La noche que me rompiste el corazón, estaba acostado en el sillón que esta junto a la ventana que da vista a la calle. La luz natural de la luna que apenas alcanzaba a colarse por la separación de las cortinas, era lo único que iluminaba la sala. Ahí me encontraba yo, conteniendo el llanto con todas mis fuerzas, aferrándome a mi alma. Era tanto el esfuerzo que hacia por no soltar las lagrimas que podía sentir como me perforaban el corazón, gritando y rasgando incesantemente que las dejara salir. Sabia que si lo hacia quizás me daría un poco de calma, pero también sabia que ya no podría parar y lloraría toda la noche hasta cansarme y quedarme sin voluntad alguna. Era yo el que gritaba por dentro y me preguntaba una y otra vez; ¿Qué me falto?, ¿Qué no te di?, ¿Por qué lo haces?, ¿Por qué?, ¿Por qué?... ¡¡¡ ¿Por qué?!!!
Me hacia pedazos el no encontrar la mas mínima explicación a tu indiferencia, me resultaba aterrador pensar que todo este tiempo no te había hecho sentir sentimiento alguno, tan solo algo que pudiera hacerte difícil despedazarme de esta manera. Tu mirada tan fría, tus contestaciones tan cortas. Todo eso me mataba tan lento pero tan intensamente ahí, en el sillón donde me encontraba.
No quería oír nada de nadie, solo de ti. Quería que fuera una simple pelea más de las que solíamos tener, pero no. Sabía que esta vez era diferente. Lo pude sentir en lo gélido de tus frases tan punzantes, que me cortaron y me dejaron desangrando los sentimientos. Pero tan solo me dejaste mal herido, agonizando y a sabiendas de que quizá algún día pueda recuperarme. Tal vez te causa placer pensar que lo volverás hacer una vez más o las veces que quieras. La tristeza se combina con mis lágrimas, provocándome escalofríos, congelando mis suspiros, haciéndome pensar que no estoy en la realidad. Segundos después vuelvo y me pregunto:
¿Por qué no me terminas ya?
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