No estoy aquí para hacer poemas ni nada de ese mundo. Lo único que quiero es hablar de…
Bueno, todos ya sabéis que es precisamente ESO… el centro, el interno, mi hermano, yo, el apoyo…
El apoyo que nos dan, sobre todo a mi madre y a mí (del insti), es inmenso. Todo el mundo a sus palabras nos da su soporte y nos ayuda de esa forma; todos dicen que irá muy bien.
Sé que lo tratarán muy bien. Y no me cabe duda de que a él le gustará ser tratado de esa forma.
Bueno, alguna duda sí que hay… Vale, que le irá muy, muy, muy bien, pero solo saben cómo será tratado; no saben si él reaccionará bien a ese mundo.
Y me cuesta muchísimo aceptar que de ahora en adelante estará en un sitio desconocido desde el que A MÍ no me llega información directa de él de cómo está adaptado.
Y estoy hablando de mí, sí. No tengo ni idea de cómo está él, pero sé que yo, por razones que hoy desconozco, estoy hartísima de la amabilidad de todos, de sus mentiras al decir que él está bien con seguridad y de su estúpida manera de hablar de cómo estás tú sin ni siquiera haber cruzado la tormenta que llega a la respuesta de esa dichosa pregunta.
¿Cómo estás?
Cada persona nueva que llega al punto de hacer esa pregunta y que haga ver que está insatisfecha de tu agotado “bien” me rompe uno de esos hilos que estaba tan tenso.
Vaya, otra que se preocupa por ti… ¿Pero puedes no quedarte ahí quieta escuchando mi respuesta y venir a sujetarme? Porque me caigo, y te aseguro que no te espero. No es el problema que me acabas de pasar al preguntarme cómo estoy, es tu tono, es tu expresión, es el asco que me atrevo a leer en tu cara.
Y entonces me dices: "Tranquila, Laura, baja esos humos…".
Es que estoy hasta arriba de tus formas inútiles de tranquilizarme. Me enseñas a mostrar mis sentimientos y luego me los prohíbes. ¿Es que ya no puedo ser yo misma?
Veo toda mi vida pasar tan rápido cuando cruzo un paso de cebra cualquiera, cuando veo a esa niña pequeña riéndose con ganas, cuando llego a casa, cuando esa amiga te pregunta cómo estás, cuando te paras a pensar y sabes muy bien que no has vivido lo suficiente. Y es que no me gusta la sensación de sentir que tu imaginación sigue y sigue y no para de enseñarte momentos que te han hecho llegar hasta aquí.
Pero claro, luego te das cuenta de que no es la imaginación, es el destino.
El destino que tiene tu hermano al pasarse los 17 en un centro. El destino que tiene esa amiga al preguntar para sentirse bien y tener otra cosa hecha. El destino de tu agotada madre, que se cansa cada día delante de ti para que veas que sigue en pie. Tu destino después de escuchar soluciones inútiles que te hacen ver que no lo vales.
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