• Roberto Gutiérrez Alcalá
RAGA
Mexicano. Autor de los libros de cuentos La vida y sus razones y El corrector de estilo.
  • País: Argentina
 
Por Roberto Gutiérrez AlcaláLa dulce ancianita que se había ofrecido a cuidar al hijo de sus vecinos mientras éstos asistían a una fiesta, comenzó a improvisar con angelical voz:-Érase que se era una bella princesa que estaba perdida en un bosque lúgubre y sombrío...El niño, un simpático gordito de ademanes torpes y mirada melancólica, se sentó sobre la alfombra de la sala y ahí permaneció inmóvil, casi sin pestañear, hasta que la viejita hubo terminado:-... y se casaron y fueron muy, pero muy felices.Entonces se incorporó trabajosamente, se dirigió a la vitrina donde su padre guardaba un revolver Smith and Wesson calibre .38, lo tomó entre sus manos y, al tiempo que se lo vaciaba en la cabeza a su aterrada cuidadora, le preguntó calmoso que si acaso creía que era un retrasado mental, o qué.                                                                                                                                                     De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Carlos Reinoso era mi ídolo. Cada vez que yo salía al parque a patear el balón con mis amigos, tenía en mente sus recortes, sus pases precisos, sus tiros chanfleados al arco enemigo, y trataba de imitarlo. Incluso, cuando esperaba a que el partido se reanudara, ponía las manos en la cintura, igual que él. En aquella época, yo era un mocoso de doce años, y si alguien me hubiera preguntado: ¿eres feliz?, sin duda hubiese contestado: no. Las causas de mi infelicidad eran básicamente dos: todos los días debía levantarme tempranísimo para asistir a una escuela que semejaba un reclusorio (con celda de castigo incluida); y, una vez que me soltaban en la tarde y regresaba a casa, no podía jugar hasta que hubiera terminado, de cabo a rabo, la tarea. Puedo decir que sólo cuando estaba en posesión -o detrás- de una pelota me sentía libre. Todo lo demás me tenía sin cuidado: las peleas de mis padres, los vecinos, el clima, la contaminación, la economía nacional e internacional... Mi sueño era convertirme en un jugador profesional, integrar las filas del América y participar en un Campeonato Mundial con la Selección. Y a él me entregaba con pasión cuando lograba zafarme de mis obligaciones escolares. Por supuesto, no me perdía ningún partido del América, ya fuera por televisión o en el mismísimo Estadio Azteca, acompañado por mi padre. Y Reinoso –quien había llegado a ese equipo en 1970, poco después del Mundial más lindo de la historia- era mi maestro. Yo lo consideraba el summum de la creatividad, la elegancia y el talento futbolísticos. No había nadie como él (excepto Pelé, claro). A veces, en lugar de organizar un partido con mis amigos, prefería subir solo a la azotea del edifico e imaginar que, enfundado en el uniforme crema, con el número 8 en la espalda, yo era Reinoso, y que driblaba a cuanto adversario me salía al paso antes de marcar un golazo... En la temporada 70/71, el América ganó el campeonato de liga bajo la batuta del chileno. Y en la siguiente -71/72- estuvo a punto de repetir la hazaña pero, en la final, Reinoso y sus compañeros se toparon con un Cruz Azul inspirado que los apabulló cuatro goles contra uno. En esa ocasión, frente al televisor, no pude contener mi tristeza, y, sin importarme que estuvieran presentes varios de mis familiares, lloré amargamente, desconsolado. Ahora se disputaba el torneo de copa 72/73. Y hacía apenas unas semanas mi padre me había llevado al Estadio Azteca, donde tuve la oportunidad de ver en vivo y a todo color cómo Reinoso aprovechó que el guardameta del Atlético Español, Vázquez del Mercado, estaba demasiado lejos de su portería, para meterle un maravilloso, soberbio gol desde media cancha. Una noche, cuando ya me hallaba acostado en la cama, a punto de dormirme, mi madre entró en mi cuarto y me anunció que había conseguido una entrevista con Reinoso. Quedé anonadado. Ella trabajaba como reportera de una revista femenina y, puesto que Reinoso gozaba de una creciente fama tanto entre los hombres como entre las mujeres (aunque chaparro, era apuesto, galán), había pensado que bien podía entrevistarlo y escribir un reportaje que destacara no sólo sus dotes como estrella deportiva, sino sobre todo su faceta como esposo y padre de dos pequeños hijos. -¿Cuándo? –le pregunté. -Pasado mañana -respondió. -¿Dónde? -En su domicilio particular. -¿Y me vas a llevar? -Sí. A partir de ese instante mágico no tuve otro pensamiento en la cabeza que no girara alrededor de la futura entrevista. Al día siguiente les comuniqué la buena nueva a mis amigos. Primero me tildaron de hablador; luego, al verme tan entusiasmado por la perspectiva de conocer en persona a Reinoso, me creyeron, y a lo mejor hasta me envidiaron un poquito. Quién sabe. El día ansiado llegó. Mi madre me recogió en la escuela y nos dirigimos a la colonia Nápoles, donde Reinoso y su familia vivían en un departamento de la calle de Pensilvania. Mi madre estacionó el auto y bajamos. Entramos en el edificio, llamamos el elevador y subimos hasta el tercer piso. Mi madre tocó el timbre del departamento 301, y esperamos. Las manos me sudaban. Abrieron la puerta. -¡Hola!, pasen, pasen... No era posible... ¡Ahí estaba frente a mí, vestido con unos pantalones de mezclilla y una camisa blanca de manga corta, Carlos Enzo Reinoso Valdenegro, el más grande jugador del futbol mexicano, el estratega que comandaba al América como un general dirige a su ejército, el hombre que hacía con el balón lo que se le pegaba la gana! Cruzamos la puerta y nos encontramos con una mujer joven, de pelo corto y negro. -Buenas tardes –nos dijo, y nos tendió la mano-. Soy la esposa de Carlos. -Buenas tardes –respondimos al unísono mi madre y yo, y la saludamos; y a continuación mi madre añadió-: Éste es mi hijo Roberto. Reinoso, quien ya se había dado la vuelta después de cerrar la puerta, me puso una mano sobre la cabeza y preguntó: -¿Te gusta el futbol, Roberto? -¡Sí! –respondí-. Y soy americanista y, para mí, usted es el mejor jugador de México. -¡Es una agradable sorpresa oírte decir eso! –dijo Reinoso, y me revolvió el cabello cariñosamente. -Adelante, por favor –dijo la mujer, y nos condujo a la sala. Yo me senté junto a mi madre en el sofá; Reinoso y su esposa ocuparon dos sillones individuales. Al rato, un niño de unos cuatro años y una niña todavía más pequeña, de unos dos, ambos con el rostro adormilado, hicieron su aparición por el pasillo. -Son mis hijos –dijo Reinoso-. Saluden, niños. -Hola –dijeron ellos. -Hola -dijimos nosotros. Mientras nos tomábamos un refresco que nos trajo la sirvienta, mi madre se encargó de preparar el terreno para la entrevista propiamente dicha. Les preguntó a Reinoso y a su esposa en qué lugar de Chile habían nacido, cuándo se habían conocido, cuánto tiempo había durado su noviazgo, dónde se habían casado... Yo escuchaba atentamente las respuestas y de tanto en tanto paseaba la mirada por aquel departamento para guardar en mi memoria cualquier detalle que hiciera más verídico el relato que ya planeaba contarles a mis amigos. Al cabo de unos minutos pasamos al comedor. -Voy a prender la grabadora –dijo mi madre. -Sí, muy bien –dijo Reinoso. La entrevista se centró en la vida familiar del crack chileno, si bien era inevitable que mi madre se refiriera frecuentemente a su actividad profesional. Hacia las cuatro y media terminamos de comer y nos levantamos de la mesa. -El fotógrafo no ha de tardar en llegar –dijo mi madre. -Aquí lo espero, no te preocupes –dijo Reinoso, y luego volteó a verme y preguntó-: Bueno, ¿y tú, Roberto, no juegas futbol? Cómo decirle que lo único que deseaba era jugar como él y que para ello practicaba a diario -en compañía de mis amigos, en el parque; o solo, en la azotea- las jugadas que lo veía hacer en la televisión o en el estadio. Era demasiado. No podía permitirme ser tan sincero. Por eso dije únicamente: -Sí, me encanta. -Y parece que es bastante bueno, según he oído –agregó mi madre. -¿No te gustaría formar parte de la fuerzas inferiores del América? -¡Sí! Reinoso, entonces, se encaminó a una de las habitaciones. Un momento después salió de ella y me alargó una tarjeta de presentación (llevaba su nombre y el escudo del América impresos), garabateada de su puño y letra. Leí: “Profe X.: Roberto es mi amigo. Échele un ojo. Juega muy bien. Se lo encargo mucho. Gracias.” El reportaje se publicó al poco tiempo y fue un éxito. Yo, por mi lado, me presenté casi de inmediato -con la anuencia de mis padres, pero bajo ciertas condiciones que me impusieron- en las instalaciones del equipo crema, en la calle del Toro número 100, en Coyoacán, para mostrarle la tarjeta al Profe X., quien, luego de leerla y devolvérmela, dijo: -Vamos a ver si es cierto... Y sí era cierto que poseía algunas cualidades futbolísticas: dominio del balón, habilidad, velocidad, enjundia; sin embargo, nunca pasé de jugar en ligas amateurs los fines de semana; eso sí, siempre teniendo en mente, como un modelo insuperable, la técnica, la maestría, el arte supremo de Reinoso.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Hacía más de dos años que aquel hombre y aquella mujer -casados, cada uno por su lado; aún jóvenes, fuertes y bellos, sin hijos- eran amantes, y a lo largo de ese tiempo los dos habían logrado nutrir y consolidar tanto su relación clandestina, convertirla en una aventura tan plena, luminosa y llena de sentido, situarla en uno de los puntos más altos y dichosos de sus existencias, que ahora cada uno por su lado -un poco harto y aburrido de tanta luz y felicidad- estaba considerando -de manera muy, muy sería- engañar al otro con su respectiva pareja legal.                                                                                                                                                                                              De Invenciones a dos manos
Por Roberto Gutiérrez Alcalá                                                                              ·                 Enamórese sin reserva de la mujer equivocada (también, si así se lo dicta su temperamento, puede cometer algún acto soez, vil, canalla, digno del más punzante y ácido sentimiento de culpa; o, en su defecto, golpearse un dedo con un martillo, lo cual trae como consecuencia un llanto expedito).·                 Recuéstese sobre un taburete o sofá en decúbito supino.·                 Concéntrese en su tragedia personal y reviva aquellos momentos en que el sufrimiento alcanzó las cotas más altas.·                 Restréguese los ojos con delicadeza para estimular los lagrimales.·                 Deje caer la cabeza a un lado.·                 Suspire hondamente.                                                                                                                                                                                          De Invenciones a dos manos 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   El último semestre de la carrera estaba llegando a su fin. Por eso la mayoría de mis compañeros ya organizaba la fiesta de graduación y la compra del abominable anillo conmemorativo que deberán lucir con orgullo durante el resto de sus vidas. Diariamente convocaban a “junta general”, pomposo nombre que dieron a las reuniones en las que, entre otras sutilezas, discutían si se tomaría brandy Presidente o Bacardí. Por mi parte, hacía tiempo que todo el estoicismo necesario para soportar clases de filología, lingüística y demás yerbas había desaparecido de mi alma, de modo que me dedicaba a hacer lo que me venía en gana. Así, los martes y los miércoles, a las doce en punto, entraba en el salón donde Elizondo discurriría sobre el Payo López Velarde, o sobre Poe y Pound. Los jueves, de doce a dos de la tarde, oía cuasi hipnotizado los cuasi interminables monólogos de Arreola. Y, por último, los viernes, a partir de las once y media, me soplaba la desmadrosa clase de Batis, en la que éste podía hablar de la revista Renacimiento, fundada por el indio Altamirano, o sobre la casquivanía incorregible de Julio Torri, por mencionar sólo dos temas de su amplísimo repertorio artístico-literario. Los lunes leía en la biblioteca o, bien, iba al “aeropuerto” y, sentado en una de sus bancas, me ponía a observar a los raros especímenes que ininterrumpidamente aterrizaban en él. Poco antes de las cuatro salía a comer algo –una torta de jamón sin mayonesa, unas papas fritas, un jugo de naranja-, y si en el “Che Guevara” proyectaban una buena película -o no tanto-, pues me la aventaba con todo el dolor de mi corazón... Un martes me encontré a Julia en las escaleras que llevan a la biblioteca. Era una linda muchachita de ojos adormecidos y tez blanquísima, con pecas, que también estudiaba “hispánicas”, pero en otro grupo. -Hace mucho que no te veía -me dijo con su lánguida voz aflautada- ¿Ya no vienes a clases? -A las obligatorias, no. -¿Por? -Me derrotaron. -¿Cómo? -Sí, son demasiado densas para mi inteligencia más bien chata y elemental. -¡Aaah! Y qué, ¿vas a presentar extraordinarios? Cualquier conversación que tuviera que ver con la carrera me daba náuseas. Siempre esquivaba a mis padres, o a quien fuera, cuando me preguntaban cómo iba, qué promedio llevaba. Por eso no había razón para no cancelar o, en todo caso, para no desviar a otro tema aquella plática informal con Julia. -Todavía no sé –contesté con sequedad, y después me salí olímpicamente por la tangente-: Oye, ¿sigues haciendo yoga? De seguro, Julia se dio cuenta de que yo no deseaba seguir hablando de materias y estudio. Sin embargo, no me dijo nada. Sólo se concretó a responderme que “sí, todos los viernes de siete a nueve de la noche”, y que me la recomendaba porque, “créeme, es otra onda”. Así dijo. Después me invitó a acompañarla a sacar unas copias. Ignoro por qué acepté. Cuando pasábamos frente a la Dirección, inesperadamente me preguntó si ya había leído Niebla, de Unamuno. -Sí, hace un año. Por órdenes del Coyote 13. -¿El Coyote 13? -Sí. -¿Quién es? -Souto. -¡Aaah! Luego me pidió que se la contara “a grandes rasgos”, pues al día siguiente iba a tener examen y, por supuesto, ya no había tiempo para leerla. -El que nada sabe, nada teme -recité. -Ándale, no seas payaso, dime de qué trata. Tengo que acomodar las copias y pasar en limpio unos apuntes. Si no, sí la empezaba. -Pero... -Ándale, por favorcito... Sus ruegos me conmovieron. -Bueno... Niebla es la historia de Augusto Pérez, un joven que, después de sufrir tremenda decepción amorosa, piensa en suicidarse. Pero su creador, es decir, Miguel de Unamuno, se le anticipa en la jugada y decide matarlo. -¿Quéee? -rebuznó Julia-. Explícame lo último que dijiste. -Qué te explico si todo está muy claro -le dije viéndola a los ojos y experimentando un rotundo sentimiento de superioridad-. Unamuno se mete en la novela, mejor dicho, en la nivola -acoté sin que ella entendiera nada- y le comunica a Augusto que él, Augusto, no puede actuar por voluntad propia y que mejor lo va a despachar al otro mundo. Aquí hice una pausa. Al cabo de uno o dos segundos, Julia preguntó realmente interesada: -¿Y luego? -Augusto, que ya no desea morir –continué-, grita y patalea, pero de todas maneras no logra que “don Miguel”, como lo llama, reconsidere su decisión. Al final, obviamente, Augusto muere y todos felices. En realidad, la anécdota es lo de menos. Lo importante radica... -¡Oye -me interrumpió Julia-, qué padre novelita! Creo que con lo que me contaste podré pasar el examen per-fec-ta-men-te. Lo único que pensé en ese momento fue en despedirme de Julia, desearle suerte, mucha suerte en su examen, y correr a donde Elizondo de seguro ya estaría comentando el “Sueño de los guantes negros” o “El cuervo” o “El canto de la usura”. Y lo hice.   Hacía siglos (tres meses o más) que no escribía una sola cuartilla. Eso sí, me la pasaba urdiendo en la mente complicadas tramas novelescas que, según yo, me mantenían “en activo”. Como en aquel relato de Paty Highsmith, era un escritor que escribía libros enteros en su imaginación, o casi. El encuentro con Julia, no obstante, me abrió el apetito, como se dice, por lo que aquella misma tarde empecé a escribir, es decir, sobre papel, el cuento que se me había ocurrido un año antes, al terminar de leer Niebla, de Unamuno. Le puse por título “Niebla II o el regreso de Augusto Pérez” y narraría, con un estilo llano y directo, las aventuras de un Augusto resucitado por obra y gracia de un escritor mexicano, o sea, de un servidor. En la primera parte, el hombre “despertaba” en un miserable y apestoso cuartucho, en una de cuyas paredes agrietadas y descoloridas se podía ver, mal colgada, una reproducción infame de “La maja desnuda”, presidiendo un calendario del año 1986... Augusto se sentía débil y pesado, y, para colmo, no sabía dónde diablos se hallaba. Así pues, decidía averiguarlo... Se incorporaba con dificultad, se arreglaba el pelo, se daba unas palmaditas en el rostro para desapendejarse y abría la puerta... Ya en la calle se enteraba, por boca de unos transeúntes que lo veían con desagrado y repugnancia, de que aquello era la ciudad de México... Augusto Pérez no comprendía... Sin embargo, conforme pasaba el tiempo empezaba a recordar: Madrid, Eugenia, don Miguel... Entonces se enojaba porque se le hacía evidente que otro escritor lo había resucitado, sí, pero, como siempre sucedía con “esos prepotentes de mierda”, sólo para jugar y divertirse con él, como si fuera un vil títere... Sumamente irritado y abrumado por la perspectiva de tener que sobrevivir en una época incomprensible y en una ciudad desconocida para él, Augusto se echaba a andar sin rumbo por una avenida atestada de coches, autobuses, contaminación y gente... Abandoné el lápiz y releí lo que había garabateado. “No está mal”, pensé. A continuación lo guardé, bajo llave, en un cajón de mi escritorio y, para estar a tono con el momento y las circunstancias del cuentito, me puse a ver en la videograbadora La rosa púrpura de El Cairo.   En los días siguientes me sobraron pretextos para no añadirle ni una palabra al manuscrito inconcluso de “Niebla II o el regreso de Augusto Pérez”: que no me llega la inspiración, que es imposible trabajar con tanto ruido, que el calor, que el frío, que al ratito...    En cambio, no dejé de asistir a la facultad. Es cierto que ya no presentaba el movimiento ni la algarabía que la distinguen de las restantes. La muy cercana finalización de cursos había alejado de ella tanto a maestros como a alumnos. Era lógico: si ya merito iba a terminar el semestre, no había razón para no terminarlo ya. De todas maneras, no se puede afirmar que la H. Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM hubiera entrado en hibernación otra vez. Aún no. La biblioteca seguía en servicio, algunos maestros obstinados continuaban dictando cátedra a las paredes de los salones y uno que otro grupo de estudiantes quisquillosos soñaba con recibir una clase extra. En fin... En esas circunstancias se apareció Augusto. Fue un lunes. Yo acababa de salir de la biblioteca. De inmediato lo reconocí (¿cómo no lo iba a reconocer?). Entró por la puerta principal de la facultad con paso lento, cansado. Su rostro demacrado y sucio lucía una incipiente barba en la que destellaban, de tanto en tanto, varias canas azulosas. Sin sorpresa comprobé que vestía el mismo pantalón gris y el mismo saco luido que no hacía mucho yo le había visto llevar en mi imaginación. Salí a su encuentro. -¡Augusto!, ¿qué haces aquí? Él me vio sesgadamente, tratando de ubicar mi fisonomía y mi voz. Cuando su cerebro le avisó que no poseía ninguna información de quién era el sujeto que le dirigía la palabra, dijo, empujándome con violencia: -¿Quién es usted? ¿Qué quiere? Comprendí entonces que debía identificarme. -Soy el escritor que te revivió. Augusto Pérez me clavó su mirada de lobo hambriento y herido; luego se encaminó a la banca más cercana, se sentó y estiró las piernas. Su aspecto era lamentable. -¿El escritor que me revivió? –preguntó con irónica incredulidad. -Sí, el mismo. -¿Por qué habría de creerlo? –volvió a preguntar, esta vez con aspereza. -Te llamé por tu nombre, ¿no es verdad? Nadie más sabe quién eres, sólo yo –expliqué con una lógica diáfana e irrebatible. Augusto se levantó, sacudió las solapas de su ridículo saco negro, se plantó frente a mí y dijo con un tono de voz triunfal: -Vaya, vaya, vaya, quién lo iba a decir... ¡Al fin doy contigo! Sus palabras me intrigaron. -Ah, ¿de modo que me estabas buscando? -Sí –respondió, brusco y tajante, y después agregó con sarcástica camaradería-: Desde hace dos semanas tú eres el único objetivo de mi existencia. -¿Y para qué soy bueno? –pregunté. -¿No lo adivinas? -Augusto, no soy adivino, soy escritor, recuérdalo –dije, disfrutando plenamente aquella situación tan singular e imprevista. -Sí, lo sé. Conozco muy bien a los de tu calaña... -¡Qué agresivo, mi querido Augusto! -No me digas “querido”. -Está bien, está bien, discúlpame... Pero dime ya para qué me estabas buscando desde hace dos semanas. Augusto jaló aire como para apagar ochenta velitas de cumpleaños y sopló: -¡Para matarte! -¿Quéee? -rebuzné yo. -Como lo oyes: para matarte -repitió Augusto con meridiana nitidez. No pude ni quise contenerme y estallé en una sonora carcajada que el eco se encargó de multiplicar. -Augusto, Augusto Pérez -dije luego-, ¿no te das cuenta de que sólo eres un personaje, un triste personaje novelesco que depende absolutamente de su autor? Unamuno te mató un día. Yo te resucité, así que harás lo que yo quiera, y lo que ahora quiero es que te largues de inmediato y me dejes en santa paz. Su actitud desafiante me había sacado de mis casillas. ¡Nada más eso me faltaba: que un ser como Augusto Pérez me estuviera buscando para vengarse de lo que hace años le hizo otro escritor! ¡Desagradecido! La siniestra frialdad de un cuchillo relumbró de súbito en su mano derecha. Augusto y yo nos miramos durante un instante que no me pareció eterno ni mucho menos, pero sí lo suficientemente largo para percatarme de que sus ojos se había transformado en dos fósforos encendidos por el resentimiento y la cólera. A continuación se abalanzó sobre mí con ímpetu diabólico. Apenas tuve tiempo para evadir la embestida y huir...   Tres días después, no sin temor -lo admito- regresé a la facultad. Debía devolver un libro en la biblioteca. Cruzaba el “aeropuerto” cuando sentí que alguien me clavaba la mirada en la espalda. Inquieto y agitado, me di la vuelta. Era Julia. Mientras me acercaba a ella, no pude dejar de preguntarle: -¿Cómo te fue en tu examen? -Ni me lo menciones... Un fracaso total. Me preguntaron cosas rarísimas, por ejemplo, qué es una nivola. Ni idea. ¿Lo sabes tú? -He oído hablar del término... –dije distraídamente, y añadí-: No te preocupes. Si lo ignoras, no te pierdes de nada importante. Te lo garantizo. ¿Sabes qué?, tengo muchísima prisa. Luego nos vemos. ¡Ciao! -¡Ciao! El tiempo pasó. Según me enteré por boca de varios compañeros, lo más rescatable de la fiesta de graduación fue el hecho de que uno de los profesores de nuestra carrera, un individuo tímido y delicado hasta el hartazgo -y cuyo nombre no mencionaré-, agarró una borrachera de los mil demonios (incluso, me dijeron, intentó desnudarse en la pista de baile). Yo, por mi lado, seguí mi camino, como se dice. Todo eso sucedió hace muchos años. Por lo que se refiere a Augusto Pérez, desde esa primera vez que lo vi, no he vuelto a toparme con él. ¿Mató a otro escritor y así sació su terrible sed de venganza? ¿Se decidirá algún día a buscarme nuevamente? ¿Dónde vive? ¿Qué hace para subsistir en un mundo que le resulta ancho y ajeno? ¿Acaso murió? ¿Lo mataron? Éstas son algunas de las preguntas que a diario me formulo con un espíritu estrictamente científico.                                                                                                                                                           De El corrector de estilo
Por Roberto Gutiérrez Alcalá IResulta normal que, cuando de misántropos hablamos, acudan a nuestra mente, con una rapidez lumínica, personajes tipo tales como Mr. Scrooge o Mr. Hyde, en cuyos rostros imaginamos siempre un gesto agrio y desdeñoso, y una actitud de asco y rechazo absoluto frente a todo aquello que "huela" a humano. Sin embargo, por raro que parezca, hay otra clase de "grandes odiadores de la humanidad" que, a diferencia de aquéllos, poseen una apariencia bondadosa, amable y receptiva, y en presencia de sus semejantes se comportan y actúan con una complacencia amorosa, francamente fraternal.En efecto, estos misántropos fuera de serie dedican su vida, su tiempo, sus afanes, a planear y ejecutar -con una minuciosidad obsesiva y delirante- actos "altruistas" de la más variopinta naturaleza: campañas de vacunación gratuitas, colectas para instituciones de beneficencia, acopios de alimentos y ropa para ancianos y niños de la calle, peticiones de liberación de presos políticos, manifestaciones o huelgas de hambre para apoyar el cese al fuego en alguna zona del planeta..., sin olvidar, ni un solo instante, su verdadero fin: contribuir eficazmente al exterminio de quien identifican como el enemigo a vencer: el género humano.Pero, a veces, las cosas no salen como ellos lo desean y sus aviesas intenciones son descubiertas. Entonces quedamos boquiabiertos y horrorizados de que el apuesto y carismático multimillonario que aparece fotografiado en la primera plana de todos los diarios no buscara, como él mismo difundía a los cuatro vientos, librar a los niños de su país de la hepatitis o de la meningitis mediante la aplicación de cientos de miles de dosis de la vacuna correspondiente, sino todo lo contrario, esto es: inocularles cantidades monstruosas de los microorganismos causantes de tan terribles enfermedades...; o de que la ancianita de mirada dulce con la que solíamos toparnos en la calle, y de quien sabíamos que gastaba buena parte de su pensión en la alimentación de un grupo de menesterosos, fuera realmente la culpable de que, de tanto en tanto, uno de aquéllos muriera envenenado...; o de que el incorruptible abogado de indígenas, negros y gente pobre en general, y de cuya sorprendente personalidad ahora mismo se ocupan los noticieros de la televisión, hiciera todo lo necesario para que al menos tres de sus defendidos terminaran cada año sentados en la silla eléctrica o con una soga al cuello.A estos misántropos encubiertos, no obstante, poco les importa que les quiten repentinamente la máscara de beatitud con que navegan por el mundo, pues incluso en la fría y desnuda soledad de su celda, una vez que un juez los ha condenado a treinta, cuarenta, cincuenta años de encierro -o, en su defecto, a la pena capital-, aún tienen la oportunidad de seguir siendo fieles a su más viva y loca pasión, y, de hecho, nunca la desaprovechan... Es así como, en un estado de éxtasis casi religioso, acechan pacientemente a la única víctima que les queda a su alcance: ellos mismos, y, cuando así lo consideran conveniente, la suprimen definitivamente con una rotunda puñalada en el corazón, con un despiadado tajo en la garganta...IILa primera impresión que dejan en quienes los acaban de conocer es que se trata de seres bastante retorcidos tanto en lo físico como en lo moral. De aspecto hosco y huraño, pareciera que siempre están escabulléndose hacia alguna salida, la que sea, como ratas en permanente fuga. De más está decir que prefieren la penumbra, incluso la oscuridad total, en lugar de la luz; así como la soledad en vez de la muchedumbre y el gentío.Cuando no les queda de otra y se ven obligados a sostener algún tipo de intercambio verbal con alguien, utilizan, por lo general, frases cortas, tajantes, cuando no huidizos monosílabos y uno que otro gruñido intimidatorio.De ellos, por supuesto, corren las más variadas y truculentas historias: que intentaron (y lograron) arrojar a la esposa por la ventana; que emascularon al marido por sospechar (y comprobar) que les era infiel; que operan una red de pornografía infantil; que ejercen, con mucho éxito, la brujería y la magia negra; que seducen, violan y asesinan, los fines de semana, a jovencitas incautas; que pertenecen a un grupo terrorista... En ocasiones, estas habladurías crecen y se solidifican tanto en el inconsciente colectivo, que al cabo de una o dos generaciones ya son recordadas como hechos verídicos y comprobables...Sin embargo, la verdad sobre estos seres antipáticos y odiosos nada tiene que ver con las atrocidades que se les achacan. Recluidos en una lujosa suite de un rascacielos de la Quinta Avenida, en un lúgubre y desolado rincón oficinesco, en un sucio y sofocante cuartucho de vecindad, ellos más bien están a la caza de la circunstancia propicia para hacer algo en beneficio de los demás, sin importar cómo ni cuándo.Unas veces, los resultados de su tenaz y callada labor filantrópica son grandiosos y espectaculares: la construcción de una nueva casa-hogar para huérfanos, la milagrosa recuperación de un enfermo terminal gracias a la donación de uno de sus riñones...; otras, en cambio, son más bien modestos, opacos: la reconciliación -vía su mediación oportuna- de dos amigos coléricos, una deuda ajena saldada de manera incondicional y anónima...Otra cosa hermana a estos filántropos fuera de serie: su ilimitado amor por la música de Brahms.                                                                                                                                                                                                              De El corrector de estilo
Por Roberto Gutiérrez Alcalá                                                                                                                                                                                                Para Augusto Monterroso-¿Qué te dijo? -le preguntaron a quien regresaba de hablar por teléfono.-Que el otro día iba por Insurgentes cuando a la altura del Hotel de México le tocó el alto y que como toda la gente a la que le toca un alto en ésta y en todas las ciudades del universo donde existen semáforos y coches después de frenar volteó a ver al de junto pero que lo que vio fue una beldad así dijo que se le quedó mirando fijamente a los ojos antes de sonreírle toda coqueta y que entonces él primero no supo qué hacer y que luego cuando reaccionó se dio cuenta de que ya le habían puesto el siga y de que aquella beldad ya le sacaba buenos treinta o cincuenta metros pero que la alcanzó en un dos por tres y le preguntó con señas de coche a coche que a dónde iba y que la beldad risa y risa así hasta que por fin le dijo también con señas que muy lejos y que él contraatacó entonces bajando la ventanilla y jurándole que estaba dispuesto a seguirla hasta el otro lado del mundo y mientras tanto los coches de atrás les pitaban como locos porque impedían la circulación y que por eso él le sugirió a ella orillarse y platicar un ratito a lo cual ella accedió sorpresivamente y que se detuvieron y platicaron un ratito y más porque aunque ella aseguraba tener prisa se le podía ver a leguas que estaba muy a gusto platicando ahí con él y que en un momento dado luego de averiguar todo lo que se averigua en tales casos él le dijo a ella que por qué no le daba su teléfono a lo cual ella respondió que claro que cómo no y que mientras ella escribía su número telefónico en un papelito que sacó de su bolsa él la contempló detenidamente y se dijo para sus adentros que qué bruto que ahora sí se había sacado la lotería con semejante beldad y que lo único que me podía decir de ella era que se parecía a la muchacha que hace tiempo salió en la tele en un anuncio de Johnnie Walker pero ya saben lo exagerado que es y que al terminar de garabatear el papelito se lo entregó y le dijo que había sido un placer conocerlo pero que ya se tenía que ir a lo cual él respondió que igualmente y que qué lástima porque había pensado que no era mala idea ir a tomar un café o un refresco pero que le hablaría en el transcurso de la semana próxima para ponerse de acuerdo cuándo se veían otra vez y que durante los días siguientes sólo pensó en ella y que ya se veía primero en un bar o en un café riéndose con ella de cualquier cosa y después en una discoteca bailando muy juntos y a continuación yendo al cine y finalmente declarándole su amor a la puerta de su casa y sellándolo con un beso y que esas maravillosas visiones lo mantenían de muy buen humor y que hasta le dio por saludar a sus vecinos todo por culpa de las ganas que tenía de enamorarse de aquella beldad y que ayer como a las nueve empezó a marcar su teléfono pero que cuando sólo le faltaba un número colgó porque se le hizo que ya era muy noche para llamar a ninguna parte y que incluso soñó que se la encontraba en una exposición de arte africano del siglo dieciocho y que hoy al despertar se dijo que hoy sí y que ahí lo tenemos como a las tres todo nervioso marcando muy despacito para no equivocarse y que primero ocupado ocupado así hasta que después de intentarle mucho se oyó que entraba la llamada y que cuando una voz aguardentosa le contestó sí carnicería La Española no supo qué decir y colgó pero que volvió a llamar a los pocos minutos porque pensó que a lo mejor se había equivocado pero que no pues la misma aguardentosa voz de antes le salió de nuevo con que carnicería La Española y con que qué deseaba y que entonces él ya no tuvo más remedio que preguntar por Mónica Quiensabequé y oír que ahí no conocían a ninguna Mónica Quiensabequé y que por no dejar también preguntó si ahí era el cinco catorce veinte treinta y siete por decir algo a lo cual le respondieron que sí y que al principio le dio coraje porque pensó que la tal Mónica Quiensabequé le había tomado el pelo pero que luego ya más calmado había llegado a la conclusión de que ella bien pudo confundirse y escribir un número por otro en el papelito que sacó de su bolsa la tarde en que se dejó conocer aunque de todas maneras eso no altera su convicción de que la vida tiene razones que la razón y el corazón desconocen y que lo disculpemos pero que ya yo me podría imaginar que no está en condiciones como para venir a cotorrear el punto con nosotros y que mejor él nos habla otro día porque lo que es hoy se va a poner a oír la novena de Mahler y a llorar cuando empiece el cuarto y último movimiento Adagio.                                                                                De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez AlcaláAdemás de ser discreta, elegante y cortés, y hacer gala de un respeto irrestricto hacia todos y cada uno de sus semejantes, aquella dama cuarentona de rostro risueño, pechos tristes y muslos redondos tenía una costumbre verdaderamente ejemplar: todos los fines de año, al calor de los brindis, las carcajadas, el intercambio de regalos y los abrazos de felicitación, se rifaba a sí misma, con mucho éxito, entre el personal masculino de la dependencia gubernamental donde, de lunes a viernes -de nueve de la mañana a seis de la tarde-, fungía, con una aceptable eficiencia, como secretaria del señor director.                                                                                                     De Invenciones a dos manos
Por Roberto Gutiérrez Alcalá “¡Dejen pasar al anciano!”, decía papá que dijo un día un agente de migración en el puente de Nuevo Laredo, Tamaulipas, mientras él y otras personas hacían cola para mostrar su pasaporte y luego encaminarse a Laredo, Texas, pero papá, por más que volteaba hacia todos lados, no veía a ningún anciano, hasta que, por las miradas que le dirigía el agente, entendió que éste se refería a él, y entonces los demás le abrieron paso, y papá avanzó muy apenado, aunque también muy alegre de que aquel trámite concluyera con tanta rapidez debido, fundamentalmente, a su recién estrenada ancianidad.                                                                                                    De Invenciones a dos manos 
Por Roberto Gutiérrez AlcaláSeñorademialma:El que abajo firma, adorador casi incondicional de todo su ser, desea manifestarle lo siguiente:Es un hecho indiscutible que de un tiempo acá usted rechaza mi amor y me ningunea. Si consideramos que no he dejado de cumplir al pie de la letra cada una de las disposiciones del acuerdo que norma nuestras relaciones amorosas, tal proceder resulta harto injusto. Para sustentar mi reclamo, enumeraré, no sin pena y dolor, las perfidias en que incurre desde entonces:1.  No acepta las rosas que puntualmente le mando los fines de semana a su domicilio.2.  No le presta ninguna atención a lo que digo o hago.3.  Me niega toda posibilidad de abrazarla o darle un beso.4.  Coquetea con otros.5.  Me llama "idiota" con insoportable perseverancia.Como comprenderá, no puedo tolerar semejante trato. Sé, mi señora, que el Derecho Amoroso Internacional está de mi parte, y si bien no pienso llevar las cosas a territorios donde ambos saldríamos perjudicados, sí exijo que sea respetada mi dignidad de amante fiel.Así pues, en nombre de nuestra felicidad, la invito de la manera más atenta a que recapacite y enmiende su conducta o, en su defecto, a que arroje luz sobre el porqué he perdido los dones de su corazón.Suyo,R.                                                                                    De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez AlcaláLa señora X. coge un carrito, cruza la entrada del supermercado y se dirige al departamento de "Frutas y legumbres". Ahí llena varias bolsas de plástico con manzanas, peras, cebollas, zanahorias..., y las deposita en el carrito. Al tomar una papa, otra rueda por el suelo. La señora X. se agacha, la recoge y la pone nuevamente en el mostrador, sin percatarse de que el cuadernillo de vales de despensa que un día antes le dio su esposo se le ha salido de la bolsa del delantal. La señora X. escoge seis papas, las mete en otra bolsa de plástico y se encamina al departamento de "Lácteos".El señor Y. arriba al departamento de "Frutas y legumbres", empujando otro carrito. Sus ojos se topan con el cuadernillo de vales de despensa que la señora X. dejó caer accidentalmente. El señor Y. lo pisa, se agacha, lo recoge y se lo guarda en la bolsa trasera del pantalón. Luego voltea a todos lados para cerciorarse de que nadie lo ha visto. "Bien", murmura. Sin embargo, sí lo vio alguien...El señor Y. se felicita por su buena suerte. Con aquellos vales -fantasea- al fin podrá comprarse su botella de whisky, sus latitas de ostiones ahumados y quizás hasta un buen queso... Aunque, pensándolo con detenimiento, ¿no sería más justo regalarle unos zapatos a Fito (pobre, parece limosnero); o unos pantalones a Toño (pobre parece brincacharcos); o un vestido a Adriana (pobre, parece fotografía)?El señor Y. deambula nervioso por los pasillos del supermercado, imaginando que la demás gente no ignora que en la bolsa trasera de su pantalón esconde unos vales de despensa que no le pertenecen. Por eso, y porque después de un minucioso examen de conciencia llega a la conclusión de que aquello no está nada bien, empieza a considerar la posibilidad de devolverlos... Pero, ¿a quién? ¿A un policía? ¿Al gerente de la tienda? ¿Y si se quedan con ellos? En realidad, es una cuestión difícil de resolver.De pronto, una sutil voz femenina anuncia por medio del sonido local que la persona que se haya encontrado unos vales de despensa recibirá un rotundo "gracias" si los lleva a "Devoluciones". El señor Y. respira tranquilo, como si le hubieran quitado una losa de encima: no disfrutará su whisky ni sus ostiones ahumados ni su queso, y sus hijos y su esposa no estrenarán zapatos, ni pantalones ni vestido, pero a él le quedará la satisfacción de haber procedido con honradez absoluta...El señor Y. va a "Devoluciones", donde lo espera el señor Z. Al mismo tiempo que le agradece su buena acción, el señor Z. toma los vales de despensa, se los guarda en el saco y sale apresuradamente del establecimiento.Mientras tanto, el señor Y. recuerda que no ha comprado los platanitos, la papaya, las galletitas, la lata de sardinas y los dos litros de leche que le encargó su mujer. Así pues, orgulloso de su rectitud moral y cívica, regresa al supermercado. Más allá, en una de las cajas, la señora X. comienza a desesperarse porque en la bolsa de su delantal no encuentra el cuadernillo de vales de despensa que un día antes le dio su esposo.                                                                                                                                             De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Cada uno está enamorado de sí mismo, como buenos narcisistas. No obstante, su naturaleza les ha permitido entablar una relación perfecta: frente a frente, aquellos dos espejos viven extasiados en la contemplación de su imagen reflejada en el otro hasta el infinito...                                                                                   De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Cuando despertó una mañana, después de un sueño intranquilo, aquel horroroso insecto se encontró convertido en un hombre cualquiera. "Bueno, ya qué...", dijo entonces con resignación, y se fue a enfrentar las menudas pesadillas de la vida cotidiana.                                                                                   De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez Alcalá                                                                                                        Para Salvador Elizondo  Detrás de una colina, el palacio surgió, imponente, frente a mis ojos. Un largo camino de piedra me condujo al portón principal. Con una aldaba en forma de mano lo golpeé hasta que salió una figura espigada: era mi buen amigo el extravagante conde Von Wieck.Hacía uno o dos años que no tenía noticias de él. Nos habíamos conocido en uno de los tugurios a los que solía acudir cuando la soledad me dolía. Quizá fue a finales de 1976. Entre grandes sorbos de cerveza me dijo con su cristalino acento alemán que era conde y que estaba perdidamente enamorado de una de las prostitutas más solicitadas de ese sitio. La incivil carcajada que le espeté en el rostro debió de ofenderlo; sin embargo, nada me reprochó. Un día después confirmé que no mentía: un periódico publicó una fotografía suya y una breve nota en la que se afirmaba que " ... luego de visitar los lugares más interesantes de nuestra metrópoli, el conde Von Wieck partirá mañana rumbo a Alaska." En la noche de ese mismo día, antes que se encerrara con su "amada"en uno de los cuartuchos del fondo, nos juramos amistad eterna...Al saludarlo me alarmó su palidez excesiva. Así se lo hice saber. Para tranquilizarme, él arguyó que se debía a la falta de luz solar. Yo no ignoraba que la vida nocturna del conde Von Wieck era en verdad intensa, pero de todos modos no quedé satisfecho con sus palabras. Más que alegre desvelo, había en su semblante la oscura inquietud de una preocupación. De eso no tuve la menor duda.Esa primera noche me acosté temprano. El viaje había sido largo y cansado. El conde así lo supuso; por eso, luego de rememorar algunas anécdotas de nuestra disipada vida en común, me sugirió que fuera a dormir. Él mismo se encargó de mostrarme mi habitación. Con un lacónico auf wiedersehen que quedó flotando en el aire como polvo visto a trasluz, se despidió mientras la amplia escalera de mármol que conducía a la planta baja lo devoraba lentamente.Cuando me disponía a meterme en la cama, un leve murmullo musical llegó hasta mí. Era una polca alegre y saltarina que parecía provenir del mismo palacio. Le puse cierta atención unos instantes; luego, como es mi costumbre, me taponé los oídos con unos pedacitos de algodón. El silencio que se hizo y la tibia blandura del almohadón en el que reposaba mi cabeza me ayudaron a conciliar rápidamente el sueño.A la mañana siguiente me desperté con la extraña sensación de no saber dónde me encontraba. Tan profundamente había dormido. El candil que colgaba del abovedado techo de la pieza me ubicó de inmediato. Al quitarme los algodones, lo primero que escuché, no sin sorpresa, fue la misma polca de la noche anterior. Entonces pensé que el conde Von Wieck seguramente había organizado una más de sus singulares francachelas que se prolongaban hasta el otro día. Sin embargo, conforme transcurrieron las horas, deseché aquélla hipótesis: la jocosa danza se repetía sin interrupción una y otra vez.Durante todo el día, el conde Von Wieck no apareció por ningún lado. Su mayordomo, un hombre todavía joven que cojeaba de la pierna izquierda, aseguró ignorar dónde podría hallarse. Cuando le pregunté qué significaba la invariable polca que se oía desde mi habitación, palideció de súbito y se retiró balbuceando una servil disculpa.Después de recorrer el palacio y descubrir la aparentemente inexpugnable puerta detrás de la cual aquella música tenía su origen, me resigné a esperar en la biblioteca al conde Von Wieck. Cuando se presentó, ya había anochecido. Una voz cavernosa brotó de su garganta:-Te debo una disculpa...-No importa, hombre.La mirada extraviada del conde Von Wieck me demostró que su pensamiento estaba en otra parte.-He hojeado varios libros -dije-. Sólo primeras ediciones, ¿verdad?-Sí... -musitó.-Víctor, desde ayer te noto preocupado. ¿Tiene algo que ver esa música que se repite y no cesa ni un segundo?-Y no cesará nunca -agregó él.-No comprendo.-Siéntate y pon atención -dijo con un tono de voz enérgico y decidido-. En realidad te invité a mi palacio para revelarte un secreto que ya no quiero ni puedo ocultar. La soledad me ha hecho tanto daño...-Pero no estás solo. Tu mayordomo...-Apenas me cruzo con Siegfried en este laberinto de habitaciones, pasillos y escaleras -atajó-. Los dos evitamos encontrarnos. No hace mucho que él también lo sabe todo. Sin duda no tardará en largarse..., o quizás... -El conde Von Wieck se dirigió a la ventana- Pero esa es otra historia... El origen de todo se remonta a finales del siglo pasado. Johann Strauss, hijo, el célebre músico austriaco, había compuesto años antes una juguetona polca a la que bautizó, irresponsablemente, con el nombre de Perpetuum mobile. Lleva el opus 257 y un subtítulo aterrador: "Una broma musical". Strauss concibió esa obra de manera infinita, es decir, compuso unos cuantos acordes que tuvieran la propiedad de formar una especie de circunferencia sonora. No en vano, la teoría del eterno retorno, de Nietzsche, estaba en boga en aquel entonces. Ahora bien, dicha concepción infinita era sólo teórica, pues, en la práctica, el director de orquesta, al cabo de dos o tres repeticiones, dejaba la batuta a un lado del atril, se volteaba en dirección al público y gritaba con evidente placer: "¡Etcétera!" Aún hoy se sigue haciendo este juego en las salas de concierto de todo el mundo, sin considerar las consecuencias que puede acarrear."Poco después de la muerte de Strauss, en junio de 1899, se organizó en este palacio una fiesta en la que se tocaría su Perpetuum mobile. Un legajo que por pura casualidad tuve en mi poder cuando conocí la Biblioteca del Congreso, en  Washington, hace ya quince años, refiere minuciosamente los hechos."Según aquellos papeles clasificados como secretos, los músicos empezaron a interpretar la vivaz polca hacia la medianoche. Y ocurrió que ya no pudieron, o no quisieron, interrumpirla jamás. Los invitados y los sirvientes huyeron despavoridos... Al mes, el dueño del palacio, un tal conde de Umbría, decidió venderlo. Dos años después murió en un hospital psiquiátrico de Baviera."Parece que el nuevo dueño, un rico empresario norteamericano, de apellido Smith, vivió encerrado aquí mucho tiempo. A nadie recibía. Hasta la fecha no se sabe a ciencia cierta qué fue de él. Hace cinco meses al fin pude ponerme en contacto con uno de sus hijos. Le propuse comprarle el palacio. Para mi sorpresa, accedió de inmediato."El conde Von Wieck se limpió unas gotas de sudor que le corrían por la cara. Luego me pidió que me levantara y lo siguiera. Atravesamos varios salones y nos plantamos frente a la puerta fatal. El conde Von Wieck introdujo una llave en la cerradura, y la abrió. Yo permanecía callado. Entramos.La habitación estaba a oscuras y hedía... El conde Von Wieck accionó un interruptor y se iluminó. Nunca olvidaré lo que vi entonces.Un grupo de veinte músicos, aproximadamente, formaba un hemiciclo en uno de los rincones de aquel salón. Sus vestiduras lucían sumamente sucias y desgastadas. La mayoría de ellos rezumaba tedio por todos los poros; en cambio, cuatro o cinco sonreían al tiempo que tocaban sus respectivos instrumentos. A los pies del primer violín advertí un montículo de huesos casi consumidos. Horrorizado, aparté la mirada.-Mientras no dejen sus instrumentos, estos músicos no envejecerán ni sentirán hambre ni sed ni cansancio. Como ya te habrás dado cuenta, ha habido algunos claudicantes. Casi instantáneamente se transforman en cadáveres putrefactos o en un montón de huesos, todo depende del tiempo transcurrido desde que empezaron a buscar la vida eterna. Dichos casos, por supuesto, no son frecuentes, pues la perspectiva de morir fulminado si se deja de tocar, robustece el instinto de conservación. -El conde Von Wieck movió la cabeza- Ésos que sonríen sólo llevan unos cuantos años tocando. Ocupan los lugares de los que decidieron claudicar. Aún conservan la enjundia y el entusiasmo de los que emprenden una aventura. Pero en veinte o treinta años, a más tardar, sin duda se apreciará en sus rostros el desencanto y la terrible aburrición que exhiben los restantes... -El conde suspiró largamente- Debo confesarte algo: desde que vivo aquí paso la mayor parte del tiempo en este salón. La atracción que ejerce sobre mí es irresistible, aun cuando me deprima la sola idea de vivir por los siglos de los siglos bajo tales circunstancias. Mujeres, viajes, diversiones, todo lo he postergado para concentrar mi interés en este reducido espacio eterno...El conde Von Wieck se mesó el cabello y dio unos paso al frente. Yo creí que volvería a tomar la palabra; sin embargo, se quedó observando a los músicos, que, en ese preciso momento, comenzaban a tocar, por enésima vez, las primeras notas de la polca... Fue entonces cuando estuve a punto de decirle que vendiera el palacio, que se distrajera..., en fin, que olvidara aquel infierno, pero al verlo tan absorto comprendí que de nada serviría: él ya sabía qué hacer.Al día siguiente abandoné el lugar y me reintegré a mi mundo cotidiano: intenté enamorarme de nuevo, exhumé viejas nostalgias, me emborraché concienzudamente...No obstante, al poco tiempo regresé, preocupado por la suerte de mi amigo. Desde esa segunda vez lo visito regularmente para comprobar, no sin tristeza, que aún persigue la vida eterna con una viola entre las manos.                                                                                                                                                                                 De El corrector de estilo
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Obligado por circunstancias que no viene al caso mencionar, el fantasma de la construcción de la esquina dejó su castillo europeo y, a bordo de un buque mercante, llegó a nuestro país a principios del presente siglo, y se puede afirmar que los siguientes setenta y cinco años se los pasó muy a gusto asustando a la gente que, vela en mano, entraba en las vetustas y abandonadas casonas que habitó en la capital, pero luego, y por motivos que aún no alcanza a comprender, esa misma gente empezó a burlarse de él, a lanzarle piedras cuando, por ejemplo, lo descubría escondido debajo de una mesa y, lo que es peor, a ningunearlo, por lo que decidió trasladarse a provincia, pero como allá le fue igual, mejor se regresó, y desde ese día vaga sin rumbo y casi no come y duerme ora en un terreno baldío, ora en un puente peatonal, ora en una azotea..., y mientras te cuenta esto no puede contenerse y suelta un par de lágrimas azules que resbalan lentamente por su mejillas translúcidas, y tú entonces no atinas sino a decirle que se calme, que tenga fe, que ya vendrán tiempos mejores, y te vas todo apesadumbrado...                                                                                 De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Maestro en el arte de abrir toda clase de túneles mentales, un topo filósofo se dijo cierto día: "He sido fiel a mi estirpe, pero los resultados no me satisfacen... Por eso, desde ahora cavaré un túnel tan profundo que pueda hallar en él respuesta a todos los Grandes Misterios de la Vida..."Y de inmediato con sus garras se puso a escarbar afanosamente la tierra y a palearla hacia los lados.Si encontró o no lo que buscaba, eso es algo que nunca nadie sabrá con certeza, porque, al cabo de muchos kilómetros tierra adentro, un fatal derrumbe le impidió volver a la superficie.                                                                                  De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez Alcalá"Hacen ajustes al Sistema Solar y degradan a Plutón"El Universal, 25 de agosto de 2006El Supremo Tribunal de Justicia Interplanetaria anuncia que, luego de largas deliberaciones, decidió degradar a Plutón a la categoría de planeta enano. Así, el Sistema Solar queda integrado, a partir de hoy, por ocho miembros, y no por nueve, como era costumbre desde hacía tiempo.Los motivos de dicha degradación son dos: Plutón nunca alcanzó la masa y el diámetro mínimos requeridos, y su órbita oblonga sigue sobreponiéndose, de manera necia y obstinada, a la de Neptuno.Este tribunal conmina a sus miembros a seguir el camino del orden y la disciplina para evitar incidentes tan penosos como el anterior.                                                                                                                                                                                             De Invenciones a dos manos
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   -¿Joder juntos, Julio Jaime Jaurena Jara? ¡Jamás! -Juana Josefina Jiménez Juárez, jerarquicemos: jefe juzga justo –juicioso- jaripear, jinetear, joder juntos... -¡Ja ja ja! -Joven, jovial, jocunda jarocha, juntemos jungla jacarandosa, jabalina jugosa. ¡Jodamos! Juro justificar juerga, jolgorio, jornada jocosa. -¡Je je je! -Jálamela, Juana Josefina... -¡Ji ji ji! -Jalonéamela, Juanita Josefinita... -¡Jo jo jo! -Juguemos jubilosos, jericalla... -¡Ju ju ju! -Jadeemos, jazmín jónico... -¡Jamás, jamelgo jactancioso! -¿Justiprecias jerarquía, jefatura, Juana Josefina Jiménez Juárez? -Justipréciola, Julio Jaime Jaurena Jara. -Juntémonos, jacaranda jalapeña... -¡Jamás, jumento jalisciense! -Jodamos, joya jaspeada, jade... -¡Jamás, jamás, jamás, jilguero jetón! ¡Jódete! -¡Jolines! ¡Jaiba jurásica! ¡Jinetera jorobada! ¡Jamona!                                                                                                   De Invenciones a dos manos 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Desde mucho tiempo atrás estaba seguro de que tarde o temprano habría de toparme nuevamente con él. Por eso, cuando clavó sus ojos en los míos aquella mañana de invierno, experimenté cierto alivio: la espera, al fin, había terminado. Admito que consideré la posibilidad de darle la espalda y huir. No lo hice porque me di cuenta de que ese encuentro me brindaba lo que tanto ansiaba: resolver, de una buena vez, nuestras terribles diferencias. Me miró con un desprecio transparente, inmaculado. Con alguna pena comprendí entonces que el odio que yo le inspiraba no había disminuido un ápice. Pero, ¿de qué oscuro abismo procedía?, ¿qué tenebrosas fuerzas lo alimentaban? Muchas veces había intentado recordar algún ultraje, algún escarnio cruel y definitivo. Sin embargo, las ofensas que lograba hallar en mi memoria me parecían demasiado banales para dar pie a un odio como aquél, tan intenso, tan devastador. Él siempre había sido el perseguidor; y yo, el fugitivo, sin duda. A toda hora lo adivinaba al acecho, buscando la ocasión propicia para saltar sobre mí y despedazarme. Pero esa mañana, el miedo me abandonó súbitamente y sentí el irrefrenable impulso de suprimirlo, de acabar con él. El ruido del agua mitigaba el incesante ajetreo de la calle. Sin dejar de verme a los ojos, cogió la navaja de afeitar que descansaba sobre uno de los bordes del lavabo, la alzó a la altura de mi cuello y esbozó lo que pretendió ser una sonrisa. En ese instante creí percibir un vago anhelo de reconciliación en su mirada, pero no pude confirmarlo con un segundo vistazo porque, para entonces, el vapor proveniente del cubo de la regadera ya había empañado prácticamente todo el espejo.                                                                                                                                                                                                        
  Por Roberto Gutiérrez Alcalá  ¿Es esto un poema?   ¿Para ser considerado como tal llena los requisitos rítmicos, verbales, estéticos, impuestos a lo largo de la historia por los poetas más prestigiosos y, también, por los estudiosos y los críticos profesionales?   ¿Sus metáforas son brillantes, innovadoras, sorprendentes?   ¿Insufla vida a las palabras que lo forman?   ¿Las transforma, las renueva, les proporciona una fuerza y una intensidadsinigual?   ¿Vuelve a quien lo lee un ser un poco menos insensible, un ser un poco menos estúpido, un ser un poco menos desdichado?   ¿Es esto, acaso, un poema?   ¿Verdaderamente lo es?                                                                                           De Ninguna señal, ningún indicio
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  No acostumbro ir a fiestas: me aburren soberanamente. Pero esa vez acepté la invitación porque no tenía nada mejor que hacer.   Mi intención era comer, intercambiar algunas frases con quienes estuvieran junto a mí y, cuando el murmullo y las carcajadas y el ruido empezaran a taladrar mis oídos, largarme lo más sigilosamente posible de aquel sitio.   Entonces llegaron unos individuos en una antigua y destartalada camioneta, y descargaron de ella varias bocinas y los diferentes tambores y platillos de una batería, y también una guitarra eléctrica, y un atril y un sintetizador y dos micrófonos y metros y metros de cables.   Eran tres hombres y una mujer de no menos de sesenta y cinco años, todos vestidos de negro. Mientras bebían tequila, brandy o cerveza, distribuyeron las bocinas en puntos estratégicos del patio aquel, ensamblaron las diferentes partes de la batería, conectaron la guitarra eléctrica al sintetizador, probaron los micrófonos y pusieron unos sucios papeles sobre el atril.   A continuación tomaron sus respectivas posiciones y comenzaron a tocar y cantar. Buen rock. Rock añejo: Elvis, Bill Haley, The Rolling Stones, Janis, The Doors... No con demasiada maestría, no con un gran talento, sí con pasión, con una pasión frenética, casi desesperada.   El guitarrista rasgaba su instrumento al tiempo que su rostro se contraía bajo una andanada de tics nerviosos.   El que aporreaba la batería era un hombre flaquísimo, con una gorra de cuero negro sobre la cabeza y un rostro afilado y enjuto que hacía recordar al viejo William Burroughs en su último año.   El tercer sujeto no medía más de un metro sesenta de estatura. Llevaba puesta una boina negra, detrás de la cual sobresalía una cola de caballo gris. Cantaba con una voz ácida y rasposa, y con los ojos cerrados.   La mujer también cantaba con un hilo de voz electrizante. Lucía una mascada que le cubría su evidente calvicie, y de tanto en tanto se la acomodaba para no dejar al descubierto sus grandes orejas de elefante.   Aquellos cuatro lunáticos tocaron y cantaron buen rock añejo durante tres horas como si todavía fueran los jóvenes que habían sido hace más de cuarenta años.   Aquellos cuatro lunáticos tocaron y cantaron buen rock añejo durante tres horas con tal frenesí, con tal pasión, que por unos instantes lograron ser nuevamente los jóvenes que fueron hace más de cuarenta años.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  En aquel cuarto de Petén 578, invadido por platos con restos de comida y latas de cerveza Tecate, entre otros escombros, la desesperación, la desdicha, la angustia -¡esa sombra!- yacían junto a mi padre como crías de rata prendidas a las ubres de su madre.   Al otro extremo de las plomizas cobijas los pies desnudos de mi padre parecían dos peces fuera del agua, boqueando, agónicos, retorciéndose con lentitud sobre la fría arena del colchón.   Unos pies de niño abandonado muy blancos, hermosos, a punto de expirar.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Es mi padrino de bautizo. Por eso, cuando yo era niño, me obligaba -mitad en broma, mitad en serio- a besarle la mano, lo cual me cohibía un poco. También es odontólogo pero desde hace años, décadas incluso, no ejerce su profesión. Uno de sus pacientes fue García Márquez, a quien una tarde vi en el piso de consultorios que compartía con otros médicos en un edificio de la colonia Hipódromo-Condesa. Otro fui yo, pero a mí no me cobraba. Curó mis muelas y mis dientes de tal modo que los dentistas que ahora me revisan la boca quedan maravillados por la calidad de su trabajo. Cuando aún no cumplía los cincuenta años, la depresión, que ya lo había golpeado en épocas anteriores, afiló las garras e intensificó sus ataques. Dicen quienes a diario convivían con él que un día, antes de atender a un paciente, se puso a llorar como un niño sin saber por qué. Entonces le prescribieron litio y mejoró, aunque no tanto como para proseguir su actividad profesional. Así pues, se despidió de la odontología y se fue a vivir a Monterrey con su esposa y sus hijos. Es alto -mide más de uno ochenta-, tiene una voz potente y profunda, y los ojos claros y saltones. Hace tiempo enfermó de cáncer. Sobrevivió a quimioterapias y otras pesadillas. Ya está viejo y, supongo, muy cansado. De cuando en cuando le llamo por teléfono e intercambiamos algunas palabras, no muchas.                                                                                            De Ninguna señal, ningún indicio 
 Por Roberto Gutiérrez AlcaláEn un lejano país, la principal cadena de televisión organizaba, cada fin de año, un magno festival musical con el noble y loable objetivo de recabar, entre sus millones de televidentes, grandísimas cantidades de dinero para destinarlas a la rehabilitación de miles de niños y niñas con alguna grave incapacidad física. Esa misma cadena de televisión transmitía, por sus distintos canales -todos los días y a todas horas- anuncios, telenovelas, anuncios, programas de chismes, anuncios, series gringas, anuncios, reality shows, anuncios, churros nacionales, anuncios..., que contribuían, de manera clara y categórica, al entumecimiento cerebral de esos mismos millones de televidentes.                                                                                                   De Invenciones a dos manos
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Nunca antes había visto nada parecido en la llamada vida real, tan sólo en alguna serie de televisión o película: colocó la piedra en el trozo de cuero sujeto por las ligas de caucho, levantó la horquilla de la resortera a la altura de su rostro, estiró las ligas con su mano izquierda, apuntó hacia la copa de un árbol y disparó. Un segundo después, algo cayó al pasto. Nos acercamos corriendo. Era un pájaro gris. Yo no podía creerlo... Ahí lo dejamos, muerto, sangrante, y seguimos recorriendo el parque de Copilco, buscando alguna otra cosa que hacer.   Se llamaba Víctor. Era hijo de un comandante de la Policía Judicial de un pueblo de Morelos y de una mujer gorda, morena y ya no tan joven. Vivía en la misma unidad habitacional que yo. Era de mi edad, moreno, tartamudo, flaco como yo, y había algo -aun ahora no se qué- que nos unía, nos hermanaba. Cuidaba a un niño de seis años –Sabino-, que también tartamudeaba. Decía que era su hermanito, pero todos sabíamos que en realidad era hijo de uno de sus hermanos mayores. Los dos -Víctor y Sabino- eran inseparables. Iban a cualquier lado cogidos de la mano. Durante esas vacaciones de verano, los tres salimos varias veces a explorar el mundo. Él me buscaba, o yo lo buscaba, luego del desayuno, y emprendíamos el camino... Hablábamos, reíamos con facilidad. Incluso llegamos a revelarnos mutuamente algún secreto de nuestra compartida adolescencia, mientras Sabino permanecía en silencio, observándonos, sonriendo.   Nos dejamos de ver. Cada quien tomó su rumbo. Un día me enteré, por boca de otro vecino: fue al pueblo de su padre a pasar un fin de semana. Y lo consabido, el lugar común, la estúpida noticia repetida una y mil veces: se dirigió al cuarto de su padre. Abrió el ropero oloroso a humedad y, de entre uniformes y pantalones y demás prendas de vestir, sacó un rifle supuestamente descargado. Un movimiento involuntario, un tropiezo, una caída, y el rifle estalla y lo fulmina al instante, como aquella vez la resortera al pájaro.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Robertio Gutiérrez Alcalá  Salí a la calle furioso, mentando madres. La vida era una mierda. Una enorme y apestosa mierda. Acababa de recibir un correo electrónico en el que se me informaba que mi libro de cuentos –el primero que escribía- había sido rechazado por la editorial equis, debido a que no se ajustaba a sus criterios editoriales y de mercado... Con todo, quien había redactado aquella estúpida cartita consideraba, a manera de marrullero consuelo, que el contenido de mi obra era valioso y que estaba seguro de que encontraría cabida en otro fondo editorial... ¡No lo podía creer! Con éste ya sumaba quince rechazos... ¡Dos más que Bajo el volcán! Bueno, al menos ya podía enorgullecerme de que, en este rubro –el de los rechazos-, mi libro había dejado atrás a la novela de Lowry... ¡Carajo! La Sagrada Literatura también era una mierda, un montón de mierda generada por escritorcitos pulcros, relamidos y mamones, y puesta bajo las narices atrofiadas de los lectores por editoriales previsibles y voraces. ¡Al demonio! No entraría en su juego. ¿Qué me importaba a mí esa puta literatura? Yo seguiría aporreando el teclado de mi computadora y buscando otros medios para dar a conocer mis cosas. Y si era necesario hacer una edición de autor, pues la haría cuando tuviera el dinero necesario. No sería el primero ni el último escritor que recurriera a esa opción para no hundirse en la desesperación. Entré en mi auto, encendí el motor y arranqué. Mis manos estrujaban el volante como si fuera el cuello del miserable dictaminador de mi libro. Alcé la vista y en el espejo retrovisor me topé con unos ojos encendidos por una cólera desbocada... Di vuelta en una avenida que me llevaría al Periférico, desde donde podría dirigirme a la carretera que va a Cuernavaca. Quería pisar a fondo el acelerador... Yo sabía que, en la medida en que experimentara el vértigo de la velocidad, en la medida en que los demás autos fueran haciéndose a un lado para dejarme pasar a ciento veinte, ciento treinta, ciento cuarenta kilómetros por hora..., la fiera que había dentro de mí se iría apaciguando poco a poco y yo volvería a ser el mismo individuo de antes: tranquilo, racional, amigable, encantador... Ya otras veces, este recurso había surtido efecto ante circunstancias aun peores. Sin embargo, aquél no era mi día, definitivamente. Los autos de adelante se detuvieron y por un largo rato no avanzaron ni un centímetro. Yo quería bajarme y saltar encima del techo y el cofre de cada uno de ellos; quería gritar, aullar de impotencia; quería mandar todo a la fregada... No sé cómo me contuve. Encendí la radio y busqué alguna estación en la que estuviera sonando alguna melodía medianamente decente que serenara mi alma. Nada. Puras idioteces: noticieros, anuncios, canciones de moda. La apagué y respiré hondo. Una lluvia menuda comenzó a caer sobre la inmunda ciudad. Al cabo de cinco minutos, o más, el auto de adelante se puso en marcha. Aceleré detrás de él y al fin me incorporé a la lateral del Periférico. El tráfico seguía siendo lento. Por el espejo lateral izquierdo observé que una motocicleta de reparto se aproximaba zigzagueando entre los reducidos espacios que dejaba aquel bloque compacto de autos. Era evidente que pretendía llegar lo antes posible a su destino. Y quizás su destino fuera el domicilio de algún sujeto con obesidad mórbida que la estaría esperando ansiosamente para engullir la pizza de pepperoni, salami o hawaiana tamaño extragrande que transportaría en un compartimento en forma de cubo instalado detrás del asiento del conductor. Entonces decidí que le cerraría el paso... La motocicleta enfiló por el espacio que había entre mi auto y el de al lado. Pisé el acelerador y giré un poco el volante a la izquierda, por lo que se vio obligada a frenar y esperar a que yo avanzara unos metros para tratar de rebasarme, pero ahora por la derecha. Cuando intentó hacer esto último, di un volantazo en la misma dirección. La motocicleta frenó bruscamente. Reí. Aquella motocicleta permaneció quieta un instante mientras yo proseguía mi camino. Luego arrancó, me alcanzó y se mantuvo rodando junto a mi ventanilla. De reojo alcancé a ver que quien la conducía se balanceaba tembloroso en su asiento. Pulsé el botón para que la ventanilla bajara: -¿Qué te sucede, pendejo? –oí que farfullaba-. ¿Qué diablos te sucede? -Hola, pequeño reptil -dije con mi mejor sonrisa dibujada en los labios-. ¿Puedo servirte en algo? -¡Sí, ve con la puta que te parió y chíngala! ¡Chíngala hasta que pida piedad! El individuo aquel se ganó mis respetos con aquella varonil contestación. Contraataqué: -Bueno, ojalá no tengas prisa en llegar a ningún lado, porque aún estaremos por aquí unos minutos más, charlando. -¡Mira, cabrón, detén tu auto y vamos a partirnos la madre! –dijo él. -Lo siento, bichito, interrumpiríamos el tráfico más de lo que ya lo estamos haciendo. Mejor continuemos el juego –dije, y le aventé la lámina, como se dice. Con la sorpresa, el motociclista estuvo a punto de perder el equilibrio y caer al suelo. Los autos de atrás, testigos presenciales de nuestro sketch, empezaron a hacer sonar las bocinas de sus cláxones como auténticos dementes, pues bloqueábamos la circulación, ya reestablecida en buena medida en aquel tramo de la lateral del Periférico. Ayudado por los tres espejos con que contaba, vigilé detenidamente los movimientos que la motocicleta hacía a mis espaldas. Ésta arrancó nuevamente y se quiso colar por el lado derecho, pero otra vez di un volantazo y otra vez tuvo que frenar. Mi humor era inmejorable. Aquella situación tan jocosa había hecho que olvidara mi encabronamiento con el mundo editorial y la Sagrada Literatura. -¡Eres un pinche loco de atar! –berreó el motociclista. -¡Ja ja ja! La lluvia y los claxonazos arreciaron. Era suficiente. Me desplacé al carril de la izquierda y le imprimí más velocidad al auto. La circulación fluyó, libre de cualquier obstáculo. Accioné los limpiadores y, en armonía conmigo mismo y con el resto del universo, me dediqué a tararear una linda canción napolitana. De repente escuché un fuerte golpe que provenía del costado derecho. Al voltear vi que la motocicleta se alejaba como un bólido por el asfalto mojado y comprendí lo sucedido: con una patada limpia y certera, el motociclista había destrozado el espejo lateral de mi auto. -¡Salud, camarada! –grité, lleno de admiración y gozo. Si hubiera podido, habría alcanzado a aquel tipo para estrecharle la mano e invitarle una cerveza o un tequila. No cabía duda de que, a diferencia de los editores que sólo publicaban Sagrada Literatura, él sí tenía agallas.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  No dejan de llegar, uno tras otro, uno tras otro, y formar una fila interminable delante de la ventanilla de recepción de obras del Registro Público del Derecho de Autor.   La mayoría son jóvenes. El resto se divide, en partes más o menos iguales, en maduros y viejos.   Se les ve satisfechos, optimistas, incluso -podría afirmarse- ilusionados, con dos copias de sus respectivas obras -y el recibo del pago por el trámite que pronto realizarán- bajo el brazo.   Según las estadísticas, 99.9 por ciento de lo escrito, impreso y engargolado por esos hombres y mujeres a lo largo de sus cortas, medianas o extensas vidas se perderá en el más ingente olvido.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Ante la posible ocurrencia de un desastre -sismo, inundación, incendio, separación o divorcio- ten a la mano, siempre, una mochila pequeña con una muda de ropa, unos zapatos cómodos, una copia de tu acta de nacimiento, dos o tres libros (si son de poesía, mejor), una barra de chocolate, un cepillo de dientes, medio kilo de serenidad y entereza, y una linterna lo suficientemente poderosa para que ilumine tu futuro.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Estaba tratando de escribir un poema, cuando mi esposa tocó a la puerta de mi estudio para decirme que alguien del banco me buscaba por teléfono. Alguien. El poema que intentaba escribir no abordaba ningún tema trascendente, ni siquiera quería expresar un sentimiento noble o grandioso. A pesar de ello sería un poema, sin duda. Un poema surgido simplemente de mi necesidad de escribir poemas sobre cualquier cosa. Cogí el aparato telefónico y gruñí. Un sujeto de voz cantarina me saludó con una familiaridad bastante molesta y me notificó entusiasmado que los directivos del banco que representaba me habían autorizado una tarjeta de crédito con la tasa de interés más baja del mercado. ¡Carajo! Había interrumpido la escritura de mi poema para atender a un sujeto desconocido que ahora me salía con que yo ya tenía una tarjeta de crédito que nunca solicité... “No me interesa, gracias”, le dije. “Usted no ha entendido lo que acabo de decirle”, dijo. “La tarjeta ya es suya.” En la pantalla de la computadora, el poema inconcluso boqueaba como un pez moribundo. Debía ir en su auxilio, insuflarle más vida, o de lo contrario lo perdería para siempre. “No me interesa su tarjeta”, dije otra vez. “Yo no he pedido ninguna.” El sujeto pareció desconcertado. Con una actitud menos entusiasta me preguntó por qué rechazaba su magnífico ofrecimiento. “¿No entiende? ¡No me interesa tener ninguna maldita tarjeta de crédito en este momento!” “Pues usted se la pierde”, dijo, y colgó. Y sí, esa vez ha pasado a la historia como la lluviosa tarde de julio en que perdí una tarjeta de crédito y, casi, un poema.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  En una ciudad de espanto hay una Clínica de Trastornos del Sueño a la que a diario acuden cada vez más personas atolondradas y confusas por el insomnio que padecen como consecuencia de las acuciantes preocupaciones, ansiedades y presiones que trae consigo la vida cotidiana (la fila para acceder a ella es infinita). Una vez dentro, aquellas miserables creaturas de ambos sexos y de todas las edades son conducidas por un oscuro pasillo hasta un galerón inmenso, donde, sobre hileras interminables de asientos de plástico -y como resultado del más pavoroso aburrimiento-, permanecen largas horas completamente dormidas, a la espera de que algún especialista las atienda y, previos análisis y estudios, las ayude a conciliar otra vez, como cualquier hijo de vecino, el sueño, el anhelado sueño reparador.                                                                                                          De El corrector de estilo 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  El conde pasaba por una época crítica, realmente penosa. Los innumerables años en que había gozado, a nivel mundial, de una reputación intachable eran ya sólo un sofocante recuerdo que lo sumía casi a diario en un estado de ánimo propicio para el suicidio. Ya sin un solo diente, sucio, débil, cubierta la espalda con una capa rota y desteñida, vagaba esa noche por las calles de una monstruosa ciudad en busca de algo que llevarse a la boca, de algo que saciara un poco su sed milenaria. Al dar la vuelta en una esquina y toparse con un maloliente callejón donde un ejército de ratas se daba un festín al pie de un gran contenedor de basura desbordado, se detuvo un momento, sopesando la oportunidad que se le presentaba de improviso. Tomó impulso, avanzó unos pasos y, después de patear enérgicamente a varios roedores que le impedían acercarse al contenedor, hundió su rostro demacrado y enjuto en él, y empezó a desgarrar varias bolsas de plástico y a palpar su contenido. Al cabo de unos instantes, su mano extrajo una toalla femenina usada. Entonces, mientras la observada, más con resignación que con ansia se dijo: -Bueno, para un tecito...Y se alejó de aquel callejón inmundo. 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Tocaron el timbre. Yo estaba en la cocina, tratando de sacarle filo a un cuchillo con el que pensaba cortarme el cuello muy pronto, quizás esa misma noche. Lo dejé, junto con el afilador manual, a un lado del fregadero y, murmurando una maldición, caminé hasta la puerta. La abrí. Era Dios. Llevaba una barba larga y sucia, un pantalón de mezclilla bastante desgastado y una camiseta blanca con la leyenda “¿Qué me ves?” en letras rojas. -Pasa –dije. Dios entró en mi hogar y con lentitud se dirigió a la sala. -Siéntate. ¿Quieres beber algo? -Sí, un poco de agua -respondió. -Tengo Coca Cola. -No, prefiero agua. Fui a la cocina, serví el agua, regresé a la sala y le extendí el vaso. Dios se lo llevó a la boca y bebió de prisa. -¿Quieres más? –pregunté. -No, gracias –dijo, y dejó el vaso vacío sobre la mesita de centro. -¿Sabes que es una de tus mejores creaciones? –dije. -¿Qué? -El agua. No hay nada como ella. Es tan sencilla, tan elemental, tan endiabladamente sutil... -Sí, debo admitir que estuve inspirado cuando la concebí –dijo orgulloso. Me senté también. Las sombras de la tarde-noche habían inundado toda la casa. Sin embargo, concluí que, en presencia de Dios, convenía no encender ninguna luz y permanecer en penumbras. -Bueno, ¿y a qué debo tu visita? –inquirí. -Tú me llamaste, ¿no te acuerdas? -Sí, pero hace mucho. Creo que aún era niño. Dios se echó hacia adelante en el sillón, clavó su mirada en la mía y dijo: -Escucha: antes, miles de millones de creyentes -¡miles de millones!- me llamaban a diario, pero no podía darles gusto a todos al mismo tiempo. ¡Era imposible! -¿Y qué hay con la omnipresencia, eh? -Puras patrañas. -De todos modos no entiendo por qué has venido a verme precisamente ahora. -Desde hace años, la demanda ha bajado de manera considerable, lo cual me ha permitido atender las llamadas rezagadas. La tuya era una de ellas. -¡Ah! Sentí hambre, así que le dije a Dios que me acompañara a la cocina. Prepararía unos sándwiches, anuncié. Él se ofreció a ayudarme. -Bien, ¿qué tal si cortas unas rodajas de jitomate y cebolla? -Claro –dijo, y cogió el cuchillo con el que pensaba cortarme el cuello. Aquellos sándwiches en verdad nos quedaron muy sabrosos. Los devoramos todos, rociados por unas cervezas. Ya con el estómago lleno, las cosas parecían funcionar mejor. Dios y yo volvimos a la sala. -A pesar de todo me da gusto que hayas venido –dije. -A mí también. Te la debía, ¿no? ¡Ja ja ja! -Y a todo esto, ¿cómo te va allá por donde sueles moverte, el Cielo? -No me quejo –respondió Dios-. Aunque la soledad es dura. A veces me harta. -¿Estás solo? –pregunté intrigado. -Tan solo como tú y todos y cada uno de tus congéneres. La diferencia es que ustedes, si así lo desean, pueden recurrir a mí. Yo, en cambio, ¿a quién recurro? Por encima de mi cabeza no hay nadie más. Por encima de mi cabeza sólo está la nada, la fría y rotunda nada. De inmediato me percaté de que aquella plática podía tomar un sesgo peligrosamente filosófico. Cambié de tema. -¿Cuánto tiempo te quedarás acá? -No lo sé. Una semana, quince días... Ya veré. Estoy pensando que, como aún tengo muchísimas visitas por hacer, podría venir cada seis meses. Sería una especie de distracción para mí. -Sí –dije. A esa hora, la oscuridad ya era absoluta. Aunque estábamos a no más de dos metros de distancia el uno del otro, apenas distinguía sus rasgos.De repente, Dios se levantó y dijo: -Me voy. Me paré, lo tomé del brazo y lo conduje hasta la puerta. -Tenía una deuda contigo, pero ya la saldé –dijo-. He disfrutado tu compañía y, por supuesto, ¡tus sándwiches y las cervecitas! -Tú les pusiste el toque divino... -¡Sí, ja ja ja! Abrí la puerta. Dios salió a la calle. Lo vi alejarse poco a poco por la banqueta, rumbo al sur. Al cabo de un minuto cerré la puerta y entré en la cocina. El cuchillo con el que pensaba cortarme el cuello yacía al fondo del fregadero. Ahí lo había dejado Dios. Lo lavé con esmero para quitarle el olor a cebolla y lo puse en el escurridor. Luego me fui a dormir.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Quiero llegar puntual a la cita. Empujo con brusquedad la puerta de entrada y cruzo apresuradamente el salón vacío. Me detengo frente a una cortina que hay al fondo. La descorro de un manotazo. Ahí está, en un minúsculo compartimento privado, el otro, yo mismo, sentado ante una mesa desnuda. Jalo una silla y tomo asiento, mirándolo a los ojos. Parece alterado por quién sabe qué pensamientos turbios, confusos. Hablo, sin preámbulos: -Debes serenarte. -¿No te cansas de dar buenos consejos? –dice irónicamente. -Tu salud no es mala, aún eres fuerte. ¿Qué terquedad la tuya de ahogarte en un vaso de agua! -Imbécil... Guardo silencio. Lo observo detenidamente. De sus sienes resbalan sendos hilillos de sudor. Él también me observa, desafiante. Insisto: -Tienes proyectos, planes... ¡No te dejes doblegar! -Me das asco... –murmura apenas, con los labios apretados. Luego se lleva una mano a uno de los bolsillos de la chamarra y extrae de ella una pequeña pistola que pone en el centro de la mesa. -¿Ésta es tu solución? Pensaba que eras más inteligente e imaginativo –digo, tratando de picarle el orgullo. Él ríe con sorna y dice: -Y yo pensaba que eras menos cobarde y pusilánime. ¡Te has puesto a temblar! Junto las manos y bajo la cabeza, desolado.   ***   Me remuevo en la silla, inquieto. El aire enrarecido del lugar pasa a través de mis pulmones como si fuera cristal pulverizado. Resopló y lanzo un grito que suena igual que el ladrido de un perro: -¡Al diablo todo! Me dirige una mirada aterrada. Por primera vez comprende que mi determinación puede llevarme a un camino sin retorno. Se recompone y dice: -Sólo te pido que seas menos severo contigo mismo y con los demás. -¿De dónde sacas tanta sapiencia? –digo, y al cabo de un instante agrego-: Creo que es inútil seguir hablando. -¡No, no es inútil! ¡Tenemos que hacerlo hasta que recobres la razón! -¡Necio! Un último rayo de sol se cuela por la claraboya empotrada en el muro que se levanta a mi espalda, e ilumina su rostro demacrado y sombrío. Echo la silla hacia atrás y me pongo de pie. Él intenta incorporarse también mientras balbucea algunas palabras que no alcanzo a entender. A continuación, como aplastado por el peso de una derrota inverosímil, se deja caer de nuevo sobre la silla. -Adiós –digo, y comienzo a caminar en dirección al salón. En el centro de la mesa, la pistola yace inmóvil, como una mortífera araña al acecho de su próxima víctima.
La cita
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  496 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá La historia que voy a contar comenzó el día en que me dejaron leer Rayuela en la prepa. Mi madre me dio dinero para comprar ese libro; sin embargo, cuando llegué a la librería y supe cuánto costaba, puse el grito en el cielo. ¡Tres mil quinientos pesos! Aunque quería, no podía adquirirlo. Sólo disponía de un billete de mil. Se lo devolví al dependiente y le di las gracias por su ayuda. Él lo reacomodó en el estante de donde lo había tomado un momento antes y se alejó por el pasillo. Yo, por mi lado, seguí manoseando otros libros que llamaban mi atención. Un minuto después, mi cerebro dio a luz una idea un tanto descabellada, pero sin duda posible. A esa hora de la tarde no había mucha gente en aquella librería. El pasillo donde yo me encontraba lucía solitario. Me agaché, volví a sacar el libro aquel y empecé a hojearlo despreocupadamente. Volteé a derecha e izquierda. Nadie. De repente lo cerré y con un movimiento rapidísimo lo metí entre el vientre, que contraje, y el cinturón del pantalón, y me ajusté la chamarra. Un escalofrío reptó por mi columna vertebral como un ciempiés.  Ahí permanecí un rato más, dizque muy interesado en un libro de cocina griega que no sé cómo llegó a mis manos. A continuación caminé hasta la mesa de novedades, que estaba a unos pasos de la puerta que daba a la calle, y me dediqué a repasar algunos títulos con la vista. Cuando lo consideré oportuno, giré y con aparente indolencia crucé la puerta de la librería, dispuesto a emprender la huida si alguien intentaba detenerme. Por suerte, nadie me dijo nada. Con todos los músculos tensos avancé por la banqueta en dirección a la parada del camión. A lo lejos vi que por la avenida se acercaba no un camión pero sí un trolebús que pasaba cerca de mi casa. Corrí, le hice la parada y me subí en él. Una vez que estuve sentado en uno de los asientos de la parte trasera, junto a la ventanilla, apreté los puños y lancé un grito mudo para desfogarme. Un señor de sombrero y bigote me lanzó una mirada reprobatoria. No me importó. ¡Estaba a salvo!   El éxito de mi primera experiencia como expropiador de libros me abrió la posibilidad de realizar un sueño largamente anhelado: formar mi propia biblioteca. Ahora bien, si pretendía continuar por la senda del triunfo, debía perfeccionar mi técnica de trabajo. Y a ello me entregué con pasión y constancia. Con el paso del tiempo -puedo asegurarlo-, el movimiento que ejecutaba para meter un libro entre el vientre contraído y el cinturón del pantalón se volvió tan rápido, sutil y elegante como el que ejecuta un prestidigitador para desaparecer un naipe frente a los ojos de un público estupefacto. En aquella época no existían, por fortuna, las cámaras de seguridad ni mucho menos los sensores antirrobos que hoy en día se utilizan no sólo en las librerías, sino prácticamente en cualquier establecimiento comercial. Los únicos obstáculos que un individuo como yo debía tener en cuenta a la hora de entrar en una librería eran unos espejos cóncavos distribuidos en distintos puntos estratégicos y los vigilantes, invariablemente de traje negro, que recorrían los pasillos con un único objetivo: descubrir con las manos en la masa a quien tuviera la intención de llevarse un libro sin pagarlo. Pronto extendí mi radio de acción hasta otra clase de establecimientos que, además de libros, vendían productos tan variados como discos, relojes, perfumes, televisores, juguetes, chocolates, medicinas...: los Sanborns. En las noches, cuando mi madre llegaba de la chamba, le pedía su auto para visitar alguno. Fue en esas tiendas donde conseguí casi toda la obra de Neruda, así como muchos libros de Hesse, Kafka, Borges, Arreola, Ibargüengoitia... Por supuesto, no faltaron las ocasiones en que, aun cuando ya iba “cargado” con un bonito ejemplar, tuve que abortar la misión, pues mi intuición me decía que alguien -quizás un vigilante, un dependiente o incluso un cliente chismoso- había visto cómo me lo guardaba en el vientre. Aquí debo hacer un alto en el camino y formular una aclaración: jamás lucré con los libros que sustraje, todos los conservo en mi biblioteca, y si bien algunas veces –contadísimas- accedí a trabajar sobre pedido, fue en nombre de la amistad.   Al comprobar que el número de libros de mi incipiente biblioteca se incrementaba constantemente sin gastar un solo centavo, Agustín me pidió que le enseñara los rudimentos de mi arte. Lo hice. Mi amigo no tardó en asimilarlos y ponerlos en práctica con una habilidad más que notable. De esta manera, como estudiante de la carrera de Biología en la UNAM, en primer lugar, y como amante de la literatura, en segundo, también empezó a satisfacer gratuitamente sus necesidades librescas. Un sábado en la mañana, Agustín me habló por teléfono a mi casa y me propuso “ir de compras”. -Mis papás se fueron con unos amigos a Cuernavaca y me dejaron las llaves del coche –añadió. -Te espero afuera -dije. Emprendimos el camino... Hacia el anochecer, los libros que habíamos logrado sustraer de una decena de librerías y Sanborns desperdigados por toda la ciudad cubrían por completo la cajuela del coche de mi amigo. -Tengo hambre –dije. -Sí, yo también –dijo Agustín-. Mira, te propongo algo: vamos a la Casa de Libro y le paramos. -Está bien. Más que una librería propiamente dicha, La Casa del Libro -ubicaba en la avenida Universidad esquina con la avenida Coyoacán- era un supermercado de libros con infinidad de pasillos, estantes y aparadores donde se exhibían ejemplares de todas las materias habidas y por haber. El coche subió la rampa que conducía al estacionamiento al aire libre, se detuvo en uno de los cajones, y Agustín y yo bajamos de él. -Desde hace rato estoy buscando un tratado de botánica. Ojalá lo encuentre aquí –dijo Agustín mientras descendíamos por las escaleras. -Ojalá. Ya dentro del establecimiento, cada quien tomó un rumbo diferente. Yo me sentía débil por la falta de alimento y, por lo tanto, sin ánimos para asestar otro golpe. Vagué por los pasillos, únicamente revisando aquí y allá algunos títulos prometedores. Al cabo de diez o quince minutos resolví esperar a Agustín en el estacionamiento. Di media vuelta y busqué la salida. Cuando me hallaba a unos cuantos metros de las cajas de pago, vi a mi amigo venir de frente, escoltado por dos hombretones de traje negro, uno de los cuales cargaba bajo el brazo lo que, supuse, era el cuerpo del delito: un volumen no mucho más pequeño y grueso que el Directorio Telefónico. -Solicito apoyo económico... –musitó Agustín al pasar junto a mí. Yo no supe qué decirle; tan sólo atiné a girar un poco y ver cómo, seguido de cerca por aquellos sujetos, se alejaba lentamente hasta perderse detrás de una puerta que había al fondo de aquel inmenso local.
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Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  492 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   En las profundidades del mar océano habitaba un pulpo escritor. Como todos los de su especie, contaba con ocho tentáculos y con una buena dotación de tinta que le permitían escribir, al mismo tiempo, poemas, ensayos, cuentos, novelas, reseñas de libros y artículos periodísticos que trataban acerca de cualquier asunto relacionado con la vida marina, y eso estaba bien, porque los pececitos, que antes nadaban por ahí, perdidos, sin saber nada de nada, leían los escritos del pulpo escritor y discurrían y ya no mordían el anzuelo tan fácilmente. Los años pasaron. El pulpo escritor comenzó a ganar premios y a ser objeto de homenajes en los siete mares del mundo, y eso estuvo bien, porque le dio por escribir como nunca, aunque también por asistir, cada vez con más frecuencia, a cocteles y fiestas en su honor... Una noche, durante una de esas fiestas, varios tiburones se le aproximaron con sigilo. Le dijeron, entre tarascada y tarascada, que escribía muy bonito y que lo admiraban y que un pulpo como él debía hundirse más profundamente, lo cual, en aquellas circunstancias, significaba volar más alto. A continuación le propusieron ayudarlo para ello. El pulpo escritor, que ya estaba algo mareado porque se había tomado unas copitas, aceptó. Así se inició su transformación paulatina: con el poder que le brindaron los tiburones, llegó a creer que sólo el poseía la Verdad, y a blandir la espada de la Intolerancia, y a esconder sus ideas y su imaginación detrás de una cortina de tinta tan espesa y tan oscura, que quien lo leía ya no las encontraba..., y eso estuvo mal, porque desde entonces unos pececitos mejor se olvidaron de él y, lo que es peor, de su obra, y otros se dedicaron a ridiculizarlo y a hacerle chistes muy, muy crueles, pero también muy, muy divertidos, lo cual, viéndolo bien, estaba bien.                                                                                   De La vida y sus razones. Editorial Aldus 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Debajo de mi escritorio, arrinconada, descansaba una caja de cartón en la que yo había guardado, hacía muchos años, toda clase de objetos: antiguas fotografías familiares en blanco y negro; álbumes de estampitas; cartas, tarjetas postales y telegramas que alguna vez recibí con emoción; recortes de revistas y periódicos; monedas de otros países; programas de conciertos; papelitos con direcciones o nombres garabateados de prisa; relojes de pulsera descompuestos o con la carátula rota; plumas fuente, llaveros, anillos... Ya ni me acordaba de ella. Sin embargo, esa mañana, al entrar en mi estudio para leer, no sé por qué atrajo mi atención. Así pues, resolví posponer mi sesión de lectura y me dediqué a desempolvarla, abrirla y revisar su contenido. Metí la mano y lo primero que saqué fue un estuchito con una medalla de la Virgen María chapeada en oro y en cuyo reverso estaba grabado cierto nombre amado... Seguí hurgando en el fondo y encontré un yoyo Duncan rojo, un par de imanes enormes y una cola de conejo blanca. Aquello era divertido. A continuación extraje un manojo de sobres atado con una liga. Comencé a revisarlos, uno por uno. Había cartas de aquélla del nombre amado, precisamente; de mis padres, de mis abuelos, de la tía Rita, de amigos que ya no veía.  Abandonado entre esos sobres había un trozo de servilleta con un número telefónico, pero de tan sólo seis dígitos, no como los de ahora, de ocho. De inmediato recordé que se trataba del que habíamos tenido en la casa donde viví con mis padres cuando era niño. Alguien -¿yo, acaso?- lo había escrito ahí, con tinta verde, para no olvidarlo. Tuve una idea pueril: lo marcaría para “avisar” que estaría jugando un rato más en casa de Martín, como lo había hecho innumerables veces en mi ya remota infancia. Me levanté, fui a la recámara, descolgué el auricular del teléfono y lo hice, de buen humor. Sorpresivamente escuché el típico sonido de la llamada que está a punto de ser contestada. -¿Bueno? –dijo, al cabo de un instante, una voz que en otras circunstancias habría identificado sin ningún problema como la de mi madre. No supe qué decir: -... -¿Bueno? ¿Bueno? -repitió la voz. Al fin me decidí a hablar: -Hola. -¡Hola, hijo! -¿Mamá? -Sí, hijo. Soy yo, tu madre. No lo podía creer. Atónito y un tanto mareado por la impresión, me senté en la cama sin soltar el auricular. Carraspeé y dije: -¿A dónde estoy hablando? -A tu casa, amor. ¿A dónde más sería? -¿A la casa marcada con el número 483 de la calle de Yácatas, en la colonia Narvarte de la ciudad de México? -¡Ay, hijo! ¡Qué bromista me saliste! -¡Contéstame! –exclamé. Del otro lado de la línea se hizo un silencio rotundo. Luego oí que la voz aquella decía seriamente: -Sí, a la misma. Jalé aire por la boca. -¿Qué estás haciendo? –dije. -La comida. ¿A que no adivinas qué preparé? -No, ¿qué? -Jugo de carne y chuletas ahumadas con puré de manzana. Mi comida favorita. Era inaudito lo que estaba sucediendo... Un ruido parecido al que hace el papel celofán cuando es estrujado invadió la línea. -¿Bueno? ¿Bueno? -¡Casi no te oigo, hijo! -¡Buenooo! -¡Holaaa! Así como se había perdido, de repente, la claridad de la comunicación se restableció. -¿Ya me oyes bien? -Sí -dijo la voz, y añadió-: ¿A qué hora llegas? Ignoré lo que me preguntaba e inquirí: -¿Papá se encuentra contigo? -Sí, acaba de llegar del trabajo. -¿Está vivo? -¡Ja ja ja! ¡Más vivo que nunca! Tragué saliva antes de hacer la siguiente pregunta: -¿Puedo hablar con él? -¡Por supuesto, hijo! Te lo paso... La voz con la que había estado hablando gritó: “¡Roberto, Roberto, te llama Beto!” Un segundo después, una voz idéntica a la de mi padre respondió en la lejanía: “¡Voy! ¡Ya voy!” A pesar del tiempo transcurrido desde entonces, yo aún tenía muy presente la noticia de su repentina muerte, el tumultuoso velorio, el entierro al pie de una montaña árida, bajo una lluvia fina, en el norte del país. Mi cuerpo se tensó y los latidos de mi corazón se intensificaron tanto que empezó a dolerme el pecho. Apreté con fuerza el auricular contra mi oreja, y esperé. Un tosido que yo conocía muy bien se filtró a través de aquél y, luego, con absoluta nitidez, la voz idéntica a la de mi padre dijo: -Qué tal, Beto. Una mezcla de alegría infinita y horror me atenazó la garganta. Intenté hablar, pronunciar alguna palabra, cualquiera. Todo fue inútil. Había enmudecido. Con la mano temblorosa colgué el auricular.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  A un costado de aquella avenida había un tramo de banqueta muy corto, de unos cincuenta metros de largo, y tan angosto que por él no podían caminar, al mismo tiempo, dos personas en sentidos contrarios. Así pues, si una venía de norte a sur y otra de sur a norte, una de las dos necesariamente debía bajarse al arroyo vehicular para dejar pasar a la otra, y luego volver a subir de inmediato a la banqueta para evitar ser arrollado por uno de los automóviles o camiones que circulaban por ahí. La noche era fría y húmeda. Un hombre, enfundado en un abrigo negro y con una bufanda gris al cuello, ingresó, de norte a sur, en aquel tramo de banqueta. Comenzó a llover. El hombre alzó la cabeza y, a través de la luz parpadeante de una de las luminarias del alumbrado público, observó cómo las gotas de lluvia caían sobre él y su entorno como finas y punzantes agujas hipodérmicas. A continuación avanzó. En ese momento, otro hombre posó sus pies en el mismo tramo de banqueta, pero de sur a norte, mientras intentaba abrir, con cierto apremio, un enorme paraguas. Una vez que lo consiguió y se guareció debajo de él, reemprendió la marcha. Pronto, ambos confluyeron, frente a frente, a la mitad de aquella breve vía peatonal. A escasos centímetros uno del otro, ambos se miraron a los ojos. La lluvia arreció. Es posible que, por un instante, cada uno tuviera la intención de cederle el paso al otro, y aun emprendiera algún movimiento con las piernas para bajarse al arroyo vehicular. Sin embargo, a final de cuentas, ninguno de los dos lo concluyó. Sin quitarse la vista de encima, como dos vaqueros a punto de batirse a duelo en la calle principal de un miserable y polvoriento pueblo del Viejo Oeste, permanecieron estáticos en sus respectivos lugares, convencidos de que su fortaleza moral y psíquica vencería al otro. Su actitud no estaba permeada por el odio ni mucho menos por el desprecio, sino por una autoconfianza que crecía y se consolidaba conforme transcurrían los segundos, los minutos. Los demás peatones que transitaban, en ambos sentidos, por aquel tramo de banqueta, se bajaban cuidadosamente al arroyo vehicular para esquivarlos, pasaban junto a ellos y, antes de subirse de nuevo y proseguir su camino, los volteaban a ver con una mueca de incredulidad y burla, unos, y de enojo y desdén, otros. Empapado, el hombre del abrigo negro y la bufanda gris al cuello constantemente se quitaba con una mano el agua de los ojos para continuar viendo con claridad a su rival. Por su parte, el hombre del paraguas, inmaculadamente seco de la cintura para arriba, apenas pestañeaba. Así, a la mitad de aquel tramo de banqueta y bajo una lluvia que al cabo de un rato devino en tormenta, aquellos hombres enaltecieron la tenacidad y la perseverancia humanas, hasta que, atraído por la punta metálica del paraguas, un rayo los fulminó.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  La verdad es que Emilio habría preferido que todo aquel asunto de la cremación de su padre hubiera llegado a su fin por los cauces normales: una misa de cenizas presentes en la iglesia de la colonia, la bendición de la urna por parte del párroco, la colocación de ésta en un nicho ubicado en una catacumba húmeda y fría, alguna oración fúnebre pronunciada por -¿quién más?- él mismo, la clausura del nicho con la lámina de acero donde estaría grabado el nombre del difunto... Pero no fue así porque la nublada mañana de enero en que, luego de una espera de tres largas y tediosas horas, recibió de manos de un empleado de la funeraria aquella urna de plástico barato con los restos carbonizados y pulverizados de su padre, Emilio recibió también en su celular una llamada de su jefe. -Sé que el dolor te embarga –escuchó a través del aparato-, pero debes ir hoy mismo a Toluca a ver al licenciado Rossini. Te espera a las dos en su oficina. Lerdo de Tejada 24, tercer piso, a un costado del Palacio de Gobierno. Cuando regreses, podrás tomarte unos días de descanso. Oye, por cierto, mi más sentido pésame... Así pues, Emilio debió cancelar los planes luctuosos que había trazado el día anterior, mientras saldaba la cuenta en el hospital. Caminó hasta su auto estacionado a media cuadra de la funeraria, abrió la cajuela y acomodó lo que quedaba de su padre a un lado de la llanta de refacción. Después cerró la cajuela con delicadeza, abrió la portezuela del conductor, se sentó frente al volante y comenzó a cubrir la distancia que lo separaba de Toluca, donde el licenciado Rossini lo estaría esperando a las dos. El tráfico a esa hora de la mañana era extrañamente fluido. Emilio tomó Miguel Ángel de Quevedo, cruzó Insurgentes, avanzó  por la estrecha calle de Cracovia, dio vuelta a la derecha en Revolución y siguió hasta Barranca del Muerto. Allí dobló a la izquierda, aceleró a fondo y se incorporó al Periférico en dirección al norte de la ciudad. Emilio prendió la radio y apretó varias veces el botón del cambio de estaciones. Pronto encontró Opus 94. Mozart... Uno de los conciertos para piano y orquesta de Wolfgang brotaba como un chorro de luz diáfana y etérea de las bocinas situadas al frente y a los costados de la cabina del auto. Emilio no sabía exactamente cuál era. Pero, sin duda, se trataba de una obra de Mozart (¿quién más podría haber compuesto algo como eso?). Tarareó unos segundos la melodía de lo que había identificado con rapidez como el segundo movimiento -un Andante (¿o un Larghetto?)-, y volvió a pensar en su padre o, más bien, en los restos, en las cenizas de su padre que en ese momento podrían estarse moviendo bruscamente de un lado a otro de la fea urna donde yacían, si él no manejaba con más precaución y cuidado. Emilio disminuyó la velocidad, miró por el espejo retrovisor y cambió de carril. Más adelante tomó la lateral del Periférico, giró a la derecha, llegó a Constituyentes y se enfiló rumbo a la carretera a Toluca. Toluca. ¿Qué cosas realmente importantes habían ocurrido en esa ciudad en los últimos cincuenta, cien años? Emilio lo ignoraba. Sólo sabía que, cuando oía esa palabra: “Toluca”, a él se le venía a la cabeza otra: “chorizo” y, también, un hecho fatídico, tristísimo, que lo había marcado en su infancia: la goliza -cuatro a uno- que la selección italiana le propinó a la mexicana en La Bombonera durante los cuartos de final del Mundial de Futbol México 70. Al ver que Emilio, entonces de nueve años, estallaba en un llanto oscuro y doliente por la derrota del equipo nacional, su padre había intentado consolarlo, diciéndole que el gol de la Calaca González –aquél con el que los mexicanos se pusieron uno a cero en los primeros minutos del primer tiempo- sería recordado como el mejor del partido... -Ah, papá, papá..., tú siempre tan ocurrente, tan inverosímil, tan impredecible... Los enormes y ostentosos edificios de Santa Fe surgieron a lo lejos como la escenografía de un musical de Broadway. El Allegro mozartiano alcanzó un pico muy alto y, de pronto, se disparó más allá del ámbito terrestre, igual que un cohete espacial. Emilio alargó una mano e hizo girar la perilla del aire acondicionado. Una ráfaga de aire tibio lo golpeó en el rostro. -Espero que no te incomode el viaje, papá- dijo pausadamente, como si se dirigiera a alguien sentado en el asiento del copiloto-. Mi plan es resolver la cuestión de la firma del contrato con el licenciado Rossini en un par de horas, cuando mucho, comer algo por ahí y regresar a la ciudad. Aunque me temo que hoy ya no tendré tiempo de llevarte a la iglesia... Emilio se detuvo junto a la caseta de cobro, bajó la ventanilla, sacó de su cartera un billete de cien pesos y se lo entregó al cobrador, que le devolvió su cambio envuelto en el comprobante de pago. Emilio metió primera y pisó el pedal del acelerador. La ladera localizada a la izquierda de la carretera estaba cubierta por un apretado bosque de pinos. Del lado derecho se extendía una gran planicie seca y terregosa. El auto de Emilio subió una empinada cuesta y tomó la primera de varias cuervas cerradas. Emilio apagó el aire acondicionado y se abotonó el suéter. En la radio, el eco de la última nota del concierto vibró un instante y se transformó en un silencio dulce y nostálgico. -Un día me trajiste a La Marquesa para que montara por primera vez un caballo..., un caballo de carne y hueso, ¿recuerdas? Todavía no había pistas de cuatrimotos ni de motocicletas, como ahora. El lugar era un llano desierto, con un puñado de cabañitas de troncos alineadas a ambos lados de la carretera, donde la gente podía comer quesadillas de flor de calabaza, de huitlacoche o de queso con epazote, y tomar café de olla. Habrá sido un año después de la tragedia de La Bombonera... Te acercaste a un ranchero bizco, de edad indeterminada, que le estaba dando agua a un caballo viejo y flaco, e intercambiaste con él unas cuantas palabras. Luego me ayudaste a montar al animal. Yo estaba muy emocionado y feliz... Lo haría galopar a lo largo y ancho de aquel llano inmenso y, si nos topábamos con algún tronco atravesado en el camino, lo obligaría a saltarlo... Me acomodé en la montura, agarré con fuerza la rienda y me dispuse a encajarle a aquel caballo los talones en los costillares para que saliera galopando... Pero entonces me pusiste una mano en una rodilla y me dijiste con calma: “Milo, el señor lo va a jalar, no te preocupes. Disfruta el paseo.” No lo tomes como un reproche, papá, pero creo que han sido los treinta minutos más aburridos de mi existencia...   Emilio llegó a Toluca hacia la una cuarenta y cinco de la tarde, se dirigió al centro y buscó la calle Lerdo de Tejada, a un costado del Palacio de Gobierno, como le había indicado su jefe. No se demoró en dar con ella. Estacionó el auto en esa misma calle (a diferencia de la ciudad de México, aquí todavía era posible hallar un lugar para estacionarse en plena zona céntrica), se despidió de su padre (“no tardo, papá”), abrió la portezuela y, con su portafolio en una mano, entró en un ámbito opaco, envuelto por una sutil neblina. Al cabo de dos horas y cuarto volvió, encendió el motor del auto y arrancó con la idea fija de encontrar rápidamente el camino de regreso a la carretera. Pero de repente se percató de que tenía hambre. Un hambre atroz, casi canibalesca. Se orilló, bajó del auto e ingresó en un supercito, donde compró un sándwich de jamón con queso, un chocolate y una botella de agua. Cuando estaba a punto de salir, le preguntó al dependiente si sabía cómo podía llegar a la carretera que iba a la ciudad de México. -Siga por esta avenida, derecho, derecho, y, cuando llegue a una gasolinera, doble a la izquierda, y luego, dos cuadras más adelante, a la derecha. Allí vuelva a preguntar porque ya no me acuerdo cómo seguir. -Gracias. Emilio salió del supercito, subió al auto y siguió por la avenida por donde venía transitando, derecho, derecho. En un alto que le tocó, bajó la ventanilla y, de coche a coche, le pidió ayuda a un taxista para escapar de aquel laberinto toluqueño. -Sígame. Cuando le haga una seña con la mano, doble a la izquierda y tome el paso a desnivel que tendrá enfrente. Derecho, derecho, hasta que vea el letrero “México”. -Muy bien. Una vez que estuvo en la carretera, Emilio se relajó. Sacó el sándwich de la bolsa de plástico, le quitó la envoltura de celofán y le dio una mordida. Luego destapó la botella de agua y se la llevó a la boca. El líquido se desbordó por la comisura de sus labios y le empapó el suéter. Emilio puso la botella en el asiento del copiloto, se sacudió las gotitas que habían quedado en su pecho y volvió a poner la vista al frente, en la línea discontinua de la carretera. -El licenciado Rossini es un individuo flaco, bruto y malencarado –dijo mientras encendía de nuevo la radio y buscaba otra estación-. Además, le apesta la boca -sintonizó Radio Universal y le subió al volumen-. Ya me había dado cuenta de esto la vez que me lo presentó mi jefe en México. Pero hoy, papá, estaba desatado... Aún no atravesaba por completo la puerta de su despacho y ya había percibido su tufo a rata muerta... ¿Dios mío, no se da cuenta o le vale gorro? Cuando hablaba, yo sentía que en cualquier momento podría vomitar encima del escritorio. La tortura duró más de dos horas, pero por fin accedió a firmar el contrato –de las bocinas salieron los primeros compases de “Cementerio de trenes”-... Tú, en cambio, aunque fumabas bastante y te echabas tus alcoholes con más frecuencia de la necesaria, nunca tuviste mal aliento. Eras muy cuidadoso en ese aspecto, lo cual se te agradece. No hay cosa más abominable que un tipo al que le apesta la boca y no hace nada para remediarlo... Lo que sí me trastornó, papá, y te lo voy a decir con claridad, fue tu época hippie, cuando te aparecías por mi escuela a la hora de la salida y yo te veía venir por el patio, con un listón alrededor de la cabeza, lentes oscuros, un racimo de collares de artesanía colgado del cuello, camisa floreada y pantalones acampanados color verde pasto. Eras todo un espectáculo... A mí me daba mucha vergüenza que mis compañeros de salón me vieran contigo; aborrecía tu estrafalario atuendo, tu pinta tan extravagante... En fin, ¿quién lo pensaría? Ahora mismo están tocando una de las canciones de tu grupo preferido, y verdaderamente es buenísima, incluso cuarenta años después. El resto del viaje de vuelta transcurrió entre canciones de Barry Ryan (“Eloise”), Gary Puckett y los Union Gap (“Muchachita”), los Beatles (“Hey, Jude”), Shocking Blue (“Venus”) y Procol Harum (“Una pálida sombra”). Ya había caído la noche cuando Emilio salió de la carretera, tomó el camino a Santa Fe, cruzó los Puentes de los Poetas y bajó por Las Águilas. Al llegar al cruce con Rómulo O’Farril, dobló a la derecha y, en menos de lo que canta un gallo, estuvo en el Periférico. Emilio experimentaba una tenue sensación de aislamiento, como si estuviera demasiado lejos, a años luz, del mundo al que pertenecía. Además, se sentía muy cansado. Lo único que deseaba era meterse en la cama y dormir, perderse en el sueño. Apagó la radio y se puso a rumiar algunos incidentes de su encuentro con el licenciado Rossini. Dio vuelta en u en Universidad, entró en la unidad habitacional donde rentaba un pequeño departamento de dos recámaras, baño y cocineta, y estacionó el auto en el cajón que le correspondía. Antes de bajar y cerrar la portezuela con llave, giró la cabeza sobre su hombro izquierdo y dijo: -Buenas noches, papá.   Temprano, Emilio se comunicó por teléfono con su jefe para avisarle que las negociaciones con el licenciado Rossini habían sido un éxito y preguntarle si quería que le llevara el contrato firmado. -Sí, tráemelo y tómate una semana de vacaciones -le contestó aquél-. Supongo que has de estar abrumado por la muerte de tu padre. No es para menos. Trata de distraerte y preséntate a trabajar el próximo lunes. -Muy bien. Gracias, licenciado. Voy para allá. Le dejo el contrato con su secretaria –dijo Emilio. Terminó de desayunarse un café con leche y un pan con mermelada, se lavó los dientes con especial meticulosidad porque se le vino a la memoria –y al olfato- el miserable aliento del licenciado Rossini, y salió de su departamento. En las escaleras se encontró con dos vecinos –hombre y mujer, ya viejos- con los que nunca había cruzado palabra y, por un impulso que no alcanzó a explicarse, les dio los buenos días. Abordó su auto, dejó su portafolios encima del asiento trasero y encendió el motor. -Hola, papá. Vamos a la oficina. Luego, a ver qué pasa.   Avanzó por Universidad, rodeó la glorieta de Miguel Ángel de Quevedo, tomó la avenida del mismo nombre y dio vuelta a la derecha en Insurgentes. Era un día frío, como todos los de enero en la ciudad. El cielo lucía despejado y azul. La gente caminaba bien abrigada por las banquetas. Los autos y camiones avanzaban con lentitud. Un poco antes del cruce con Río Mixcoac, el tráfico empeoró porque los semáforos estaban descompuestos. Emilio decidió no sobresaltarse, no gritar, no tocar el claxon. Total, ése y los siguientes días no tenía la obligación de llegar temprano a ninguna parte. Escrutó el horizonte a través del parabrisas. A lo lejos divisó el edificio que se levantaba en la esquina, justo a un lado del cine Manacar. Sonrió. Cuando era niño, cada vez que pasaban por ese cruce, su padre le decía, con un orgullo incomprensible, que la empresa donde trabajaba desde hacía años tenía un piso en aquel edificio. En esas ocasiones, su padre hablaba como si él fuera el dueño de aquella empresa y, por ende, de aquel piso. Esto le resultaba muy enojoso a Emilio, si bien no tanto como otras poses y actitudes paternas. Por lo demás, apenas su padre fue despedido de mala manera de aquella empresa y se vio en la calle, sin empleo, todo comentario sobre el piso aquel cesó. -Yo creía entonces que tú podías ir allí a descansar o jugar cartas, dominó o billar... Emilio tenía muy presente también la vez que su padre lo había llevado al cine Manacar, precisamente, a ver una película sobre la vida de Tchaikovsky. Entraron y se sentaron en unas butacas ubicadas más o menos a la mitad de la sala, junto al pasillo. Emilio acababa de cumplir doce años. Hacía poco que sus padres se habían divorciado. Su padre solía recogerlo los fines de semana en casa de la abuela, donde vivía con su madre, y llevarlo a jugar futbol o beisbol en un jardín de Ciudad Universitaria, o a rentar una bicicleta en el Parque de los Venados, pero casi nunca al cine. Ahora era un caso especial: se trataba de Tchaikovsky, Pyotr Ilych, y su padre no dejaría pasar la oportunidad de ver aquella cinta con él. Desde un principio se percibía una atmósfera lúgubre y triste. Tchaikovsky era un ser atormentado e hiperestésico que hallaba en la música su única razón para continuar vivo. Su padre, sentado a su lado, se removía en su butaca, cruzaba una pierna, la otra; se llevaba una mano a la boca y se mordía las uñas; o tosía y carraspeaba constantemente, como si se le dificultara respirar. Cuarenta minutos después del comienzo de aquella película, se puso de pie y le dijo a Emilio que lo siguiera. Ambos caminaron rumbo a la salida, cruzaron la puerta del cine y salieron al sol refulgente de una tarde de julio. Fue entonces cuando Emilio se dio cuenta de que su padre estaba temblando. -Sólo me dijiste que te sentías mal y que me llevarías a casa de mi abuela, y te quedaste callado. Verte así me afectó en verdad; sentí por ti algo muy parecido a la lástima, y eso no me gustó nada. Creo que hubiera preferido verte enojado, mentando madres, pero no así, tan desamparado, tan frágil. En fin, eso fue hace mucho, mucho tiempo. Ahora ya no importa, papá. Todo está bien. El auto de Emilio logró horadar el nudo metálico que tenía enfrente y proseguir su camino. Él prendió la radio, pero casi de inmediato la apagó porque no deseaba oír noticias ni ningún análisis de la realidad nacional e internacional. Al llegar a Xola dobló a la derecha, cruzó División del Norte y unas cuadras más adelante se metió en un estacionamiento público. -No tardo, Martín –dijo Emilio, y dejó abierta la portezuela para que el empleado subiera al auto y lo estacionara. -Muy bien, licenciado, aquí estamos. ¡Suerte!   Más tarde, a pesar de que ya estaba libre de obligaciones laborales, Emilio no trazó ningún plan para llevar la urna con los restos de su padre a la iglesia que se localizaba cerca de la unidad habitacional donde vivía. Y no porque de pronto hubiera renunciado a cumplir esa acción ritual, sino simplemente porque consideró que podía posponerla unos cuantos días más, sin que ello significara falta de respeto o de amor hacia su progenitor ya muerto. Lo que sí hizo fue hablarle a Úrsula, una amiga con la que esporádicamente solía tener algún encontronazo erótico. -¿Dónde te habías metido, guapo? ¿Todo bien? -Sí, claro. Todo bien. ¿Y tú cómo has estado? -Extrañándote. -Pues aquí me tienes: soy todo tuyo. Tomaron una, dos, media docena de copas en un bar de Insurgentes. Hacia la medianoche salieron de allí mareados y felices. Caminaron hasta una calle mal iluminada y subieron al auto. Emilio dejó las llaves junto al freno de mano, le cogió una mano a Úrsula y comenzó a chuparle el dedo meñique como si fuera un caramelo. Cuando llegó al índice, Úrsula abrió las piernas... Unos minutos después, el auto de Emilio se balanceaba alegremente de un lado a otro, sin avanzar un solo metro, sobre el pavimento de aquella oscura y desierta calle.   Durante los siguientes tres meses, Emilio continuó su vida sin sobresaltos. A veces tenía que ir a Toluca a tratar con el licenciado Rossini algún punto fino de la nueva alianza que se había establecido entre ellos. Entonces, previendo siempre lo peor, Emilio se preparaba para hacerle frente a tan desdichada experiencia: se untaba un poco de aceite de eucalipto en los dos orificios de la nariz, con lo cual mitigaba las náuseas que sentía al percibir el fétido aliento del licenciado Rossini. La mayoría de las veces, sin embargo, permanecía en su oficina de la ciudad, redactando informes financieros o cumpliendo otras tareas no menos apasionantes, y de tarde en tarde, de noche en noche, volvía a ver a Úrsula. Por lo que se refiere a las cenizas de su padre, primero cayó en la trampa de aquello que los clásicos llaman procrastinación, esto es, en la permanente postergación de lo que por semanas tuvo en mente: llevarlas al nicho de la iglesia; luego se convenció de que lo mejor era dejarlas donde estaban, pues como representantes oficiales de su padre le permitían abordar con éste, mientras manejaba, asuntos que o bien no le habían quedado claros, o bien le traían recuerdos gratos y levemente melancólicos.   Había sido una semana ajetreada, llena de pequeños -pero no por ello menos molestos- problemas oficinescos. Emilio sentía la espalda adolorida y los nervios crispados. Por eso, cuando llegó la tarde del viernes, no dudó en llamarle a Úrsula y proponerle ir a dar la vuelta juntos, “por ahí”. -Vamos a divertirnos, papá. Es justo y necesario –dijo apenas entró en su auto luego de despedirse de Martín y desearle buena tarde-. ¡En marcha! Tomó Insurgentes rumbo al sur. Compraría una botella de champaña y -¿por qué no?- una latita de auténtico caviar, no de imitación, como el que ahora encuentra uno en todos los supermercados. Después pasaría por Úrsula y la llevaría a uno de los moteles que están a la salida de la vieja carretera a Cuernavaca. -Pero antes, papá, queridísimo papá, voy a pagar el teléfono, si no me lo cortan. ¿Me acompañas? Emilio dio vuelta a la derecha en Barranca del Muerto, cruzó Revolución y el Periférico, y en una callecita paralela a éste estacionó el auto. Se metió una mano en el bolsillo interior del saco para comprobar que allí estuviera el recibo telefónico, abrió la portezuela y bajó. -Te veo en un minuto, papá. Atravesó la calle y entró en el Sanborns al que acostumbraba ir los domingos en la tarde-noche, cuando ya no había nada que hacer sino esperar la llegada del lunes, hojeando revistas y libros de todo tipo.  Emilio saldó el monto del recibo telefónico en la caja de la dulcería y se encaminó a la farmacia. Compraría un gel lubricante y, también, unos chicles y unas pastillas de menta, no fuera a padecer de súbito el síndrome del licenciado Rossini, pensó. Pagó el gel lubricante y los chicles, y salió de aquel establecimiento, sintiéndose bien, a gusto consigo mismo y con el resto del universo. Entonces, luego de desandar el camino que había recorrido unos minutos antes, comprobó -lívido, atónito, horrorizado- que el auto ya no estaba donde hubiera tenido que estar. Las cosas pasan porque tienen que pasar... En aquella calle no estaba prohibido estacionarse; de hecho, era allí, justamente, donde Emilio dejaba el auto cada vez que iba a ese Sanborns. Así, la posibilidad de que una grúa de tránsito se lo hubiera llevado a un corralón quedaba descartada y, en cambio, la otra descorazonadora, atroz, terrible posibilidad -es decir, que alguien se lo hubiera robado con todo y la fea urna que contenía las cenizas de su padre- se erigía dramáticamente como una verdad gigantesca e insoslayable..., tan gigantesca e insoslayable como la luna que en esos momentos surgía en el cielo detrás de una abigarrada nube violácea.                                                                                                      De El corrector de estilo 
Cenizas
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  478 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Fue el menor de los hermanos de mi padre. Durante más de dos décadas se desempeñó como profesor de dibujo técnico en una secundaria de Cuajimalpa. También tomó un curso de radiología, lo que le permitió trabajar, por las tardes, en el consultorio del tío Sergio, su hermano, sacando radiografías de las muelas de los pacientes. Era tan flaco que sus hijos lo llamaban “Huesús”. Fue mi padrino de primera comunión (por ahí anda una foto en blanco y negro, en la que sale retratado conmigo –llevó un cirio en las manos- y con mis padres). Con el paso del tiempo se convirtió en jefe de un grupo de boys scouts que se reunía los sábados en un terreno baldío de la colonia Narvarte, muy cerca de donde vivía con su familia. Un día, cuando ya había transcurrido casi una década desde que aquellos boys scouts comenzaron a utilizar ese terreno para sus reuniones sabatinas, el dueño se apareció repentinamente y les pidió que no lo volvieran a ocupar. El tío Jesús decidió pelearlo por la vía legal, y la cosa se fue a juicio. Invirtió, en ese asunto, todo: tiempo, dinero y mucho, mucho esfuerzo, y todo para nada. El falló fue inapelable: la posesión de aquel terreno, donde el tío Jesús y su grupo de boys scouts practicaban la hechura de nudos con cuerdas, el levantamiento de tiendas de campaña y el encendido de fogatas, regresó legalmente a su dueño original. Entonces se puede decir que empezó su debacle. Renunció a su plaza en la secundaria de Cuajimalpa, y, con su esposa y sus hijos, siguió al tío Sergio a Monterrey. Ahí consiguió un empleo como vendedor de muebles en un negocio de un primo muy adinerado. Pronto se dio cuenta de que vender mesas de comedor, sillas, sofás no era lo suyo. Y una mañana ya no se levantó de la cama. Permanecía en ella noche y día, noche y día, viendo la televisión o leyendo periódicos atrasados. Apenas la abandonaba para ir al baño y beber agua, y de inmediato regresaba a ella y se metía entre las cobijas que ya olían a rancio. Fue presa de varios psiquiatras dementes y codiciosos. Lo único que sacó de su trato con esos hijos de Satanás fue gastarse los pocos ahorros que le quedaban y volverse adicto a ansiolíticos y somníferos. Cuando mi padre murió en Monterrey por circunstancias fortuitas que no voy a exponer aquí, se presentó en la funeraria. Ésa fue la última vez que lo vi. Caminaba como un anciano de noventa años y castañeteaba los dientes al hablar. Luego, sus hijos se vieron obligados a internarlo en un asilo porque una tarde, durante la canícula, golpeó a su esposa. Dicen que, de cuando en cuando, padecía ataques de furia incontenibles, atroces, por lo que debían amarrarle las manos y los pies a los barrotes de su cama de metal. Murió solo una mañana lluviosa, mientras los afanadores trapeaban el piso con cloro diluido en agua.                                                                                               De Ninguan señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá     Un día, misteriosamente, apareció publicado en todos los periódicos y revistas de los cinco continentes –así como en infinidad de sitios de internet- un pequeño anuncio en el que se daba a conocer el número telefónico de “una novedosa y exclusiva línea directa con Dios. Márcalo. No te arrepentirás”. Al principio, como era de esperarse, la gran mayoría de la gente no lo tomó en serio. Sin embargo, con el paso de los días, de las semanas, de los meses... se fue corriendo cada vez más la voz de que aquella línea era realmente efectiva en cuanto a obtener consuelo y fortaleza para los sufrimientos y las aflicciones de cada quien. Luego de dos o tres timbrazos, los millones de personas de distintas razas, religiones y nacionalidades que hablaban a diario –y a todas horas- a ese número, oían una voz sibilante e hipnótica que con inconcebible dulzura les transmitía el siguiente mensaje: “Dios –el Gran Creador, el Único, el Bueno...- está ocupado ahora, atendiendo otra llamada. Deja tu nombre y tu número telefónico, pues en cualquier momento Él podría ponerse en contacto contigo para atenderte como te mereces...”                                                                                                         De El corrector de estilo 
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