REQUIEM
REQUIEM
En los funerales de Graciela Martínez de Gómez
HECTOR ARTURO GOMEZ MARTINEZ
La niña de ojos expresivos y simpatía latente se dispone a cumplir la encomienda de su madre, encaminada a contribuir con las tareas domésticas de su numerosa familia. En su actitud se agita el entusiasmo, y la danza invocada que vive latente en su cuerpo la distrae de las obligaciones, y la detiene absorta en la música que entona ya sus notas en los ámbitos optimistas de su mente. Una pollera en desuso y la cobertura extendida de una prenda artesanal anudada a su cintura, sirve de atuendo al singular desempeño de una limpieza acompañada del tarareo y el baile, en la que el parejo imaginario está representado en forma simple por la escoba con que a intervalos acomete la tarea. Es su madre Fidelina quien la saca del trance con su autoritario e intimidatorio llamado de atención. En seguimiento a lo lineamientos de su generación y su cultura, La Minina como le dicen en confianza, es la digna estampa del recato, la seriedad, la rigidez y el cumplimiento, y esta hija que desborda su alegría a cada paso pone en aprietos su actitud y sus creencias, removiendo al tiempo las fibras más recónditas de la ternura que intenta desbordar su corazón.
Ante el materno e inviolable llamado la niña reacciona con sorpresa, pero decidida a continuar en su embeleso se acerca a su madre lentamente, y con esa coqueta picardía con que acompañaría sus rasgos la envuelve en un abrazo, le sonsaca la sonrisa, y sin pensarlo, la lleva en andas alrededor del gran patio danzando al compás de las frases entonadas, para depositarla al otro lado aniquilado el enojo y sin que Fidelina pueda contener la risa. De nuevo "mi loquita" como la llamaría ella, "Chela" como le decíamos todos, "Chelita" como grabaría su nombre en la profundidad de los afectos, habría de salirse con la suya.
Se va Graciela Martínez de Gómez después de un largo trance que a pesar de su ensañamiento material no hizo otra cosa que acicalarle la ternura y fortalecerle la paciencia, la delicadeza y el amor con que afrontó su último camino. Ello será motivo de evocación y de enseñanza para quienes la sobreviviremos, y especial circunstancia de recordación, cuando sentados alrededor de la fogata fraterna de la hermandad y la camaradería, traigamos a cuento la entereza, la sonrisa y el humor inquieto con que ella nos sorprendía en forma inesperada, para evitar que nosotros nos preocupáramos más de la cuenta por sus molestias y penalidades, como si su enfermedad se tratara de un descanso deliberado por el que optaba de manera permanente, y no los espacios de una dolencia que le fue minando las fuerzas y las carnes, pero nunca el entusiasmo, el afecto y la alegría con que asumió la vida y sus circunstancias, convirtiendo esa actitud en su mejor y más claro mensaje y ejemplo para quienes continuamos en esta indisoluble carrera contra el tiempo.
Para terminar, no me queda más que repetir esas palabras que su inspiración me hicieran concebir hace un buen tiempo, para establecer en ella y a través de ella en todas las mujeres que trascienden las barreras de lo cotidiano para instalarse en la memoria y los recuerdos, la semblanza de un género constituido en motivo y referencia, al que consideraremos por siempre el complemento ideal para afrontar bajo las aureolas del amor y la armonía que rigen el evolución del Universo, todas las luchas y vicisitudes encontradas en este devenir por la existencia.
Brindo así tributo de admiración, a la mujer íntegra en sus sentimientos y convicciones, acopio de valor, esfuerzo y amor.
A la mujer que siendo niña aún, alimentó el sueño de llegar a ser artífice de vida, y luego mayor tomó conciencia no solamente de engendrarla sino también de conducirla.
A la mujer que creció con el propósito de realizarse superando las barreras de su propia materialidad.
A la mujer que aprendió muchas veces con dolor, pero siempre con la convicción de luchar sin desfallecer.
A la mujer que alimentó el sentimiento de sentirse útil en la medida de sus capacidades.
A la mujer que supo dar valor a su vida encaminando los pasos hacia la culminación de firmes propósitos.
A la mujer que brindó ternura y alegría al cotidiano luchar de quienes constituyeron su entorno.
A la mujer que conservó la serenidad aun por encima de la fragilidad humana.
A la mujer que por su naturaleza despertó el sentimiento de consolidar la vida.
A la mujer que quiso dar al futuro la condensación de su valor e integridad, en un hijo que prolongara la existencia.
A la mujer que antepuso la generosidad del espíritu al egoísmo de sus debilidades.
A la mujer que llevó a la realización los primeros indicios de capacidad e inteligencia.
A la mujer que transformó en fortaleza el inicial gemido de la nueva vida.
A la mujer que supo dar enseñanza en lo adverso, manteniendo unificada la fidelidad a los principios con la amplitud de sus conceptos.
A la mujer que fue consuelo en las adversidades y continuo yunque donde quedó todo lo débil y frágil.
A la mujer que alimentó en el alma el arrojo de un carácter y la humildad que conlleva la nobleza.
A la mujer que temió a la muerte, porque amó la vida como fuente inagotable de conocimientos y aportes.
A la mujer que con su esfuerzo supo despertar admiración, respeto y amor, y lo que es más importante, supo conservarlos siempre.
A la mujer que no solamente un día sino en todo momento despierta nuestra gratitud y reconocimiento.
A la mujer convertida por la Humanidad un una Institución, porque supo mantener la unión familiar, el respeto y la convicción.
A la mujer que supo ser ejemplo de vida y trascendió aun por encima de la misma muerte.
000A ella canto yo.
A ella ensalzo, respeto y admiro.
A la mujer que supo ganar como grande y universal título su condición de Madre....
Descansa en Paz Graciela Martínez Bravo
Descansa en paz, querida mamá
Pasto, 31 de enero de 2007
En los funerales de Graciela Martínez de Gómez
HECTOR ARTURO GOMEZ MARTINEZ
La niña de ojos expresivos y simpatía latente se dispone a cumplir la encomienda de su madre, encaminada a contribuir con las tareas domésticas de su numerosa familia. En su actitud se agita el entusiasmo, y la danza invocada que vive latente en su cuerpo la distrae de las obligaciones, y la detiene absorta en la música que entona ya sus notas en los ámbitos optimistas de su mente. Una pollera en desuso y la cobertura extendida de una prenda artesanal anudada a su cintura, sirve de atuendo al singular desempeño de una limpieza acompañada del tarareo y el baile, en la que el parejo imaginario está representado en forma simple por la escoba con que a intervalos acomete la tarea. Es su madre Fidelina quien la saca del trance con su autoritario e intimidatorio llamado de atención. En seguimiento a lo lineamientos de su generación y su cultura, La Minina como le dicen en confianza, es la digna estampa del recato, la seriedad, la rigidez y el cumplimiento, y esta hija que desborda su alegría a cada paso pone en aprietos su actitud y sus creencias, removiendo al tiempo las fibras más recónditas de la ternura que intenta desbordar su corazón.
Ante el materno e inviolable llamado la niña reacciona con sorpresa, pero decidida a continuar en su embeleso se acerca a su madre lentamente, y con esa coqueta picardía con que acompañaría sus rasgos la envuelve en un abrazo, le sonsaca la sonrisa, y sin pensarlo, la lleva en andas alrededor del gran patio danzando al compás de las frases entonadas, para depositarla al otro lado aniquilado el enojo y sin que Fidelina pueda contener la risa. De nuevo "mi loquita" como la llamaría ella, "Chela" como le decíamos todos, "Chelita" como grabaría su nombre en la profundidad de los afectos, habría de salirse con la suya.
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Ahora que Graciela Martínez Bravo, mi Madre, se va de entre nosotros para convertirse en el ángel protector que invocamos todos, -habitante de un mágica estrella celestial o de esa luna pletórica de luz detenida en el firmamento como un buque iluminado para extasiar por siempre las apetencias de su creatividad y de su alma-, no queda más sino hacer una semblanza a su figura, a su eterna alegría y optimismo que aun en los momentos o las épocas más difíciles le brindaron la fuerza y decisión con que acompañó sus actos, a la cantera inagotable de su humor sin límites que aun en medio del dolor nunca le permitió que perdiera la esperanza, y a ese sentido permanente de la lúdica y la búsqueda de la felicidad que en realidad debe acompañar el entrevero de los empeños y los constantes desafíos.
Se va Graciela Martínez de Gómez después de un largo trance que a pesar de su ensañamiento material no hizo otra cosa que acicalarle la ternura y fortalecerle la paciencia, la delicadeza y el amor con que afrontó su último camino. Ello será motivo de evocación y de enseñanza para quienes la sobreviviremos, y especial circunstancia de recordación, cuando sentados alrededor de la fogata fraterna de la hermandad y la camaradería, traigamos a cuento la entereza, la sonrisa y el humor inquieto con que ella nos sorprendía en forma inesperada, para evitar que nosotros nos preocupáramos más de la cuenta por sus molestias y penalidades, como si su enfermedad se tratara de un descanso deliberado por el que optaba de manera permanente, y no los espacios de una dolencia que le fue minando las fuerzas y las carnes, pero nunca el entusiasmo, el afecto y la alegría con que asumió la vida y sus circunstancias, convirtiendo esa actitud en su mejor y más claro mensaje y ejemplo para quienes continuamos en esta indisoluble carrera contra el tiempo.
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No me queda sino agradecer a todos quienes nos han manifestado su solidaridad y fraterna compañía, a quienes de una manera u otra son portadores de la admiración y del cariño que sintieron por mi madre, y a quienes como acompañantes máximos de sus últimos momentos le brindaron la seguridad y las ayudas que su inocencia revivida necesitó para transitar la dificultad de estos designios: A Nubia Ortega Guerrero su Enfermera de cabecera que tanta ternura y dedicación le brindó, y de forma muy especial a mis hermanas Sandra y Sylvia Rossana, convertidas desde siempre en sus amigas y cómplices de sus ensoñaciones o tristezas, y verdaderas hadas buenas y bellas de esta etapa de adioses y despedidas. Igual sentimiento de gratitud a Ayda Martínez, Fany Mera y César Martínez por su apoyo incondicional, y a todos los demás primos y primas, familiares y amigos en general, que alimentaron nuestra comprensión con sus palabras y su compañía.
Para terminar, no me queda más que repetir esas palabras que su inspiración me hicieran concebir hace un buen tiempo, para establecer en ella y a través de ella en todas las mujeres que trascienden las barreras de lo cotidiano para instalarse en la memoria y los recuerdos, la semblanza de un género constituido en motivo y referencia, al que consideraremos por siempre el complemento ideal para afrontar bajo las aureolas del amor y la armonía que rigen el evolución del Universo, todas las luchas y vicisitudes encontradas en este devenir por la existencia.
Brindo así tributo de admiración, a la mujer íntegra en sus sentimientos y convicciones, acopio de valor, esfuerzo y amor.
A la mujer que siendo niña aún, alimentó el sueño de llegar a ser artífice de vida, y luego mayor tomó conciencia no solamente de engendrarla sino también de conducirla.
A la mujer que creció con el propósito de realizarse superando las barreras de su propia materialidad.
A la mujer que aprendió muchas veces con dolor, pero siempre con la convicción de luchar sin desfallecer.
A la mujer que alimentó el sentimiento de sentirse útil en la medida de sus capacidades.
A la mujer que supo dar valor a su vida encaminando los pasos hacia la culminación de firmes propósitos.
A la mujer que brindó ternura y alegría al cotidiano luchar de quienes constituyeron su entorno.
A la mujer que conservó la serenidad aun por encima de la fragilidad humana.
A la mujer que por su naturaleza despertó el sentimiento de consolidar la vida.
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A la mujer que supo sortear los temporales con la seguridad de su pensamiento y la entrega de su amor.
A la mujer que quiso dar al futuro la condensación de su valor e integridad, en un hijo que prolongara la existencia.
A la mujer que antepuso la generosidad del espíritu al egoísmo de sus debilidades.
A la mujer que llevó a la realización los primeros indicios de capacidad e inteligencia.
A la mujer que transformó en fortaleza el inicial gemido de la nueva vida.
A la mujer que supo dar enseñanza en lo adverso, manteniendo unificada la fidelidad a los principios con la amplitud de sus conceptos.
A la mujer que fue consuelo en las adversidades y continuo yunque donde quedó todo lo débil y frágil.
A la mujer que alimentó en el alma el arrojo de un carácter y la humildad que conlleva la nobleza.
A la mujer que temió a la muerte, porque amó la vida como fuente inagotable de conocimientos y aportes.
A la mujer que con su esfuerzo supo despertar admiración, respeto y amor, y lo que es más importante, supo conservarlos siempre.
A la mujer que no solamente un día sino en todo momento despierta nuestra gratitud y reconocimiento.
A la mujer convertida por la Humanidad un una Institución, porque supo mantener la unión familiar, el respeto y la convicción.
A la mujer que supo ser ejemplo de vida y trascendió aun por encima de la misma muerte.
000A ella canto yo.
A ella ensalzo, respeto y admiro.
A la mujer que supo ganar como grande y universal título su condición de Madre....
Descansa en Paz Graciela Martínez Bravo
Descansa en paz, querida mamá
Pasto, 31 de enero de 2007
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