Ahí se encontraba con mirada dudosa pero no así dejaba de resaltar su porte arrogante. A leguas se veía lo oneroso de sus prendas. El doctor Emilio Arévalo postrado frente a una vitrina de vinos y postres. No sabía que elegir como regalo de navidad para su esposa e hijos. Hacía distantes meses que no los veía, pues, sus gustos por “la vida cara” lo mantenían en viajes de trabajo y seminarios de dicha doctrina. Antes de dirigirse a su casa tuvo la idea de ir a la de un colega que le había presentado la invitación a tomar un trago para la cálida noche buena. Así lo hizo.
Llego a su casa pasadas las 12 pero no había nadie, tan solo platos con sobras de comida, luces encendidas y un ligero sonido que provenía del estéreo reproduciendo villancicos. Se sentó junto al árbol navideño, tomo el regalo con su nombre y pronto aprovecho a abrirlo. Dentro de la caja venia un bonito reloj con acabados en madera. Aun lado del árbol había una nota que decía:
Querido esposo mío, esta navidad solo quiero que nos regales tiempo a mí y a tus hijos. Esmeralda dijo que no te gustaría este presente así que fuimos con mi hermana Imelda para pedirle una botella de vino de esas que tanto disfrutas. Brindaremos en cuanto lleguemos. Te amamos.
12 minutos transcurrieron cuando atendió la llamada donde se le informaba que su familia había sufrido un accidente debido a las fuertes nevadas de esa noche. En el lugar del accidente yace ahí, intacta una pequeña caja de una botella de vino. De esas que Emilio Arévalo disfrutaba tanto.
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