Sé que cuando me insultas o me tratas mal, puede que llore o me enfade, y tú serás el que saldrá feliz porque te habrás salido con la tuya; lo sé. Pero también sé que la razón por la que lloro no son tus insultos; simplemente, es que después de repetirme y repetirme lo mala que soy, me lo empiezo a creer, y me vuelvo loca, pero, tranquilo, hay más. No me enfado por lo que sea que me has hecho, sino porque dejo marchar el problema y huyo, lo dejo atrás, olvidado, porque no creo que me escuches por una sola vez y me hagas caso. Pero tú, a pesar de todo, también tienes debilidades, y yo las puedo notar; sea de la forma que sea, tú también huyes. Huyes de ti mismo, de tu interior, de quien realmente eres. Dejas atrás tu propio yo, como si te escondieras de todo lo que sientes. El sol te manda luz cada día. Y lo hace para que brilles, entonces, ¿puedes salir de ese árbol tan robusto que hace sombra? ¿Puedes aceptar la totalidad de tu mérito en vez de la mitad? ¿Puedes dejar de negarle a tu humanidad los sentimientos que crecen dentro de ti de una vez?
¿Puedes creerme cuando te digo que sé que no todo lo malo de esta vida tiene que pasarte a ti? Porque lo sé. Y también sé que hay esperanza. Yo todavía la tengo. Todavía confío en que puedes cambiar, en que puedes dejar de huir, enfrentarte a ti mismo.
Y solo quizás puedas finalizar con el daño y la preocupación que ocupa tanto a tu alrededor. Quizás puedas dejar de apoyar tu vida en la mía.
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