LA BÙSQUEDA
 
Cuentan que hace unos años el alcalde del pueblo logró convencer al Tribunal Superior de Justicia para que me liberen de la condena impuesta.
Parece ser que en una oficina –celosamente custodiada– se resolvió en un santiamén lo que había demorado cerca de diez años.
En aquél entonces el Ministerio funcionaba en base a puros actos administrativos; decretos; trámites internos; notas de elevación; resoluciones y todo tipo de papelitos burocráticos. Enormes cantidades de kilos de papel. Para colmo los señores ministros suelen ser gente de poca confianza, y todo aquello debía duplicarse y archivarse.
Dicen que hoy día ya no es así.
Al que salía libre de una condena mayor o igual a diez años, el Estado lo empleaba en un puesto administrativo que duraba hasta su muerte…
 
Mi nombre es G. Ruinn. Ésta es una historia que tal vez no valga la pena ser contada y por eso mismo decidí hacerlo…
 
Alguien me había dejado una bolsita con suficiente dinero al lado de mi colchón, en la celda. Esa mañana, cuando el gallo del patio había cantado por tercera vez, un guardia entró a mi celda. Yo me hacía el dormido pero el tipo no iba a hacer ninguna excepción en cuanto a miramientos; pues me sacudió con el pie al grito de: «¡Vamos viejo! Ya te podes ir… ¡Vamos! ¡Vamos!». Me custodió hasta puerta principal –ante mi atónita mirada– y de ahí al portón que daba a la calle. Sin mediar palabra alguna, me dio un abrazo fuerte y cerró de un golpe.
Todavía suena en mis oídos el eco.
Para ser honesto, no lo podía creer. «¡Estoy en la calle!», recuerdo haberme dicho.
Quizá sea la primera vez que el hecho de estar en la calle no me producía ninguna angustia, ni desesperación, ni dolor. Todo lo contrario; era una sensación que recién hoy puedo compararla con algo parecido a la felicidad.
Entonces me dirigí a donde recordaba que vivía Baltasar. Por cierto, no podía evitar el triste recuerdo de Bernarda…
En el sitio donde estaba la casa de Baltasar, ahora funcionaba un casino no muy grande, pero lujoso.
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Cabe hacer notar que nada había cambiado en ciertas costumbres, pues estaba atendido por señoritas –casi niñas diría– vestidas ya saben cómo. Ellas trataban con todo tipo de hombres; algunos bien educados otros no tanto, pero lo que más me había llamado la atención era que en algunos rincones –especialmente algo que después pude comprobar– el lugar se había transformado en aguantadero de delincuentes, es decir, tipos volcados al más fácil modo de eludir la ley. Violadores; narcotraficantes; asesinos y también las dos clases de ladrones con los que siempre me toca lidiar: los ladrones asumidos, y los políticos.
No obstante, ellas se desenvolvían con asombrosa naturalidad, pues si el asunto que trataban era muy delicado, tenían por costumbre dejar inconclusas sus tareas e inmediatamente volvían a sus casas. ¡Todas ellas tenían su techo!
Por mi parte –claro está– había entrado a ese sitio y observado todo aquello con gran curiosidad e incluso jugué un par de fichas a la ruleta. Sólo un par; no quería malgastar el dinero que me quedaba.
Perdí y me fui.
No quedaba más remedio que ir hacia el centro del pueblo. Una especie de ciudad a la que llamaban «Ciudad de Ruinna».
¡Por todos los santos! –recuerdo haber exclamado– finalmente se salieron con la suya y construyeron la ciudad. ¡Ah!, a las claras se ve, que para algunos políticos dar un giro en sus planes, cuando éstos van hacia el fracaso, no es una opción a considerar. Hunden el cuchillo hasta el hueso aún a sabiendas de que están haciendo cagadas. Al fin y al cabo ellos no las limpian.
Era deslumbrante ver todas esas edificaciones y el cemento en las calles; calles pintadas con un asfalto sintético, miles de luces y el ruido insoportable.
Sí, así es. Había llegado la modernidad a lo que para mí todavía era el pueblo de Sandalias.
Acto seguido, como si intuyera que Baltasar podía estar observándome desde algún piso de cualquiera de los enormes edificios que me rodeaban, y para atraer su curiosidad, decidí dar vuelta mi sobretodo; es decir, ponérmelo al revés, con el forro hacia afuera.
Por supuesto que era un sobretodo que me habían regalado en la cárcel. Me lo había dado un compañero de celda el mismo día que finalizaba su condena. Se llamaba Facundo alias: «El turco».
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Nunca me voy a olvidar esa cara: «después de treinta años, no sabés si es mejor que te suelten o te dejen acá, encerrado», me había dicho; pero enseguida agregó: «el hombre es un animal de costumbre, hermano, y si esa costumbre le gusta… peor todavía».
Alrededor de los veinte días de su liberación, me enteré que había vuelto a robar a mano armada. Lo había atrapado la cana pero después de forcejear con los oficiales y esquivar varios palazos, podo escapar. Sus días eran una pesadilla y por más esfuerzo que hacía, extrañaba su rutina en la cárcel. ¡No sabía vivir de otro modo! Incluso han llegado a contar que una noche, muy tarde casi de madrugada, se paró frente a la vidriera de un negocio de comidas; tomó una piedra bien grande del piso y la arrojó con la suficiente fuerza como para hacer añicos aquél enorme vidrio. No huyó.
Se quedó allí, petrificado, esperando a la patrulla de turno que debía rondar por ese barrio. Después de una larga espera llegaron. Lo reconocieron enseguida. El turco había juntado sus brazos y puesto sus manos tendidas hacia adelante como si estuviera dispuesto a dejarse esposar –en clara señal de entrega– pero, en cambio, los oficiales se habían echado a reír a carcajadas y le dijeron que se largara de ahí; que no iban a perder el tiempo en llevarlo detenido porque tenían mucho trabajo que hacer todavía.
El pobre turco ya estaba en un trance psicótico. Odiaba con todas sus fuerzas la libertad. No podía vivir con ella.
Entonces, dicen que fue directo a la pensión donde vivía y según testimonio policial, iba caminando muy lentamente arrastrando los pies, como si desease tropezar.
No sé si todo lo que he escuchado es cierto, o… como suele ocurrir en estas historias, la gente va agregando ciertos condimentos; ciertas mentirillas. Pero lo indiscutible es que al amanecer lo vieron colgado de la araña de su pieza. Se había ahorcado con una corbata. Y uno de los canas que se había reído aquella madrugada, se llevó un susto de muerte cuando lo vio.
Yo le decía “el pagador”, porque apostaba y perdía, por lo tanto debía pagar la apuesta y eso ocurría muy a menudo.
Dios lo tenga en la gloria.
A pesar de todo, después de haber compartido tantos años lo he conocido bien, y en el fondo, créeme por favor, no era un mal hombre.
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Como decía, el sobretodo estaba estropeado un poco por las polillas y otro poco por los ratones. Eso era un magnífico motivo para atraer la atención de, yo diría… cualquier curioso.
Encendí no uno, sino dos cigarrillos; uno en cada mano. Y comencé a caminar meneando la cabeza como un tonto.
Me mantuve así durante tres cuadras, y un poco más también, hasta que me animé a preguntarle a alguien dónde podía encontrarlo.
Se cruzó un anciano que venía medio tambaleando, pero sin embargo tenía cara de saber.
–Señor, disculpe…
–Sí, si ¿en qué puedo ayudarte? –dijo, y un olor a vino inundó mi nariz.
Le iba a preguntar por Baltasar. Pero el viejo, de la nada, soltó una frase memorable:
–Amigo… ¿sabés que a veces los seres humanos nos creemos inmortales? En esta vida uno tiene que dar todo pa´ dejar poco. Piara de cerdos…
Lucas 8:33. «Los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos; y la piara se precipitó por el despeñadero al lago, y se ahogaron».12
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