A veces me pregunto por qué últimamente las lágrimas parecen haberse acostumbrado a mis ojos, como si el dolor hubiese encontrado en mí un hogar permanente. No sé si lloro por ausencia, por amor o por esa extraña mezcla de ambas que deja al corazón suspendido en una batalla silenciosa: la de querer avanzar mientras una parte de mí continúa regresando hacia la misma persona.
Y entonces llegan las noches.
Las noches siempre llegan con el peso de los recuerdos.
Hay madrugadas en las que tu ausencia se sienta junto a mi cama como un fantasma paciente, y me obliga a pensar en todo aquello que pudo ser y nunca terminó de existir. Porque hay personas que no se van del todo; se quedan viviendo dentro de uno como una cicatriz que respira, como un incendio que aprendió a arder despacio.
A veces creo que eso es el amor:
una eternidad escondida dentro de un instante.
El destino tuvo la crueldad de volver infinito un momento compartido, y desde entonces camino arrastrando la memoria de algo que todavía no termina de irse de mí. Formamos un lazo tan profundo que incluso la distancia parece incapaz de romperlo; un hilo invisible que atraviesa ciudades, países y silencios, pero que continúa atado al pecho como si las almas desconocieran la palabra despedida.
Y me pregunto…
¿El amor realmente duele así?
¿Duele como este vacío que se instala en el cuerpo cuando la persona que amas no está?
¿Duele como sentir que el corazón se ahoga lentamente en la incertidumbre?
¿Duele como mirar el futuro y no saber si en él seguirá existiendo esa voz que alguna vez te hizo sentir hogar?
Porque amar a veces se parece demasiado a perderse.
Uno comienza entregando pensamientos, luego tiempo, después sueños… hasta que un día descubre que vive esperando un mensaje, una llamada, un regreso, como quien observa el horizonte esperando que el mar le devuelva aquello que le arrebató.
Y aun así, uno se queda.
Se queda incluso cuando el alma empieza a derrumbarse en silencio.
Se queda porque existe una esperanza absurda y hermosa que insiste en sobrevivir: la idea de que algún día los caminos volverán a encontrarse, que los kilómetros dejarán de ser enemigos y que los abrazos pendientes finalmente tendrán un lugar donde existir.
Quizá eso sea amar:
seguir eligiendo a alguien incluso cuando su ausencia comienza a destruirte.
Hay días en los que siento que ya no puedo avanzar, como si la tristeza me hubiera llenado los pulmones de invierno. Entonces entiendo que extraño algo más que a una persona; extraño la calma que habitaba en mí cuando podía sentirme querida.
Porque existen abrazos que no solo rodean el cuerpo:
también sostienen el alma.
Y qué difícil es continuar cuando el corazón vive dividido entre lo que desea y lo que teme. Qué difícil es intentar construir un futuro mientras una parte de ti permanece detenida en un recuerdo.
A veces pienso que el amor es esto:
una contradicción eterna.
Es querer quedarse y huir al mismo tiempo.
Es sanar y romperse en un mismo latido.
Es tocar el cielo mientras el miedo te hunde.
Es esperar… incluso cuando la razón suplica que dejes de hacerlo.
Pero si algo he comprendido, es que el amor verdadero jamás desaparece del todo. Puede dormirse entre la distancia, esconderse detrás del orgullo o desvanecerse en el tiempo, pero siempre deja una huella imposible de borrar. Como la lluvia sobre la tierra seca. Como el eco de una canción triste en una habitación vacía.
Y entonces vuelvo a preguntarme:
¿Hasta cuándo se debe amar?
¿Hasta que el alma se canse?
¿Hasta que el recuerdo deje de doler?
¿O hasta que dos personas finalmente comprendan que hay amores tan inmensos que ni siquiera la distancia consigue destruirlos?
Tal vez amar sea eso:
tener el corazón roto y aun así seguir creyendo en el regreso.
Seguir esperando.
Seguir sintiendo.
Seguir guardando, en el rincón más intacto del alma, la esperanza de que algún día el destino deje de ser cruel y permita que dos personas que se encontraron demasiado temprano puedan volver a elegirse en el momento correcto.
La Eternidad de un Instante.
“Hay amores que no terminan cuando las personas se alejan, sino cuando el alma aprende a soltarlos. Esta es una reflexió…
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