Capítulo  XVII
 
 
Ese día fue infame.
Me contaron que una mañana, Landino había salido de su casa furiosamente. Y a pesar de que podía disponer de Gisella como él quisiera, sin embargo, su sordo odio lo cegaba.
Según la crónica, cuando por fin la encontró, le dio un par de bifes en la cara y la arrastró de los pelos por una escalera de veinte metros hasta llegar a la calle. Le daba bronca que ella no se defendiera, y su vocecita suave y tierna lo enardecía más:
–¡Pegáme, pero no te desprecies! ¡Por Dios! – llegó a suplicarle Gisella. Y todos los vecinos habían escuchado eso, despavoridos.
La metió de un empujón en un auto particular y le ordenó al conductor (que estaba con él) que la lleve “donde ya sabés”.
Se hizo tarde. Y esa tarde, Landino terminó haciendo lío en un restaurante en la esquina de Perú y Moreno. Había restricción, porque reinaba un estricto orden de cuarentena que él estaba violando. El virus estaba aumentando. Y a Landino no le importaba un bledo.
Después de eso, el propio Landino lo confesó así:
“Lo que sucedió lo recuerdo como una pesadilla. Luchando con mi tormento, fui volando a su casa. Ella me abrió. Luego caminé por la cocina pequeña hasta que salí al hall principal. Busqué su dormitorio: la cama estaba desordenada. Temblaba de solo imaginarla teniendo sexo con otro. Y cuando, por fin, ella me miró con ojos mojados por las lágrimas, yo estaba parado muy cerca de su rostro. Casi olía su respiración. El olor que emanaba de su boca me excitaba. Entonces le dije: “tráeme un vaso de agua”. Obedeció. Luego la acosté en la cama, tuve sexo con ella, y al terminar, le di el vaso con agua y puse una sustancia que traía conmigo. Era cianuro. La obligué a beber. La despedí con un beso en las piernas. Ella se recostó de nuevo y solo alcanzó a decir:
–¿Qué vas a hacer ahora, Sebastián?
Poniendo mi mano derecha sobre sus pechos.
–Tenía que hacerlo, mi reina. Perdón. Me dejaste solo. Lo siento. El proceso del veneno ha entrado en una fase en la que no se puede prestar ayuda. Adiós Gisella –le dije.
Para terminar esta declaración, quiero agregar que a veces es más fácil aceptar los misterios que intentar, en vano, eludirlos”.
 
Quizás se pueda citar aquí a Ortega y Gacet:
“Yo soy yo, y mi circunstancia”.
 
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Ese fue el alegato de Landino, ante un juez que era muy amigo de su padre, Ministro.
En un lapso de veinte horas, Landino fue absuelto. En realidad le dieron cinco años de prisión, pero el padre pagó una fuerte fianza y ya saben el resto.
El sufrimiento no es una buena lección, pero una vez que entra en tu vida ¿qué podés hacer?
Se podría juzgar a Coco y a Landino por separado. Pero, ¿está uno tan limpio para semejante juicio? Pues los caminos cartesianos no sirven cuando la realidad es tan dura.
Sin embargo, mi juicio aún estaba por suceder. Un juicio profundo y eterno; un juicio del alma y moral.
Quizá fuera un buen signo que uno, precisamente antes de marchar, se convenza de que se le puede quitar una dama a un funcionario, que incluso tiene una relación con el poder político y hacerla pedazos sin disculpa alguna.
Como un ajedrecista que le come la Dama a su rival, por un error de éste, y lo disfruta en su cara, haciendo que ese movimiento sea eterno e inolvidable.
Pero me hubiese gustado darle a Coco dos buenas bofetadas en la cara sin pedirle ninguna disculpa.
 
Pasaron algunos meses. Creo que tres.
Por medio de una gestión especial conseguí un permiso extremadamente exclusivo para ir a visitar un rato a Coco a la cárcel.
Estaba en Ezeiza. Eran las seis de la tarde cuando calculé que con un Uber podía llegar a tiempo, de modo que a las siete podía estar con Coco. “Buena hora”, me dije.
En ese viaje aparecían y desaparecían dejos de culpa, de bronca, de angustia.
Coco no sabía nada sobre mi visita. No había tenido tiempo de pedir que le avisaran. Bueno, en realidad no fue que no tuve tiempo, sino que no me había animado a pedir tanto, después que se me había otorgado el permiso.
Tenía una acidez estomacal que parecía salir fuego de mi boca.  Y en cada eructo, gemía como un león herido. El chofer me miraba por el espejo, preocupado.
Eran los nervios. “Estos nervios de mierda que nunca faltan”, pensé.
Llegamos, por fin.
Para no llamar la atención, presenté en silencio el permiso de visita especial a uno de los jefes del pabellón y éste, de inmediato, me acompañó a donde estaba Coco.
–¡Gordo, tenés visita! –le gritó.
Coco se acercó despacio. Lucía como si hubieran pasado diez años. Se sentía ese calor estático y amenazante que procede de esos sitios inhóspitos.
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Ni bien  lo vi, me acomodé un poco el saco viejo que llevaba e intenté, en vano, acomodarme la camisa.
–Coco, ¡mi amigo! –atiné a decirle.
–Ahora que te veo en una situación desesperada, vos, un escritor, un tipo instruido, con un saco apolillado, venido a menos, despertando la compasión de todos, acorde con tus miserias, ahora me acuerdo lo que una vez alguien dijo de vos: “No se debe confiar en un escritor que nadie recuerda”.
 
Me fui sin decir más nada. Con una tristeza que necesitaba padecerla, para creerla.
El jefe del pabellón me dijo, burlándose:
–¿Ya lo despachó ese? Escuche escritor, no venga más. Ese gordo es un ermitaño.
 
Llegué a casa destruido. Cansado. Mi niño dormía ya.
Ahora salgo al balcón y me quedo mirando cómo la gente, con sus barbijos, corren desesperadas a los supermercados, para comprar provisiones por el coronavirus, que ya estaba descontrolado.
Triste, desolado y sin ganas de escribir; ante la compasiva mirada de Eugenia, que con su tierna voz, me dijo:
–Amor, mañana tendremos nuevas cortinas. ¿Tenés ganas de ir a buscarlas?
 
 
FIN
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