La flor que crece entre las ceniza
Una historia que aún se escribe..
Había una vez una flor que nació donde nadie esperaba verla. No creció entre jardines perfectos ni bajo un cielo siempre azul; nació entre cenizas, en un lugar donde hasta la esperanza parecía pequeña y difícil de encontrar.
Era una flor sensible. Sentía demasiado, pensaba demasiado y, a veces, construía muros para protegerse, aunque casi siempre dejaba pequeñas puertas abiertas para quienes quisiera. Tenía miedo de ser herida, miedo de no encajar y miedo de que algún día las personas que quería decidieran marcharse.
Vivía con preguntas que no siempre sabía responder. Era demasiado sensible?¿Demasiado insegura?¿Demasiado diferente?
Pero había algo que nadie podía quitarle: su imaginación.
Cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso, la flor inventaba otros mundos. Creaba escenas, personajes, historias y finales que solamente existían dentro de su cabeza. Y entre palabras encontraba algo que afuera le costaba encontrar: tranquilidad.
La escritura se convirtió en su pequeño refugio. No porque pudiera borrar las cenizas, sino porque podía convertirlas en versos, y convertir los versos en alas para volver a respirar.
Hubo noches en las que las sombras parecían más grandes que ella. Momentos en los que se sintió perdida, temporal, como si estuviera de paso por una vida que todavía no sabía cómo comprender. A veces incluso buscaba provocar sus propias lágrimas, como si llorar fuera una manera extraña de sacar todo aquello que llevaba dentro.
Pero con el tiempo descubrió algo:
Llorar no significaba estar roto. Sentir no significaba ser débil. Tener miedo no significaba no ser valiente.
La flor comenzó a entender que no necesitaba convertirse en otra persona para merecer un lugar en el mundo.
Así que decidió seguir escribiendo.
Escribía cuando estaba feliz. Escribía cuando estaba triste. Escribía cuando no entendía lo que sentía. Y escribía especialmente cuando necesitaba recordar que todavía había algo dentro de ella que quería continuar creciendo.
No sabía qué le esperaba mañana. Nadie lo sabe realmente.
Pero había aprendido que la vida podía ser cruel y hermosa al mismo tiempo; que podía haber días grises y también amaneceres; que algunas personas podían irse y otras podían llegar; que algunas heridas tardaban en cerrar y que crecer no siempre significaba dejar de tener miedo.
Por eso dejó de preguntarse cuándo desaparecerían las cenizas.
En cambio, comenzó a preguntarse:
¿Qué puedo hacer para crecer entre ellas?
Y entonces, lentamente, la flor abrió sus pétalos.
No porque hubiera dejado de sentir miedo. No porque hubiera encontrado todas las respuestas. No porque su historia se hubiera vuelto perfecta.
Sino porque comprendió que una flor no necesita un jardín perfecto para crecer.
A veces basta con una pequeña grieta, un poco de luz, una gota de esperanza y el deseo de seguir intentando.
Y así siguió creciendo.
Entre dudas. Entré recuerdos. Entré lágrimas. Entré historias.
Entre las cenizas.
Porque quizás su mayor victoria nunca fue convertirse en alguien sin miedo.
Quizás fue algo mucho más sencillo:
seguir siendo una flor, incluso después de todo.
Gracias por leer.
Autor: Emmanuel Zavala.


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