Hay incertidumbres que no solo habitan la mente; también aprenden a vivir dentro del pecho, como un peso silencioso que se acomoda entre los latidos y comienza a desgastarte lentamente. Y qué difícil es convivir con esa sensación de no saber qué ocurre dentro de la cabeza de la persona que amas, mientras el corazón inventa mil tragedias distintas en medio del silencio.
Porque la incertidumbre duele.
Duele no saber si aún piensa en ti antes de dormir.
Duele imaginar que quizá los kilómetros ya no solo separan cuerpos, sino también almas.
Duele sentir que el amor continúa vivo en uno, mientras en el otro parece apagarse como una vela consumida por el viento.
Y entonces aparecen las preguntas.
Las preguntas siempre llegan de madrugada.
¿Y si ya encontró en alguien más la calma que conmigo perdió?
¿Y si el cansancio terminó destruyendo aquello que alguna vez prometimos cuidar?
¿Y si amar también significa aceptar que, aunque exista amor, a veces dos personas no logran salvarse mutuamente?
Hay noches en las que pensar en él se siente como sostener cristales rotos entre las manos: mientras más intento comprenderlo, más termino hiriéndome.
Porque amar a alguien y sentir que lo estás destruyendo por dentro es una de las tristezas más crueles que existen.
Es mirar a la persona que amas y notar cómo el brillo en sus ojos comienza a apagarse lentamente.
Es escuchar su voz y sentir que detrás de cada “estoy bien” se esconde un agotamiento imposible de nombrar.
Es descubrir, con terror, que quizás el amor no siempre basta para salvar aquello que el dolor ya comenzó a romper.
Y aun así… uno continúa amando.
Continúa quedándose.
Continúa intentando reconstruir con las manos temblando aquello que el tiempo, la distancia y el miedo empezaron a derrumbar.
Porque hay personas que llegan a tu vida y desordenan el alma de una manera irreversible. Personas cuya risa termina convirtiéndose en refugio, y cuya ausencia transforma cualquier habitación en un lugar frío.
Todavía puedo imaginar sus ojos brillando cuando hablábamos del futuro, como si nuestros sueños fueran pequeñas estrellas aprendiendo a existir en el mismo cielo. Recuerdo cómo sus latidos parecían acelerarse cada vez que pasábamos horas juntos, como si el amor pudiera escucharse incluso sin palabras.
Y qué doloroso resulta entender que alguien puede verte como su futuro… pero no encontrar en sí mismo la fuerza suficiente para convertirte en su presente.
Eso destruye.
Destruye saber que quizá el amor existe, pero las heridas pesan más.
Destruye comprender que hay batallas internas contra las que uno no puede luchar por la otra persona.
Destruye aceptar que, a veces, el corazón quiere quedarse mientras la mente comienza a rendirse.
Tal vez por eso amar se parece tanto a naufragar:
porque mientras una parte de ti intenta mantenerse a flote, la otra se hunde lentamente en recuerdos, promesas y esperanzas imposibles.
Y aun así, el alma insiste.
Insiste en esperar.
Insiste en creer que el destino todavía puede cambiar.
Insiste en pensar que algún día dos personas rotas podrían volver a encontrarse siendo capaces de amarse sin destruirse.
Pero quizá el amor más triste no es aquel que termina.
Quizá el amor más triste es aquel que todavía existe… incluso cuando ya no puede salvar nada.
El Amor que no Pudo Salvarnos
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