Algo que me duele, me indigna y me enerva la sangre respecto a mi propia carrera es presenciar cómo una panda de sinvergüenzas se promociona impunemente en redes sociales bajo las etiquetas de "psicólogos cristianos", "psicólogos activistas", "coaches intuitivos" o mercaderes que aplican técnicas desprovistas de cualquier rigor o evidencia científica, como las célebres y dañinas "constelaciones familiares".

A esa gente no la considero parte de mi gremio. Los veo como una absoluta vergüenza profesional; una de las razones principales por las cuales el público general observa hoy a los verdaderos especialistas de la salud mental con escepticismo, alimentando el rancio estigma de que somos "loqueros" y terminando por fragmentar la psique de un paciente golpeado en lugar de reconstruirla.

Lo primero que te graban a fuego al ingresar a esta facultad es el imperativo de la neutralidad e imparcialidad clínica.

No es una sugerencia optativa; está estipulado con claridad en el Código Ético y Deontológico, en su articulado sobre competencias profesionales:

«El profesional debe respetar las diferencias culturales, de género, etnia, ideología u orientación sexual, absteniéndose de imponer sus propias creencias o sistemas de valores a los consultantes, y no debe utilizar técnicas ni procedimientos que carezcan de suficiente validez, confiabilidad y justificación sobre bases científicas.»

Nadie pretende prohibir que un profesional exprese en sus canales personales sus posturas políticas, su fe, sus lecturas sobre la contingencia o sus inclinaciones individuales. Pero cuando se decide abordar un fenómeno social o clínico desde el rol y el título de psicólogo, la objetividad, la racionalidad y el método científico son requisitos no negociables.

El sentimentalismo barato y el dogmatismo no generan conciencia ni capacidad analítica; solo producen ruido blanco para engordar el ego de las masas en redes sociales. Usar la credencial universitaria para validar dogmas personales o militancias de turno destruye la frontera entre la divulgación científica y la propaganda ideológica. La línea de contención es delgada, y en un formato digital que premia el escándalo y la reacción visceral, la ética profesional suele ser la primera víctima en ser sacrificada.

Para todas las manzanas podridas que ensucian la profesión: jamás los consideraré colegas. Sus métodos me producen un rechazo profundo y su ejercicio es un insulto a la ciencia.

Si no tienen la talla moral ni la disciplina intelectual para respetar los límites éticos que esta disciplina exige, háganle un favor a la salud pública: cuelguen la bata y abran paso a quienes sí amamos, ejercemos y respetamos con rigor esta profesión.

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