La cucaracha inteligente y sus soldados
Por Roberto Gutiérrez Alcalá
Debajo de los tablones de madera podrida del piso de una casa desvencijada, sucia y maloliente vivía una cucaracha que se desempeñaba como la lideresa de un ejército de cucarachitas, pero también de ratas, ratones, alacranes, chinches, pulgas, piojos y demás fauna nociva.
Cabe decir que, gracias a su innegable inteligencia, la cucaracha mantenía magníficas relaciones con quienes hacía mucho tiempo se habían adueñado, a la mala, de aquella casa en ruinas, pues los había convencido de que, sin ella y sus soldados, podían perderla.
Así, cada vez que un grupo de individuos trataba de recobrar aquella casa para repararla, limpiarla, desinfectarla y ponerla al servicio de la comunidad, la cucaracha llamaba a filas a sus soldados y les ordenaba salir a la superficie, pulular por la estancia, la sala, la cocina, los cuartos y los baños, y dejar excrementos, vómitos y otras inmundicias por todas partes, debido a lo cual el grupo de individuos era presa del horror y del más devastador asco, y huía.
Claro, como pago por estos trabajitos, la cucaracha recibía cada mes una buena dotación de restos de alimentos en descomposición que se encargaba de distribuir entre los integrantes de su ejército, aunque -como, además de inteligente, era ambiciosa, muy ambiciosa- ella se quedaba con la mayor y más “apetitosa” porción.
Por su lado, los usurpadores de la casa se la pasaban muy a gusto cuando llegaban a ésta y organizaban grandes y divertidas fiestas a las que invitaban a gobernadores, empresarios, banqueros, intelectuales y personajes de la farándula, y a veces también, a la cucaracha y a uno que otro roedor o alacrán, siempre y cuando prometieran comportarse de acuerdo con las reglas de la etiqueta y el decoro.
Un día, sin embargo, un grupo de individuos especialmente decididos y valientes concluyó que debía prepararse a consciencia para hacerle frente a los usurpadores de la casa y a la cucaracha y sus soldados.
De esta manera, después de haber tomado varios cursos intensivos de insurgencia, y armado con enormes tanques de insecticidas y raticidas de última generación, ese grupo de individuos entró en la casa y, a pesar de que la cucaracha y sus soldados se resistieron con furia y tesón, al final logró vencerlos y echarlos a la calle.
Transcurrieron los años.
La cucaracha y sus soldados ahora habitaban dentro de una coladera ubicada a una centena de metros de aquella casa. Y en las tardes, cuando el sol comenzaba a meterse y a pintar el cielo de tonos violetas, rosáceos y amarillos, la primera salía a la superficie y dirigía sus ojillos hacia el inmueble donde había sido muy feliz, y mientras suspiraba y se preguntaba cuándo volverían a usurparlo sus antiguos socios para que ella y su ejército de cucarachitas, ratas, ratones, alacranes, chinches, pulgas, piojos y demás fauna nociva pudieran regresar a su subsuelo, soltaba algunas lagrimitas que rodaban, veloces, por sus pálidas mejillas.
Cargando comentarios...