Cada tarde, Lucía se sentaba en el mismo banco del parque a leer. No era un lugar especial, pero algo en esa esquina llena de árboles la hacía sentirse en paz. Un día, un joven se acercó y le preguntó tímidamente:
—¿Puedo sentarme aquí?
Lucía asintió sin mirar, concentrada en su libro. Pero con el paso de los días, el mismo joven —se llamaba Adrián— volvía, siempre con una sonrisa y una historia diferente. Hablaban de todo: del cielo, de los sueños, de lo que dolía y lo que curaba.
Un día, Adrián no fue. Lucía sintió un vacío que no entendía. Hasta que una semana después lo vio llegar con una flor en la mano.
—Estuve buscándote algo que durara tanto como tus palabras —le dijo, entregándole una pequeña flor seca enmarcada—. No quería darte algo que muriera.
Lucía lo miró, con el corazón latiendo fuerte.
—Entonces quédate tú —susurró—, que tú no te marchas.
Y desde entonces, el banco del parque ya no fue un lugar solitario, sino el comienzo de una historia que ni el tiempo
pudo borrar.
Cargando comentarios...