Todos los días de lunes a viernes por las mañanas se puede observar desde afuera el interior de la cocina en la casa de doña clarita en la calle almendras #118. Se le puede ver participe de la misma rutina. Dulzura de señora preparándose un te de manzanilla con un poco de  miel de abeja, lo disfruta a pequeños sorbos mientras cabila las manecillas del reloj en forma de gato que esta colgado en su pared. Al momento de terminar su te para calmar las ansias, se dispone a lavar la taza y la cuchara muy detalladamente, la enjabona y enjuaga varias veces hasta que tenga el brillo de su agrado. Tan tierna y con tan lindas costumbres, su delantal planchado perfectamente y sus zapatos más conservados que la mismísima pintura Der Kuss de Gustav Klimt en la galería de la sección vienesa en Austria.
Pero algo fue diferente ese día que yo iba pasando como de costumbre después de terminar mis clases en la universidad. Vi a doña clarita muy alterada tallando fuertemente su delantal en el lavaplatos, con una desesperación inmensa. Me acerque a la ventana que da vista a la cocina para apreciar mejor que estaba pasando y puede mirar agua roja siendo exprimida de la ropa de doña clarita. — ¿Esta usted bien? ¿Necesita ayuda?, pregunte varias veces a la viejecita pero parecía no escucharme, así que procedí a entrar a su casa, no vaya ser que haya sufrido un accidente en la cocina. Fue fácil entrar, la puerta no tenia puesto el pasador, debió olvidar ponerlo pensé. Luego procedí por la sala cuando vi un camino de sangre espesa que provenía de una puerta, así que corrí hacia la cocina, esto podía ser mas grave de lo previsto, y ahí seguía doña clarita tallando con exasperación —¡Señora! ¿Esta usted bien?, pregunte una vez y de nuevo no parecía escucharme, entonces la tome por el hombro para hacerle saber de mi presencia, así que volteo la mirada pero sus lentes estaban algo empañados por el vapor del agua caliente que aun seguía corriendo por la llave del fregadero, todo el delantal estaba rosado y su linda camisa de bordados tenia manchas de sangre, su cuello estaba salpicado también, cabello desalineado de un lado y algunas arañadas debajo de su oreja, todo aquello como si hubiera tenido una riña con algún felino callejero.  Y así sin el mas mínimo indicio de agresión levanto un cuchillo carnicero y lo clavo en mi tórax, fue tan rápido que ni si quiera sentí el filo perforándome la piel, tan solo admiraba como iba naciendo en mi playera una circunferencia rojiza que crecía mientras mis ojos expresaban sorpresa y un asombro terrible, no entendía que pasaba, tan solo corrí y por la desesperación tome la mala decisión de entrar a la habitación de donde venia el rastro de sangre que vi antes. Estúpida ley de Murphy, el cuarto era una bodega de cadáveres picados y con huecos en el estomago, pero ya no pude sorprenderme mas pues comencé a sentir el dolor del corte recién hecho en mi cuerpo, dolor y debilidad, me estaba desangrando. ‘clic’, se escucho el sonido del pasador de la puerta, pero ya no importo mas, me sostuve como pude y me recosté al lado de un cuerpo desmenuzado. Ya era parte del próximo encargo para la venta de órganos de la tierna y cariñosa Doña Clarita.
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