Eran casi las doce cuando Mateo pasó frente a la vieja casa del bosque. Todos en el pueblo decían que estaba maldita, pero él no creía en esas cosas. Aun así, algo lo hizo detenerse: una luz tenue brillaba desde adentro.
Empujó la puerta, que se abrió con un crujido. El aire olía a polvo y humedad. En el centro del salón, un enorme espejo cubierto de grietas reflejaba su silueta. Pero algo no encajaba.
Su reflejo… sonreía, aunque él no lo hacía.
Mateo retrocedió, pero el reflejo no lo imitó. En cambio, dio un paso hacia adelante desde dentro del cristal. El sonido del vidrio quebrándose llenó la habitación.
Mateo intentó correr, pero una mano fría salió del espejo y lo agarró del brazo. La última imagen que se vio en aquel lugar fue su rostro, atrapado del otro lado, golpeando el vidrio mientras su reflejo —ahora libre— salía caminando con una sonrisa.
Desde entonces, dicen que en esa casa el espejo siempre muestra a alguien más.
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