Mi sombra y yo firmamos
un pacto sin condiciones.
Ella guarda mis reclamos,
yo sostengo sus visiones.
Ella cuida mis derrumbes,
yo escucho sus direcciones.
Y en ese pacto que amamos,
sin culpas ni divisiones,
somos luz cuando sangramos.
Ya no huimos aunque
estamos aún llenos
de imperfecciones,
ni escondemos lo que damos
a las viejas decepciones.
Aprendimos que, al mirarnos,
sin disfraces ni razones,
también podemos curarnos
de antiguas contradicciones.
Ella conoce mis silencios,
yo comprendo sus temores;
y aunque a veces
nos perdemos
entre heridas y rumores,
cuando el mundo nos deshace,
ella vuelve y me sostiene,
porque sabe que renace
lo que el miedo no mantiene.
Y así seguimos, de la mano,
sin promesas de grandeza,
aceptando que lo humano
nace aún de la tristeza.
Porque mi sombra
ya no es miedo,
ni yo quiero desterrarla:
si aprendí a quererme entero,
fue también por escucharla.
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