Capítulo XV
 
 
Landino odiaba a su padre. Por aquel tiempo tenía treinta años, y era alto y rubio como él. Y aunque lo odiaba, demostraba muchos rasgos semejantes con su padre; no sólo físicos, sino también de temperamento. Su rostro, al enojarse tenía los atributos de los Landino: ojos saltones y nariz fruncida, además de dientes apretados.
Con los años fue maldiciendo esa semejanza con su padre.
Aquí pretendo hacer una autocrítica. Yo también he sido uno de esos que repudiaba semejanzas con mi padre, lo dije al comienzo de esta historia.
Pero hoy siento una enorme vergüenza por ese repudio, y desearía tenerlo al viejo, aunque sea para pelearlo un ratito. Perdón, necesitaba decirlo…
Volviendo a mi narración, lo cierto era que Landino tenía estallidos de cólera aún más ciegos que los de su padre.
Era un tipo totalmente impiadoso con quien osara no temerle. A esa regla, yo era una extraña, y ridícula, excepción, quizá por el fanatismo o admiración que sentía hacia mi escritura.
Era su escritor favorito y me lo hacía saber, cada vez que podía. Tenía su misma violencia, su cruel sensualidad que provenía de su padre.
A modo de comparación, en el caso de Gisella bien podría decirse que tenía una historia semejante. Su madre, dicen, era una prostituta de alto nivel, que una vez se disputaron en una partida de póker dos millonarios en un crucero.
Ella estaba presente en esa partida. Quien resultase ganador se la llevaba, pero como esposa. Pues bien, ganó un tal Vechia. Carlo Vechia. Dueño de una petrolera y una cadena de pastas muy conocida. Y por lo que se decía, un gran jugador.
Después de consumado aquél matrimonio, la madre de Gisella, una tal Romina Chávez, alta, morocha, de tez blanca y ojos enormes, cuyos pies precisaban un talle cuarenta y tres, caderona y extremadamente sensual; (jamás había pisado un supermercado y mucho menos un viaje en colectivo o tren, o subte, pues no era parte de su mundo), continuaba con su profesión de prostituta. Y el perdedor de aquella partida de póker, era su principal cliente. Incluso, las malas lenguas del barrio, decían que también era el padre biológico de Gisella, pues ella era idéntica a él.
Lamentablemente no puedo asegurar eso. Lo siento…
 
A poco del casamiento de Coco y Gisella, ocurrió la separación de Landino y su esposa. Éste se fue a vivir a una de las propiedades de su padre, en Villa del Parque.
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Es probable que en ese intervalo hayan pasado muchas cosas raras y que esa decisión haya sido la consecuencia del carácter de Landino, porque por ese tiempo supe que jugaba a la ruleta en el Casino de Mar del Plata y tenía tanta suerte que ganaba siempre. Es decir, el tipo se iba desde Villa del Parque a Mar del Plata todos los fines de semana. Bueno, casi todos. Algunos no. Y esos eran los fines de semana que visitaba los prostíbulos más prestigiosos de la capital federal. Rodeado de agentes rudos, y fachos, como él.
 Algunos domingos (día que odio como pocos), me llamaba al celular para preguntarme algo de mi novela y me hinchaba para que volviese a escribir algo nuevo.
Yo lo sacaba cagando, no por su pregunta, sino por el solo hecho de joderme el peor día de la semana para mí.
También me dijeron que participó en un negociado de venta de garrafas adulteradas en el Noreste del país, aunque podría ser pescado podrido, tratándose de rumores de prensa amarilla y también del barrio. En fin…
Francamente, nunca supe con certeza cómo fue que sucedió lo que voy a contar ahora. Pero de algo estoy seguro: sucedió.
Alguien debió haber delatado a Coco, porque sin haber hecho nada malo, fue detenido una noche.
Así fue. Landino apareció en su domicilio y había entrado por la fuerza. Dicen que las sillas de su departamento, estaban rotas porque Coco, en su arrebato de ira, se las había partido en la espalda a Landino, quien como si fuera Tony Montana, no había sentido nada hasta tres horas después del hecho. Su cara sangraba por todos lados: boca, nariz, pómulos y hasta un oído. Coco lo había destrozado a golpes. Eran cinco policías intentando frenarlo, pero recién con una pistola cargada en su sien, el gordo se entregó.
El juicio a Coco fue lo más rápido que vi de parte de la justicia en toda mi vida. Y no creo que vuelva a saber de algo tan acelerado en los Tribunales como eso.
 
Antes del fallo, Coco tenía derecho a una llamada, como se acostumbra hipócritamente. Pero éste, en vez de llamar a un abogado o familiar, me llamó a mí. Sí, a mí.
–¿Qué hiciste, Coco? –pregunté desesperado.
–Y… no supo explicarme el motivo por el cual se había metido en mi departamento y me quería llevar en cana, ese hijo de puta…
–¿Gisella estaba ahí, con vos?
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–Obvio. Ahí fue cuando se puso loco. La vio desnuda.
–¿Entonces?
–Lo cagué a trompadas, Patito. ¡Pero el hijo de mil putas no caía! ¡Lo reventé por todos lados, Patito! ¡Por todos lados!
–¡Insensato!...
 
Como dije, en un juicio relámpago, a Coco lo sentenciaron a siete años de prisión efectiva.
Sin embargo, Landino trinaba de bronca porque pretendía más. Pero a pesar de su influencia no pudo conseguir más que eso.
Y no fue suerte de parte de Coco. Le había contratado un buen abogado. Un tal Derek Kessler, un viejo abogado penal de origen alemán, que vivía en el barrio, y era de los mejores. Me lo habían recomendado.
Ni bien terminó ese juicio, tal vez ese mismo día, el abogado apareció muerto en la esquina de Camarones y Avenida Segurola; a media cuadra de su casa, de siete puñaladas en el pecho.
Gracias a Dios, Gisella nunca llamó a mi celular.
Yo había otorgado el mando de mi celular a mi mujer, y también le había indicado que si llegaba a recibir una llamada desde el celular de Coco, no atendiese. Pero no hizo falta.
Por supuesto que, alterado por la sentencia de Coco, el peculiar crimen del abogado Kessler y todo lo que con ello pudiese acarrear, mi estado de stress volaba por las nubes.
Pero esto no quedaría acá. Había algo más. Siempre hay algo más.
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