CABEZA REVUELTA

Microrrelato

Todo inició con una palabra. 

Una tontería, o quizás sí fue algo importante. 

El punto es que ahora mi mente va a mil revoluciones por minuto, impidiéndome dormir. Siento los ojos ardientes e hinchados mientras liberan mi desesperación en gotas saladas.

Detente. Por favor, detente. Solo un segundo.

Lo pido agónicamente mientras me afianzo con fuerza al cabello, arrancándome unos mechones de paso. Intento respirar de forma errática para ganar al menos un bocado de aire que me calme, pero cada bocanada es como tragar agua. El pecho se me contrae en un torniquete invisible. Un nudo caliente me sube por el esófago y se instala en la garganta, bloqueando cualquier rastro de oxígeno.

Inhala, exhala. Inhala...

Me lo repito una y otra vez mentalmente, tratando de concentrarme únicamente en esa pequeña instrucción, pero no puedo. El diafragma se me sacude. El pulso me martillea las sienes: pum, pum, pum, acelerado, rítmico, descontrolado.

Ese primer pensamiento trajo a cien más de la mano. Un ejército enjambre retumbando dentro de un cráneo que siento a punto de reventar.

¿Por qué lo dije? ¿Sonó tonto? Seguro pensaron que soy una imbécil. No, no solo tonta: patética. Siempre lo arruino todo. ¿Y si se dan cuenta? ¿Y si mañana ya no me hablan? ¿Y si pierdo todo por esto?

Las ideas chocan unas contra otras como autos en una autopista sin frenos. El pasado vuelve para escupirme mis peores errores en alta definición y el futuro se dibuja como un mapa minado de catástrofes inevitables. No hay presente. El presente es este espacio asfixiante consumido por el rumor sordo de un cerebro acelerando a diez mil revoluciones por minuto.

Me sujeto las rodillas con fuerza mientras el cuerpo empieza a temblar. Quiero gritar, quiero abrirme la cabeza y sacarme la masa gris con las manos para tener aunque sea cinco minutos de silencio.

—Basta... ya basta... por favor, apágate —suplico en un susurro rasposo que se pierde en la oscuridad de la habitación.

Pero la mente no escucha a la víctima que alberga. Sigue tejiendo hilos, analizando probabilidades, reescribiendo el pasado, anticipando tragedias que no han ocurrido y creando un infierno a medida donde cada escenario termina en ruina. Sentada en medio de la cama, abrazándome a mí misma mientras el llanto me hiperventila, entiendo la aterradora verdad de mi patología: no estoy encerrada en una habitación; estoy atrapada dentro de mi propia cabeza, y el verdugo lleva mi propio rostro.

60

Cargando comentarios...