creadores que mostraran algún talento en el ejercicio de las bellas letras, y el alacrán le solicitó una bajo la promesa de que con ella emprendería una novela de aventuras.
Y el león se la dio, y durante los siguientes doce meses, el alacrán se dedicó a leer sin descanso y a tomar apuntes para su novela de aventuras, aunque, la mera verdad, no avanzó mucho en la redacción de ésta.
En cambio, desarrolló una gran capacidad para descubrir, en novelas, libros de cuentos y poemarios ajenos, lo que, a su entender, era un argumento desnutrido, una trama deshilvanada, un verso infame, y al cabo de algunas semanas decidió escribir -y dar a conocer en los suplementos culturales de distintos periódicos de la selva- reseñas críticas en las que destrozaba esas obras y a sus autores.
El veneno que destilaba el alacrán a través de su aguijón se volvió cada vez más letal, por lo que la mayoría de los novelistas, cuentistas y poetas de la selva lo pensaba bien antes de atreverse a publicar un nuevo libro y exponerse a su crítica feroz y despiadada.
Pronto, la fama del alacrán se esparció por cada rincón de la selva, y en las reuniones de escritores, artistas e intelectuales a las que asistía regularmente era tratado no tanto con respeto como con temor.
Él, por su parte, se sentía feliz, pues, a fuerza de aguijonazos, había adquirido un gran poder que no en pocas ocasiones se manifestaba también mediante burlas dirigidas a aquellos escritores que, en su opinión, no sabían ni podían escribir una buena novela, un buen libro de cuentos o un buen poemario.
Con el paso del tiempo, sin embargo, un puñado de escritores invulnerables a las críticas del alacrán asumió la tarea de convencer a los demás de que lo que éste escribiera acerca de sus obras no tenía ninguna relevancia.
Fue así como, poco a poco, el veneno del alacrán dejó de surtir su efecto mortífero en todos los novelistas, cuentistas y poetas de la selva.
Al ver esto, claro, el arácnido entró en pánico, primero, y en un cuadro depresivo del demonio, después.
Mientras tanto, en un cajón de su escritorio, las contadísimas cuartillas de su novela de aventuras iban acumulando polvo, hasta que un día, cuando el alacrán ya reposaba en un asilo de alacranes ancianos, olvidado por todos, alguien que había comprado sus enseres abrió ese cajón, las tomó entre sus manos y, luego de echarles una rápida ojeada, las tiró en el bote de la basura.
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