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“La extraña geometría de querernos”

Edurne Brazal Goitia@edurnebrazalgoitia
15 sept 2026·4 min de lectura

Nunca supimos querernos en línea recta.

Tú avanzabas cuando yo necesitaba detenerme. Yo hablaba cuando tú necesitabas silencio. Tú cerrabas una puerta para pensar. Yo la dejaba abierta por si querías volver.

Éramos dos maneras distintas de llegar al mismo sitio. Y durante mucho tiempo creí que aquello era el problema.

Intenté aprender tu idioma. Medí mis palabras. Conté los minutos antes de escribirte. Ensayé despedidas que no quería pronunciar.

Tú hiciste lo mismo. Aprendiste a preguntar cuando lo que querías era desaparecer un rato. Te quedaste cuando tu miedo te pedía marcharte.

Nos esforzamos tanto por parecernos, que casi dejamos de reconocernos.

Una noche discutimos por algo insignificante. Ya ni siquiera recuerdo qué. Tal vez una puerta. Una llamada. Una taza abandonada sobre la mesa. Las cosas pequeñas son expertas en llevar el peso de las grandes. Tú estabas junto a la ventana. Yo, al otro lado de la habitación. Y entonces miré el espacio que había entre nosotros. No era mucho. Unos pasos. Quizá cuatro. Pero parecía un país entero. Pensé:

¿Cómo puede caber tanta distancia entre dos personas que se quieren?

No encontré respuesta. Así que me senté. Tú también. Y permanecimos allí. Sin arreglar nada. Sin pedirnos perdón demasiado deprisa. Sin intentar tener razón. Solo dos personas cansadas sentadas en extremos de la misma habitación.

Después de un rato estiraste una pierna. Yo también. Nuestros pies quedaron a pocos centímetros. Me hizo gracia. Tú sonreíste. Y aquella pequeña sonrisa fue la primera línea de un dibujo nuevo.

No sabíamos todavía qué figura estábamos formando. Solo sabíamos que seguíamos allí. Con nuestras esquinas. Nuestros ángulos. Nuestras curvas. Nuestras imperfecciones.

Aprendimos entonces que quererse no siempre significa coincidir. A veces significa saber dónde termina uno para no invadir al otro. Saber cuándo acercarse. Cuándo esperar. Cuándo preguntar:

-¿Quieres que me quede?

Y aceptar un:

-Necesito estar sola.

Sin convertirlo en una herida.

Aprendimos que el amor no es una regla con la que medir quién da más. Ni una balanza. Ni una prueba. Ni una competición secreta para descubrir quién necesita menos al otro.

El amor se parecía más a una casa que construíamos sin plano. Una pared aquí. Una ventana allá. Un espacio vacío que decidíamos no llenar. Porque también aprendimos que hay huecos necesarios. Lugares donde el otro puede respirar.

Una tarde movimos las dos sillas del salón. Sin hablar.

Las dejamos frente a frente.

Luego una junto a la otra.

Después volvimos a separarlas.

Nos reímos. Parecía absurdo. Pero quizá estábamos entendiendo algo importante:

Página 2

No existe una distancia perfecta.

Hay días en que necesitamos estar cerca hasta rozarnos. Y otros en que querernos significa dejarnos unos metros.

No para alejarnos. Para poder volver sin sentir que hemos desaparecido dentro del otro.

Con los años dejé de preguntarme si éramos compatibles. Qué palabra tan pequeña para algo tan enorme.

Ahora pienso que éramos dos formas que aprendieron a convivir sin dejar de ser diferentes. Tú no eras mi mitad. Yo tampoco la tuya. Éramos completos antes de encontrarnos. Y quizá por eso pudimos elegirnos. No para completarnos. Para acompañarnos.

Una noche, mucho después, volvimos a sentarnos en aquella habitación. Las mismas paredes. Dos sillas.La misma distancia aproximada.

Te miré.

-¿Sabes qué pienso?

-Qué.

-Que nunca aprendimos a querernos bien.

Te quedaste callado. Luego sonreíste.

-Quizá no.

Hiciste una pausa.

-Pero aprendimos a querernos de verdad.

Y entendí la diferencia. Porque lo perfecto habría sido encajar. Lo verdadero era otra cosa. Era aprender dónde tocar sin hacer daño. Dónde callar. Dónde insistir. Dónde dejar espacio. Era aceptar que a veces nuestras líneas se separaban para encontrarse más adelante. Que algunos ángulos sólo tenían sentido cuando se miraban desde lejos. Y que quizá la forma más hermosa de querernos no había sido conseguir que nuestras geometrías coincidieran, sino descubrir, después de tantos años, que incluso siendo distintos, habíamos conseguido dibujar un lugar donde cabíamos los dos.

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Publicado en Textale · Obra registrada bajo licencia de autor
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Escrito porEdurne Brazal GoitiaEscritora y poeta de emociones, memoria y piel. Escribo poesía, relatos y libros sobre aquello que …
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