La poda del linaje podrido: El mito de la sangre sagrada y la sanación por amputación

Pensamientos

Existen tantas variaciones de clanes en el mundo como formas de miseria: familias buenas, malas y otras que simplemente logran ser "tolerables". La mía, por supuesto, no es la excepción a la regla. Al principio, no lo niego, sus dinámicas me infectaban de una rabia ciega. Tiempo después, y gracias al lente clínico de mi carrera, logré comprender la anatomía del desastre: son un grupo de sobrevivientes mutilados por sus propios complejos y traumas, arrastrándose por la vida de la misma forma en que lo hace un soldado que regresa de una guerra sangrienta, cruel y sin sentido.

Sin embargo, comprender el origen de su disfunción no es una carta blanca. Explicar el daño jamás significará justificarlo.

Lo verdaderamente perverso no es que te lastimen; el horror real empieza cuando intentas hablar del trauma. Cuando quieres ponerle nombre a la herida y señalar el origen del daño, el clan activa de inmediato su protocolo de defensa: intentan por todos los medios justificarse, asumen una postura de mártires o te lanzan un perdón irónico mientras te recalcan, como si fueran héroes, favores y acciones que cualquier ser humano con un mínimo gramo de empatía y respeto hacia su propia sangre debería hacer por inercia. Te cobran el peaje de la existencia.

Es en ese preciso instante de lucidez cuando te das cuenta de que el dichoso "vínculo sagrado" no es más que una cadena oxidada que te carcome la piel a fuego lento. Para salvar la autoestima y, sobre todo, para preservar los últimos restos de salud mental, la única opción lógica es cortar por lo sano. Podar el árbol hasta quemarle la raíz. Reducir la interacción a un mero acto de presencia en momentos estrictamente necesarios y protocolares: un familiar moribundo o un funeral. Nada más.

Esta no es una decisión que se tome de la noche a la mañana, ni mucho menos un proceso indoloro; es una amputación necesaria para que el resto del cuerpo no se gangrene.

Hay familias que están irreparablemente rotas, pobladas por miembros destruidos que a duras penas logran mantenerse a flote emocionalmente. Compartir con ellos deja de ser un espacio de refugio y se convierte en una condena obligatoria. Ninguna familia es perfecta y ningún ser humano camina libre de traumas. Pero tener el mismo código genético no es un contrato de sumisión eterna, ni te impone la obligación de perdonar a quienes usan la sangre como licencia para destruirte.

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