Amplia entrada principal; gruesa reja y estacionamiento para veinte autos; tres pisos; sótano; área de piscina y palapa; balcón circundante con pasillos por toda la propiedad; un cuarto que infunde miedo al fondo del patio trasero; grandes escaleras y oscura en su totalidad. Estoy en planta baja planeando salir a correr al bosque detrás de la propiedad.
Subo al tercer piso para encontrarme con mi madre a quien le informo de mi decisión de hacer ejercicio, a lo que me responde que ella también saldrá, pero a su clase de pintura.
A través del marco de la puerta contigua veo destellos de luz parpadeantes, de color azul y rojo; ingreso al salón de lectura y silencio (de donde proviene la luz y que cuenta con una vista hacia el bosque) para encontrar una patrulla negra de la policía local en el balcón —luce como si estuviera en un cajón de estacionamiento— y de inmediato me pregunto: ¿cómo vino a parar esa patrulla hasta aquí?
Desde la esquina del salón veo una figura de hombre que está fumando; lleva su característico uniforme policial, el cual incluye un quepi; camisa de corte recto; corbata y pantalón, todo en color azul cobalto; zapato negro de choclo y mirada oscura con las cejas fruncidas para demostrar autoridad y lo reconozco como un amigo de la infancia: el Ingeniero Eduardo Domínguez, alias “El Chacuaco”. Camino hacia él para agradecer su presencia, pues al verlo me siento seguro. Dudo unos segundos, pero al final decido externar mis sospechas con una pregunta-afirmación:
— Cómo le hiciste para aterrizar en el tercer piso, fue mediante un helicóptero, ¿verdad?
— “Hola mi César, ¿cómo andamos?, no, fue gracias a un dron”.
— Ah, un dron, ¡qué interesante!
Me despido y avanzo hacia una puerta que no había abierto en aquella casa —aún me faltan varios sitios por explorar—. Apenas cruzo el umbral, aparece una figura que me acompaña. Tiene aspecto humanoide y mide más de dos metros; es como un protector o guía que se coloca a mi derecha, detrás de mí. Es en un cuarto de baño antiguo, lúgubre, lleno de accesorios viejos; una túnica blanca colgada en el espejo, una vasija de agua con intenciones de guiarme por el cuarto, el aire denso, casi irrespirable, como si estuviera cargado de siglos de historia olvidada. Percibo que algo fuera de esta realidad me observa a través del espejo que se desvanece, y siento calor en la parte trasera de mi cuello. Pronuncio en voz alta: “lo que sea que se encuentre aquí, ordeno se manifieste ahora”. Nada sucede, y río con semblante soberbio.
El interruptor de la luz no lo encuentro. Frente a mí hay un baúl polvoriento, con daños visibles por termitas. Está cerrado, pero lleva un extraño código numérico.
Tal como si lo hubiera hecho en alguna de mis vidas pasadas introduzco la combinación en tres tiempos: 6 6 6. La tapa rechina y da un brinco, expulsando un polvo rojo hacia afuera. Levanto la tapa con cuidado y descubro un costal pequeño con monedas antiguas de un material desconocido, teñidas de rojo. También hay una lanza con un mechón pelirrojo, botones, alfileres oxidados y algo que llama mi atención: un martillo artesanal color blanco manchado de masa encefálica, pinceles de varios tamaños y once tubos de pintura de varios colores. Esta colección me inspira la idea de pintar un cuadro para mi madre y regalárselo en la próxima Navidad.
Cierro el baúl, salgo al pasillo y me doy cuenta de que el guardián ya se ha ido.
Despierto en mi cama con el abanico apagado y el sudor perlándome la frente y las manos.
Instagram: ortegaame
Obras publicadas: Ojos de vida / Ser divergente / La invención de octubre 2023 / El crujido del tiempo / Leer enamora el alma / Nimrod y elocuencia / El arancel del Mictlán / Narrativas oníricas.
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