PARENTIFICACIÓN
Desde los nueve años aprendí a pagar las facturas de la luz, a calmar los ataques de llanto de mi madre y a preparar la cena para mis hermanos mientras mi padre ahogaba sus deudas en un bar.
Mientras mis amigos jugaban en la calle; yo gestionaba las crisis de un hogar que se caía a pedazos.
Muchos decían que era "responsable" o "muy maduro para mi edad", pero jamás pensaron que ese comportamiento era la representación de la supervivencia pura y dura.
No mentiré que ese reconocimiento no me inflaba el pecho de orgullo. Fue más fácil creerme el héroe de la familia que aceptar la aterradora verdad de que los adultos a mi cargo eran dos irresponsables que decidieron jubilarse de la paternidad y cargarme a mí con su equipaje.
Más ahora, hincado en el piso de la sala limpiando el vómito de mi borracho padre que duerme en el sofá, mientras reviso que mi depresiva madre se mantenga profundamente dormida por los sedantes que evitan que se cuelgue constantemente del techo o se haga otra raja en el brazo, el odio y la rabia queman mi pecho.
Apenas tengo dieciocho pero siento la espalda encorvada como si tuviera ochenta.
Tengo que trabajar en dos lugares con sueldos miserables que juntándolos sirven para subsistir, quemarme las pestañas en el celular mientras termino la escuela de manera virtual, responder por mis pequeños hermanos y cuidar de los dos adultos que se suponen debieron cuidarme a mí.
Hace unos días rechacé la oportunidad de irme de este infierno. La oportunidad de tener una vida propia y estudiar la carrera de mis sueños… porqué sé que, si me voy, mi padre será el siguiente, mi madre entrará en colapso y quienes terminarán pagando los platos rotos ante los servicios sociales serán mis hermanitos.
Los odio.
Los odio tanto.
«No seas injusto», me susurro a mí mismo con la voz temblorosa mientras me limpio una lágrima de rabia. «Ellos hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Fueron jóvenes, tuvieron traumas, nadie les enseñó a ser padres. Bastante hicieron con darme un techo».
Miento. Sé perfectamente que miento. Usar esa frase es mi anestesia, la única excusa patética a la que me aferro para no mirar el abismo. Porque si acepto que no "hicieron lo que pudieron", si admito que simplemente fueron egoístas, negligentes y cobardes, entonces todo el edificio de mi vida se derrumba. Si acepto que me explotaron, tengo que aceptar que nunca me amaron como a un hijo, sino como a un recurso útil.
Y eso...
Eso duele tanto que prefiero seguir quemándome en este altar.
Sigo excusándolos.
Sigo aplaudiendo sus mínimas muestras de afecto como si fueran migajas de oro.
Soy un perro golpeado que le lame la mano a su dueño para convencerse de que el látigo es por su bien.


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