HUGUITO 20 JUNIO 2026 HOY TENDRIA 85 AÑOS Fusilado
Teníamos cinco o siete años. Diariamente hacíamos los mandados caminando por las veredas de la Córdoba colonial. Lima y Rivadavia vivíamos en un departamento en esa esquina. En aquella época todavía quedaban los que llevaban la basura en carros tirados por caballos al igual que el lechero y los tranvías aún eran los señores del tránsito, todo en un ambiente pueblerino, la ciudad era en ese entonces pequeña. Cuan- tos recuerdos; les voy a contar una anécdota que me quedó muy graba- da cuando no habíamos pasado aún esa edad y está relacionada con un Ladrillo: Desde la terraza, el ladrillo fué planeando, cavando un túnel en el vacío hasta llegar a la cabeza de mi hermano. Él estaba sentado en el patio de abajo arreglándose los cordones de los zapatos. El ruido fué seco, firme y contundente. Cayó fulminado sin una sola expresión de dolor; tampoco una queja. Perdió el conocimiento prácticamente en la mitad del golpe como si el final del mismo fuese solo para certificar que el ladrillo, había cumplido un cometido deseado. Bajé por las escaleras de cemento, lo más rápido que pude y vi horrorizado un cuerpo inmóvil, con ojos cerrados y un hilo de sangre que se descolgaba del centro de su cabeza al mosaico del patio. Lo que había sido la copia fiel, de un episodio de los “tres chiflados en el cine”, se había transformado en un hecho poco menos que trágico. Permanecí a su lado absolutamente paralizado, sin atinar a nada, hasta que un grito desgarrador de culpa, pudo salir de mi pecho que parecía cerrado para emitir sonidos. Éramos muy peque ños para saber que el celuloide, no puede ser la copia de una rutina de nuestro juego infantil
De esa imágen que conservo intacta, pasó a otra tan rápidamente que, en el transcurso de ambas, el tiempo parecía haber desaparecido. Ese cuerpo estaba ahora en la habitación del fondo del departamento, las sábanas blancas cubriéndolo hasta la mitad de su pecho, un apósito blanco en la cabeza y una bolsa de color ladrillo con hielo arriba del mismo Su rostro sereno, traducía un sueño profundo, los párpados cerrados y sus labios pálidos así lo demostraban. Las manos semiabiertas acompañando su cuerpo inerte acompañado en una penumbra, por estar las persianas metálicas protegiendo la habitación del sol intenso de un mes de enero. En ese momento supe por primera vez lo que era «la culpa» y sobre todo la necesidad de verlo como siempre había estado, lúcido, activo y acompañando mis travesuras. La familia se asomaba cada tanto para verlo y el suero colgado en un trípode metálico dejaba que el cordón transparente permitiera que el fluido incoloro bajara goteando hasta su vena del brazo, que tenía una aguja plateada incrustada y retenida por tela adhesiva. Yo no quería salir de esa habitación mientras él no diera muestra de su regreso. El médico, hombre pequeño, pelado y vestido rigurosamente con un traje oscuro, se acercaba con una pequeña linterna iluminando sus pupilas que aparecían cuando sus dos dedos abrían por la fuerza los párpados y luego, con un martillo de goma, golpeaba los talones buscando la repuesta refleja al pequeño golpe. pasaron tres horas aproximadamente hasta que la primera reacción se hizo presente; un quejido de dolor seguramente, acompañó el primer movimiento involuntario; su mano derecha se elevó hacia la cabeza y sus párpados se abrieron dejando ver sus ojos por primera vez, parecía por el movimiento que buscaban algún punto de referencia, que en realidad, yo no sabía cuál era. El médico acudió en minutos y respiró aliviado. <Con- moción cerebral> dijo serio mirando a mis padres que esperaban algo más que un diagnóstico, <Todo irá bien> aseguró cuando dejó de revisar- lo. Indicó reposo absoluto, nada de alimentos ni agua, mantener el suero por 24 hs y recién en la mañana siguiente, le tomarían una Rx de cráneo para descartar fracturas. Yo solo atinaba a mirar la escena con mucho temor Era la primera vez que escuchaba tan pocas palabras, que permitían aparentemente saber lo que había pasado y la gravedad del juego inconsciente por parte mío. Yo lo había producido. Si bien no comprendía el significado de toda esta participación médica, supuse que, al abrir los ojos, él ya estaba repuesto y en forma automática le ofrecí mis juguetes como el mejor acto de amistad para lograr su perdón. Supe allí, en ese trance, que los pequeños también éramos vulnerables a los golpes y juré
en silencio no tirarle nunca más un ladrillo, a lo que agregué: y nada que pueda provocarle este dolor. Esa noche dormí inquieto, mis sueños se mezclaban siempre con la pesadilla de ese ladrillo que subía y bajaba de la terraza y la actitud de mi hermano, que con su natural bonhomía, me miraba sonriente haciéndome señas que todo estaba bién, que aún quería ser mi hermano y que esa acción propia de mi edad, no afectaría nuestra relación futura. Despertaba sudando, no sé si por el calor del mes de enero o por mis pesadillas con culpas que me atormentaron varios días; lo cierto es que, al día siguiente, en la mañana temprano, aparecí en el marco de la puerta con mucho temor y fué tan grande la alegría al verlo despierto que lloré como buen pequeño que era. Creo que era la culpa de algo malo que había hecho lo que me llevó a tan ridícula reacción, pero mi hermano al verme así, me llamó por mi nombre y me hizo señas para que me acercara. Yo le había dejado en la cama todos mis juguetes y pensé que tal vez me llamaba para devolvérmelos, esto significaba (a mi entender) que no me había perdonado. Pero no fué así, al acercarme, me preguntó que le había pasado porque le dolía la cabeza y tenía ese suero en su brazo. Yo le expliqué que había sido un ladrillo el culpable, pero no me animé a decirle que era yo quién se lo había tirado. El aceptó mi explicación y me pidió la revista Misterix, que estaba encima de la cama. Por cierto, era mi revista, pero apresuradamente se la entregué en mano, yo me alegraba que aceptara mi regalo, pero le pedí que la cuidara porque era de mi colección. Me arrepentí poco después, porque un rega- lo no se pide. Esto me obligó a reiterarle que se la regalaba, venciendo una resistencia a ese acto, que nacía muy adentro mío. Qué difícil es regalar ! pensé, mirando mi revista que él abría con una sola mano. Me pidió que le diera agua y yo le traje agua sin saber que no podía darle nada. Vomitó y yo me asusté y llamé a mis padres. Era muy temprano y tuve que despertarlos con la noticia del vómito, pero no dije nada que yo le había dado agua. Sin embargo, no tardaron en descubrirlo, porque el vaso estaba en la mesa de luz a la mitad. Estuve nuevamente en penitencia por haber ignorado las órdenes del médico. Nada sabía yo, pero creo que tenían razón, porque lo que devolvió era justamente agua. Otra culpa en menos de 24 hs y mi hermano nuevamente descompuesto a causa de mis imprudencias. Lo primero que hice antes de irme a cumplir la penitencia, fué llevarle la revista Misterix que más quería y se la dejé en su mano derecha antes de retirarme compungido. ¡Qué difícil es ser bueno !, pensé cuando estuve en mi habitación condenado a no salir y jugar. Pero la llegada del médico en la mañana, puso las cosas en su lugar y sin
saberlo, él me defendió aduciendo que por mi edad (cinco años no más) yo no sabía que eso estaba prohibido. Me levantaron la penitencia y pude regresar a su lado. Lo primero que hice es regresarme mi revista preferida. Creo que fué porque me quitaron la culpa, aparte era mía y mi preferida. Yo me sentía bién por verlo ahora hablar y hasta protestar. Yo solo miraba, ya había tenido bastantes problemas en tan pocas horas. Me acordé que tenía que desayunar y allí fui. Estuve a punto de decirle si quería que le trajera pan con manteca, por suerte me acordé del reto y supe que no podría llevarle nada. Qué bueno que me acordé !...Ah ! me fui con mi revista preferida a la cocina. Pensaba que tal vez en la mañana, podríamos jugar nuevamente a los tres chiflados. En realidad, no pudimos hacerlo por casi una semana. Yo estaba muy aburrido.
***
Compartí con Huguito las picardías de esa edad. Juntos; correteábamos abrazados y nos reíamos del mundo. Porque el mundo éramos nosotros; transformados en Superman, Batman, Trazan, el Llanero Solitario o cualquier de esos fantásticos personajes, o los libros de Julio Verne que nos llevaban a dar vueltas al mundo.



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