En una oportunidad, sostuve una conversación tan profunda con mi madre que no pude evitar romper en llanto, embargada por la sensación de ser una criatura desalmada tras la conclusión a la que llegué. El tema sobre la mesa era la maternidad frente a la gestación de niños neurobiológicamente incompatibles con la vida.

Antes de cualquier juicio, debo poner mi propio cuerpo como evidencia: soy una prematura extrema de cinco meses de gestación. En 1999, nací prácticamente como un feto transparente que terminó de ensamblarse dentro de una incubadora. Bajo las limitaciones tecnológicas de la época, mi supervivencia fue un milagro biológico.

Sin embargo, mi madre jamás romantizó mi condición. No me crió bajo el halo del "milagrito", sino bajo un mandato biológico elemental: vivir y funcionar. A pesar de haber sido un embarazo de alto riesgo expuesto a múltiples anomalías congénitas o neurológicas, el azar fue indulgente y me permitió desarrollarme con plenitud.

Precisamente porque conozco la fragilidad de la formación humana, cuando reflexiono sobre la posibilidad de la maternidad no puedo evitar una certeza drástica: si un futuro hijo mío naciera con una condición que lo condene a permanecer postrado de por vida, preferiría mil veces regresarlo al descanso eterno antes que permitir que vegete como un muñeco roto de carne y hueso, sufriendo en un silencio que ni él mismo alcanza a comprender.

Hagamos una distinción clínica indispensable: existen diagnósticos neurocognitivos o limitaciones físicas que, mediante terapias y controles adecuados, permiten al individuo alcanzar grados notables de independencia y funcionalidad adulta. Esos casos tienen horizonte.

Pero cuando la condición médica condena al niño a ser un dependiente absoluto cuya única manifestación de existencia es el reflejo involuntario de la respiración, el panorama es radicalmente distinto.

Detesto con rabia visceral las producciones cinematográficas y los reportajes sensacionalistas que disfrazan la tortura médica de "resiliencia, amor y lucha". Nos presentan a padres haciendo lo imposible por mantener conectados a niños que a duras penas registran el entorno, vendiéndolo como un triunfo del espíritu. Para mí, esos casos no son dignos de admiración: son la prueba irrefutable del egoísmo y la crueldad humana.

Obligar a vegetar a un ser incapaz de experimentar la existencia solo para no enfrentar el duelo propio no es un acto de amor; es la incapacidad narcisista de aceptar la tragedia. Es someter a un inocente a una prórroga de dolor solo para anestesiar la culpa de los padres.

Página 2

Deseo ser madre algún día. No sé qué clase de madre seré, pero tengo claro qué vida deseo para mi descendencia: quiero un hijo pleno, que corra, salte, ría y, por encima de todo, posea la autonomía para valerse por sí mismo.

Y si evitarle a un hijo el infierno de la inmovilidad eterna me convierte ante los ojos de la sociedad en una mujer inhumana, fría o desalmada, que así sea. Asumo el estigma, pero jamás la complicidad de llamar "vida" a la simple supervivencia biológica.

140

Cargando comentarios...