La memoria tiene olor a domingo.
Lo descubrí hace años, aunque entonces no sabía nombrarlo.
Olía a café.
A pan recién cortado.
A comida cocinándose despacio desde media mañana. A ropa limpia y a ventanas abiertas. Olía a una casa en la que todavía vivía gente que hoy solo existe en determinadas fotografías.
Los domingos de mi infancia tenían una manera extraña de no tener prisa. El reloj estaba allí, por supuesto, pero parecía formar parte de la decoración. Nadie lo miraba demasiado.
Había una radio encendida en alguna habitación. Alguien hablaba desde la cocina. Una puerta se cerraba. Otra volvía a abrirse. Y yo podía quedarme en pijama mucho más tiempo del que cualquier otro día parecía permitido.
Recuerdo especialmente el olor del pasillo. No sé por qué. No era un olor extraordinario. Cera. Jabón. Comida. Un poco de humedad cuando llovía.
Pero hoy, si aparece algo parecido en cualquier lugar, mi memoria abre una puerta sin preguntarme. Y vuelvo. No a un año concreto. No a una fotografía. Vuelvo a esa sensación de saber que alguien estaba cerca. De escuchar voces sin necesitar participar. De tener la certeza infantil de que el día siguiente todavía quedaba lejos.
Qué poco sabíamos entonces sobre el tiempo.Creíamos que las cosas se quedaban porque sí. Las personas. Las casas. Las costumbres. Los domingos. Pensábamos que una mesa puesta era una promesa. Que quien estaba allí seguiría estando. Que las voces del pasillo pertenecían al mundo de las cosas permanentes.
Después crecimos. Y aprendimos. Las mesas se hicieron pequeñas. Algunas sillas quedaron vacías. La radio dejó de sonar en determinadas habitaciones. Y hubo domingos en los que la casa parecía demasiado grande para tan pocas personas.
Durante mucho tiempo pensé que echaba de menos aquellos domingos. Hasta que una mañana estaba haciendo café y el olor me llevó de repente a aquella cocina.
Me vi pequeña. Descalza. Escuchando a los mayores hablar de cosas que entonces me parecían incomprensibles.
Y entendí algo. No echaba de menos el domingo. Echaba de menos la manera en que yo habitaba el domingo. Sin anticipar el lunes. Sin contar pérdidas. Sin saber que un día tendría que aprender a echar de menos.
Quizá por eso la memoria utiliza los olores. Porque las imágenes nos enseñan lo que ocurrió, pero los olores nos recuerdan cómo se sentía.
Un perfume puede devolvernos a una persona. El olor de la lluvia a una ciudad. El pan caliente a una mañana. Y el café de una cocina puede devolvernos a una edad entera.
Ahora algunos domingos los preparo yo. Pongo música. Abro las ventanas. Hago café. Dejo que la comida se haga despacio. Y mientras la casa se llena de ese olor antiguo, comprendo que quizá la memoria no quiere llevarnos atrás.
Solo quiere recordarnos que hubo un tiempo en que estuvimos allí. Que fuimos felices sin saber que lo éramos. Que hubo personas cuyas voces todavía viven en algún rincón de nosotros.
Y que algunas cosas no necesitan volver para seguir formando parte de nuestra vida.
A veces basta con que una mañana cualquiera, mientras el café termina de hacerse, el aire cambie ligeramente y, durante un instante, la casa vuelva a llenarse de aquellas voces.
Entonces cierro los ojos. Y sonrío. Porque ya sé dónde guarda la memoria sus secretos. No siempre en los álbumes. No siempre en las palabras. A veces los guarda en algo tan sencillo como el olor de un domingo que, después de tantos años, todavía sabe cómo llevarnos a casa.
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