EL ESCRITOR OLVIDADO - CAPÍTULO 14
Capítulo XIV
Landino y yo nos miramos largamente. No despedimos en silencio. Pero cuando se había alejado unos pasos, se detuvo un momento, se dio vuelta, casi con vergüenza, y en su mirada me había parecido reconocer una gran pena, hasta casi diría ternura.
Pensé en ir a ver a Gisella y en tomar su mano que de seguro estaría ajada, sus ojos llorosos, su boca amargada, y en pedirle que nos viéramos más seguido, que me prometiese estar más cerca y hablarme de Coco. Pero me contuve. Bien sabía que era una locura y que tanto mi destino como el de mi amigo, tenían que seguir sin encontrarse, hasta la muerte…
Yo tengo una familia y no puedo pasar esa raya. Uno tiene sus límites también. A veces uno debe controlarse y respetar lo que juró ante la cruz.
O también podría decir que a veces somos “Uno y el Universo”, como una vez lo detalló muy bien don Sábato.
Poco después de ese encuentro casual con Landino, sucedió la separación de Demuro y su mujer. También supe que la causa de eso fue culpa de un tal “Chiquito”; un manguero serial conocido en el barrio, del cual todos escapaban al verlo, por sus mangazos; y su pareja swinger, que fue rematada y que Demuro se había ido a vivir a una pocilga en flores.
Probablemente es ese intervalo hayan pasado muchas cosas y que esa separación haya sido la consecuencia de semejantes problemas en la vida de Demuro; porque por ese tiempo sé que jugaba al póker por dinero en internet, perdiendo grandes cantidades. También me contaron que participó en un negocio de drogas, cerca del bajo flores, aunque bien puede ser una noticia falsa lanzada por uno de sus odiados amigos para hundirlo un poco más. Pero lo cierto es que al final fue a parar a la mugrientísima casita de floresta; una suerte de prostíbulo barato, que por otra parte, él reinaba ahí como un Cafishio, pero aquella vez, el pobre Demuro había sido encontrado infraganti en un operativo policial con 250 gramos de cocaína.
Ya les dije que Landino lo ayudó alguna vez. Ahora creo que mejor sería decir que le dio un premio, en ocasión de sus increíbles alcahueteadas.
Cayó enredado, como muchos otros, en la red del narcotráfico, a pesar de que Landino hizo lo posible por limpiarlo ante jueces y fiscales.
Demuro se encerró en su propia enfermedad. Con todo, por motivos que desconozco, la paradojal amistad entre él y Coco terminó, o mejor dicho, debió terminar, pues de otro modo no se podía explicar el misterio de esa amistad o relación; o tal vez deba decir: sociedad.
Así fue. Coco lo visitaba seguido en la comisaría de madrugada. Iba con Gisella en el auto. Se veían un rato; charlaban en la puerta de la entrada y luego, Coco se iba en su auto, con ella.
Al menos es lo que cuentan quienes, supuestamente, los vieron. Y yo nunca supe eso. Coco me lo había ocultado con gran recelo.
La última vez que lo encontré por la calle, y no me refiero al encuentro por el barrio de caballito, en que simuló no conocerme, ya abstraído por su locura, iba acompañado en floresta con un tipo alto, rubio y de bigotes, de rostro durísimo y despeinado. Como casi me había tirado encima, no pudo rehuirme, e intercambió algunas palabras conmigo, mientras el otro individuo se alejaba y miraba hacia los autos que pasaban. Después que me lo presentó con un nombre italiano, que ahora no recuerdo, lo despedí, sin saber que jamás volveríamos a cruzarnos.
Lo último que escuché de él fue esto:
–¡Pato!, ¿seguís escribiendo? –mientras movía los brazos semejantes a un arlequín. (A pesar de mis críticas, Coco fue el único en acordarse de que yo era escritor). Tal vez lo que buscamos está en nuestro destino.
Es cierto. Diría Sabato:
“¿Cómo el encuentro con una misma persona no produce en dos seres los mismos resultados?”.
Pocos meses más tarde me encontré con su fotografía en la página policial de “Ámbito”. Su cara desencajada, con ojos fuera de órbita y mirada perdida, fue imposible de olvidar. Aparecía al lado de otros tipos buscados por la justicia, como presuntos autores de un crimen.
No pude seguir leyendo… No lo podía creer.
Supe que había sido un crimen muy impactante y todos los medios periodísticos le habían dado una gran repercusión.
Coco era el más buscado y el foco de todas las miradas críticas.
Ya lo habían acorralado.
Pero jamás lo creí.
Esa captura me afirmó en la idea de que Landino sabía perfectamente lo que quería hacer. Algo grave preparaba esa rata. ¿Estaba Coco vinculado en sus asuntos? ¡Pues claro! Se había casado con Gisella. Y por su mala situación económica era más que probable que hubiese vuelto a su vieja pasión: (no lo voy a decir). De joven había andado por esas aventuras dirigiendo una banda de atorrantes. Método que le había parecido ideal para lograr llenarse de dinero fácil, al mismo tiempo que tenía para él un valor simbólico. Pero esto era distinto.
–La Dama de compañía–, me dijo una vez, Coco, cuando recién nos conocíamos–, es el trofeo del burgués.
Pero en aquél entonces no le había prestado atención. Siempre tuve (y aún hoy) la costumbre odiosa de hablar por encima del otro, de interrumpir, y de ese modo no se puede escuchar, ni oír. Como un sordo.
Recuerdo que siempre vivió obsesionado por los sordos. Les tenía aprecio, pero a la vez, lo sacaba de quicio.
¿Pero qué fue lo que había sucedido para salir en las páginas policiales de los diarios? Ya que, a raíz de ese episodio, y como ya dije, no pude volver a verlo nunca más.
Landino y yo nos miramos largamente. No despedimos en silencio. Pero cuando se había alejado unos pasos, se detuvo un momento, se dio vuelta, casi con vergüenza, y en su mirada me había parecido reconocer una gran pena, hasta casi diría ternura.
Pensé en ir a ver a Gisella y en tomar su mano que de seguro estaría ajada, sus ojos llorosos, su boca amargada, y en pedirle que nos viéramos más seguido, que me prometiese estar más cerca y hablarme de Coco. Pero me contuve. Bien sabía que era una locura y que tanto mi destino como el de mi amigo, tenían que seguir sin encontrarse, hasta la muerte…
Yo tengo una familia y no puedo pasar esa raya. Uno tiene sus límites también. A veces uno debe controlarse y respetar lo que juró ante la cruz.
O también podría decir que a veces somos “Uno y el Universo”, como una vez lo detalló muy bien don Sábato.
Poco después de ese encuentro casual con Landino, sucedió la separación de Demuro y su mujer. También supe que la causa de eso fue culpa de un tal “Chiquito”; un manguero serial conocido en el barrio, del cual todos escapaban al verlo, por sus mangazos; y su pareja swinger, que fue rematada y que Demuro se había ido a vivir a una pocilga en flores.
Probablemente es ese intervalo hayan pasado muchas cosas y que esa separación haya sido la consecuencia de semejantes problemas en la vida de Demuro; porque por ese tiempo sé que jugaba al póker por dinero en internet, perdiendo grandes cantidades. También me contaron que participó en un negocio de drogas, cerca del bajo flores, aunque bien puede ser una noticia falsa lanzada por uno de sus odiados amigos para hundirlo un poco más. Pero lo cierto es que al final fue a parar a la mugrientísima casita de floresta; una suerte de prostíbulo barato, que por otra parte, él reinaba ahí como un Cafishio, pero aquella vez, el pobre Demuro había sido encontrado infraganti en un operativo policial con 250 gramos de cocaína.
Ya les dije que Landino lo ayudó alguna vez. Ahora creo que mejor sería decir que le dio un premio, en ocasión de sus increíbles alcahueteadas.
Cayó enredado, como muchos otros, en la red del narcotráfico, a pesar de que Landino hizo lo posible por limpiarlo ante jueces y fiscales.
Demuro se encerró en su propia enfermedad. Con todo, por motivos que desconozco, la paradojal amistad entre él y Coco terminó, o mejor dicho, debió terminar, pues de otro modo no se podía explicar el misterio de esa amistad o relación; o tal vez deba decir: sociedad.
Así fue. Coco lo visitaba seguido en la comisaría de madrugada. Iba con Gisella en el auto. Se veían un rato; charlaban en la puerta de la entrada y luego, Coco se iba en su auto, con ella.
Al menos es lo que cuentan quienes, supuestamente, los vieron. Y yo nunca supe eso. Coco me lo había ocultado con gran recelo.
La última vez que lo encontré por la calle, y no me refiero al encuentro por el barrio de caballito, en que simuló no conocerme, ya abstraído por su locura, iba acompañado en floresta con un tipo alto, rubio y de bigotes, de rostro durísimo y despeinado. Como casi me había tirado encima, no pudo rehuirme, e intercambió algunas palabras conmigo, mientras el otro individuo se alejaba y miraba hacia los autos que pasaban. Después que me lo presentó con un nombre italiano, que ahora no recuerdo, lo despedí, sin saber que jamás volveríamos a cruzarnos.
Lo último que escuché de él fue esto:
–¡Pato!, ¿seguís escribiendo? –mientras movía los brazos semejantes a un arlequín. (A pesar de mis críticas, Coco fue el único en acordarse de que yo era escritor). Tal vez lo que buscamos está en nuestro destino.
Es cierto. Diría Sabato:
“¿Cómo el encuentro con una misma persona no produce en dos seres los mismos resultados?”.
Pocos meses más tarde me encontré con su fotografía en la página policial de “Ámbito”. Su cara desencajada, con ojos fuera de órbita y mirada perdida, fue imposible de olvidar. Aparecía al lado de otros tipos buscados por la justicia, como presuntos autores de un crimen.
No pude seguir leyendo… No lo podía creer.
Supe que había sido un crimen muy impactante y todos los medios periodísticos le habían dado una gran repercusión.
Coco era el más buscado y el foco de todas las miradas críticas.
Ya lo habían acorralado.
Pero jamás lo creí.
Esa captura me afirmó en la idea de que Landino sabía perfectamente lo que quería hacer. Algo grave preparaba esa rata. ¿Estaba Coco vinculado en sus asuntos? ¡Pues claro! Se había casado con Gisella. Y por su mala situación económica era más que probable que hubiese vuelto a su vieja pasión: (no lo voy a decir). De joven había andado por esas aventuras dirigiendo una banda de atorrantes. Método que le había parecido ideal para lograr llenarse de dinero fácil, al mismo tiempo que tenía para él un valor simbólico. Pero esto era distinto.
–La Dama de compañía–, me dijo una vez, Coco, cuando recién nos conocíamos–, es el trofeo del burgués.
Pero en aquél entonces no le había prestado atención. Siempre tuve (y aún hoy) la costumbre odiosa de hablar por encima del otro, de interrumpir, y de ese modo no se puede escuchar, ni oír. Como un sordo.
Recuerdo que siempre vivió obsesionado por los sordos. Les tenía aprecio, pero a la vez, lo sacaba de quicio.
¿Pero qué fue lo que había sucedido para salir en las páginas policiales de los diarios? Ya que, a raíz de ese episodio, y como ya dije, no pude volver a verlo nunca más.
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