Siendo las 22.31hs del 15 de julio de 2026, escribo esto con una contradicción ineludible en la garganta y con el trémulo registro de la misma en mis extremidades.

Del trabajo, fuimos a la casa de una amiga. Luego del partido tomamos un poco de vino, la alegría fue desbordante. Ella, junto con las otras personas con las que estábamos salieron a festejar; me fui, "tengo que ir a lo de mi vieja", ya que teníamos que intercambiar algunas cosas. Volví escuchando a Los Redondos, las pocas cuadras de Boulogne fueron un tesoro, la autopista estaba ligera, rápida, pronta, las calles de Tigre fueron otra historia. Con el fin del Acceso devino la contradicción en lo liminal.

Recuerdo muy bien el último mundial, también cómo festejé, el calor, el escabio, los amigos, el amor. Hoy, parece que tengo la alegría atada con zarzas. No me detendré en el fanático de Thatcher que nos gobierna y que subasta nuestro país, o en lo contaminante y racista del mundial actual; pero sí en lo que sentí.

Entre la peregrinación jolgórica podían divisarse personajes nuevos, aparentemente invisibles para los festejantes, como quien no mira a un linyera de camino al laburo. Entre tanta alegría, bullicio y éxtasis, muchachos de pedidosya (sí, muchachos, porque no son simplemente "rappis", son personas, trabajadores) sólos, rodeados de multitudes. En un recorrido muy breve, vi muchos. Todos en la misma, sentados en sus motos estacionadas, en los bancos de la plaza con la mochila en el suelo, comprando cigarros en una cadena de kioscos. Ellos no festejaban, no. Ellos despedían agotamiento y tristeza, se notaba en sus semblantes, se leía en sus cuerpos. En treinta cuadras, que se convirtieron en sesenta a la vuelta, muchos personajes nuevos, no estaban en las victorias de hace cuatro años, el país se detenía en esos momentos. Su presencia (o el atestiguar su presencia) volvió tangible las zarzas mortuorias de mi alegría.

Al igual que fue nueva la liminalidad de hace cuatro años, para mí y para muchísima gente, hoy me es nueva esta contradicción en la que mi cuerpo no puede decantar y mi cabeza no puede soslayar.

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Escribo esto ahora, por más que me esté por ganar el sueño y la necesidad de dormir para poder levantarme a las 5.30hs mañana, en la comodidad de mi hogar, habiendo cenado unas empanadas que guardé el día de ayer en el caso de no tener ganas de cocinar hoy, luego de llegar a mi casa, cortarme el pelo, afeitarme (me sentía muy desprolijo) y ducharme, porque creo que a la emoción hay que agarrarla fresca. Puedo hablar horas sobre el contexto actual, del neoliberalismo, del fascismo, de la ultraderecha, del capitalismo, tengo la suerte de ser hábil para elaborar discursos, casos de análisis y citar referentes, pero soy extremadamente torpe para poner sobre la mesa lo que siento. Hace poco volví a dibujar, me hice el tiempo en la vorágine cotidiana y me hizo muy bien. Hace muchísimo más poco, volví a escribir y ¿qué mejor, para volver a lo que a uno le hace bien, que abstraerse de la neurosis constante mediante una sensación que la razón puede explicar y analizar casi inmediatamente pero que el cuerpo no puede procesar?

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