Qué extraña melancolía produce amar a alguien sin saber si aún habitas en su corazón de la misma forma en que esa persona continúa viviendo dentro del tuyo.
La incertidumbre tiene una manera cruel de instalarse en el pecho. Llega despacio, como la lluvia que parece inofensiva hasta que termina inundándolo todo. Y entonces comienzan las dudas, los pensamientos interminables, el cansancio de imaginar escenarios distintos mientras el alma se consume intentando descifrar aquello que el silencio nunca explica.
Porque duele no saber qué siente realmente la persona que amas.
Duele preguntarte si todavía piensa en ti antes de dormir o si poco a poco aprendió a sobrevivir sin tu existencia. Duele sentir cómo la distancia deja de medirse en kilómetros y comienza a medirse en ausencia, en llamadas perdidas, en abrazos que nunca llegaron, en palabras que se quedaron esperando ser pronunciadas.
Y qué desesperante es necesitar un abrazo justo cuando el universo parece haber decidido dejarte sola con tu tristeza.
Hay noches en las que las lágrimas parecen transformarse en un océano entero, y una termina hundiéndose dentro de sí misma, incapaz de encontrar la orilla. Las paredes guardan silencio, pero los sollozos hacen eco como si el dolor tuviera voz propia. Entonces entiendes que existen vacíos que ningún ruido puede distraer.
Y aun así, una parte de mí continúa creyendo en nosotros.
Tal vez porque alguna vez imaginamos un futuro con tanta inocencia que parecía imposible que terminara rompiéndose. Éramos dos personas construyendo sueños con las manos llenas de amor, sin saber que el destino también sabe ser cruel con quienes se quieren de verdad.
Quizá por eso duele tanto aceptar que hay amores que existen intensamente… pero no logran quedarse.
Porque a veces la vida separa caminos para obligar a las personas a encontrarse primero a sí mismas. Y aunque el amor continúe vivo, hay almas demasiado cansadas para seguir sosteniendo una historia que comenzó a destruirlas lentamente.
Tal vez él también esté perdido en su propio mar de soledad.
Tal vez también haya noches en las que mi ausencia le pese como una herida abierta. Tal vez quiso quedarse y simplemente ya no supo cómo hacerlo. O quizá entendió antes que yo que amar no siempre significa resistir hasta romperse.
Y eso es lo más doloroso:
comprender que alguien puede seguir amándote y aun así decidir marcharse.
Porque llega un momento en el que el corazón deja de luchar por felicidad y comienza a luchar únicamente por estabilidad, por calma, por respirar sin sentir que se está ahogando todo el tiempo.
Y aunque admitirlo me destruya, creo que finalmente entendí que no puedo obligar a alguien a quedarse solo porque mi amor todavía no aprendió a soltarlo.
Así que, si alguna vez decides irte por completo, prometo intentar hacerlo más fácil para ti.
Guardaré mi egoísmo en la parte más profunda del pecho para no convertir mi dolor en una cadena que te impida avanzar. Y aunque el alma me tiemble al imaginar un mundo donde ya no existas conmigo, elegiré amarte de la manera más triste y más pura posible:
dejándote ir.
Porque el amor verdadero no siempre retiene.
A veces también libera.
Y quizá algún día, cuando el tiempo deje de dolernos y las heridas aprendan a cerrar, volveré a recordar el brillo de tus ojos sin sentir que el corazón se me desmorona lentamente.
Pero mientras eso ocurre, conservaré dentro de mí la memoria de tu risa, de tu voz y de aquella manera tan tuya de mirarme, como si por un instante el mundo entero hubiera encontrado sentido.
Y aunque la vida nos haya convertido en caminos distintos, habrá una parte de mí que siempre pertenecerá al lugar donde tus ojos hicieron que mi corazón quisiera quedarse para siempre.
Donde También Naufragan los que Aman
Hay amores que no terminan por falta de sentimientos, sino por el cansancio de dos almas que se fueron perdiendo en medi…
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