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"Los relojes que se adelantan"

Edurne Brazal Goitia@edurnebrazalgoitia
11 sept 2026·6 min de lectura

Hay relojes que conocen la tristeza. No porque sepan nombrarla, ni porque puedan distinguir una lágrima de una gota de lluvia, sino porque permanecen allí cuando todos se han marchado.

En algunas habitaciones el tiempo no pasa igual. Se queda pegado a las paredes, duerme debajo de las camas, se esconde entre las cortinas y espera.

En otras, de repente, el reloj empieza a correr. Un minuto se convierte en dos, las agujas parecen tener prisa, y la tarde desaparece antes de que nadie haya encendido la luz.

Yo creo que ocurre en las habitaciones donde alguien ha llorado. No en todas. Solo en aquellas donde las lágrimas han caído sin hacer ruido.

Habitaciones con una silla vacía, con una taza enfriándose sobre la mesa, con una cama que conserva el hueco de un cuerpo que ya no está o que está, pero se siente lejos.

Habitaciones donde alguien ha mirado el teléfono sin atreverse a llamar. Donde una fotografía ha sido colocada boca abajo para poder respirar. Donde una camisa todavía conserva un olor que el tiempo no ha sabido borrar.

Quizá por eso los relojes se adelantan. Porque la tristeza no sabe caminar despacio. Necesita salir. Cruzar la puerta. Bajar las escaleras. Atravesar la calle sin mirar atrás.

La tristeza tiene prisa cuando lleva demasiado tiempo viviendo dentro de nosotros. Y entonces el reloj corre. Corre como corre alguien cuando ha llegado tarde a una despedida. Como corre el agua cuando encuentra una grieta. Como corre la sangre cuando el corazón recuerda de pronto que todavía está vivo.

He visto relojes adelantados sin saber por qué. Las agujas marcaban las seis cuando apenas eran las cinco. Afuera quedaba todavía una hora de luz, pero dentro de aquella habitación ya era de noche.

Quizá el reloj no estaba equivocado. Quizá simplemente había aprendido a medir otra cosa. No las horas. No los minutos. No ese mecanismo preciso que nos enseñaron a obedecer desde pequeños.

Medía el cansancio. La espera. Las veces que alguien había tragado saliva para no decir lo que sentía. Medía las noches en las que una persona miró el techo hasta que amaneció sin haber conseguido dormir.

Medía el tiempo que tarda una pena en encontrar una salida. Porque hay tristezas que no caben en un cuerpo. Se quedan en los hombros, se acumulan detrás de los ojos, pesan en las manos, se esconden en la garganta como una palabra que no termina de nacer.

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Y llega un momento en que necesitan marcharse. No porque hayan dejado de doler. Sino porque ya no pueden seguir ocupando el mismo lugar.

Entonces las lágrimas hacen su trabajo. Caen. Una detrás de otra. Sin pedir permiso. Sin explicar nada. Y mientras caen, el reloj se adelanta. Como si quisiera ayudar. Como si supiera que algunas tristezas necesitan llegar primero a alguna parte.

Tal vez a la mañana. Tal vez a una conversación pendiente. Tal vez a esa versión de nosotros que todavía no conocemos. Tal vez simplemente a un lugar donde duela menos.

Me gusta pensar que el tiempo también se compadece. Que a veces cuando nos ve cansados decide empujarnos un poco. Nos quita una tarde. Nos roba una hora. Nos lleva sin avisar hasta una fecha que todavía no sabemos que necesitábamos alcanzar.

Por eso algunas personas dicen que los años pasan rápido. Pero quizá no sea el tiempo el que corre. Quizá somos nosotros los que dejamos de mirar cada minuto.

Después de una pérdida, por ejemplo, los primeros días parecen eternos. La mañana pesa. La tarde no termina. La noche se queda sentada al borde de la cama.

Todo tarda. El café tarda en enfriarse. El teléfono tarda en sonar. La puerta tarda en abrirse. El sueño tarda en llegar.

Y después, sin que nadie nos pregunte, los meses empiezan a correr. Un calendario. Otro. Otro más. Hasta que un día descubrimos que ha pasado un año y todavía sabemos exactamente dónde estábamos cuando ocurrió aquello.

El tiempo avanza, pero la memoria no siempre lo acompaña. Hay recuerdos que se quedan atrás con una fidelidad extraña. Una luz determinada. El sonido de una persiana. Una canción lejana. El tacto de una mano. El olor de una habitación antes de que cambiara todo.

Pequeñas cosas que nadie consideraría importantes y que, sin embargo, son capaces de devolvernos a un instante con una precisión dolorosa.

Entonces comprendemos que olvidar no es avanzar. Avanzar es poder recordar sin quedarse a vivir allí.

Quizá eso intentan hacer los relojes adelantados. No borrar lo ocurrido. No curarnos deprisa. No decirnos que mañana será mejor como si las heridas obedecieran al calendario.

Solo empujarnos suavemente hacia delante. Un minuto. Otro. Otro. Hasta que un día la habitación vuelve a llenarse de luz y ya no necesitamos cerrar las persianas.

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Hasta que podemos abrir una ventana sin sentir que el aire trae demasiado pasado. Hasta que aquella silla vacía deja de ser solamente ausencia y se convierte también en el lugar donde aprendimos a sentarnos con nosotros mismos. Hasta que la taza que permaneció intacta puede volver a utilizarse. Hasta que la cama deja de parecer un territorio extraño. Hasta que conseguimos dormir sin negociar con la noche.

Entonces el reloj quizá vuelva a ponerse en hora. Y nadie lo celebra. No hay música. No hay una puerta que se abra. No hay una voz diciendo: ya estás bien.

Solo sucede. Una mañana cualquiera miramos la esfera y las agujas coinciden con el mundo.

Son las ocho. Y son las ocho. Nada más. Pero sabemos que hemos llegado. Que aquella tristeza que un día necesitó correr ha encontrado finalmente un lugar donde descansar. Y quizá nosotros también.

Porque no todo lo que se marcha desaparece. Algunas cosas simplemente cambian de habitación.

La tristeza puede abandonar el pecho y quedarse un tiempo en la memoria. El amor puede dejar de doler y convertirse en gratitud. La ausencia puede aprender a sentarse a nuestro lado sin ocupar toda la silla. Y el tiempo, ese animal extraño que nunca hemos conseguido domesticar, puede seguir pasando.

Pasará. Aunque lloremos. Aunque tengamos miedo. Aunque algunas mañanas no queramos levantarnos. Pasará incluso cuando pensemos que se ha detenido.

Quizá porque el tiempo no sabe hacer otra cosa. Quizá porque la vida también necesita escapar de las habitaciones donde hemos llorado.

Y entonces entiendo aquello que durante tanto tiempo me pareció injusto: que los relojes se adelanten precisamente allí donde más querríamos que se detuvieran.

No lo hacen para huir de nosotros. Lo hacen porque saben que hay dolores que necesitan una puerta. Y cuando no encuentran ninguna, abren una grieta en las horas. Dejan entrar la mañana. Dejan salir el llanto. Y siguen. Siempre siguen. Aunque nosotros tardemos un poco en aprender a hacerlo con ellos.

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Escrito porEdurne Brazal GoitiaEscritora y poeta de emociones, memoria y piel. Escribo poesía, relatos y libros sobre aquello que …
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