EL ESCRITOR OLVIDADO - CAPÍTULO 16 (PENÚLTIMO)
Capítulo XVI
¡Cómo podría seguir adelante solo, una vez que ha sucedido todo aquello! Debía pensar en que, por lo tanto, eso no ocurre, es una consecuencia circunstancial; pero sí ocurre a veces que un proceso toma una dimensión en la que uno no puede continuarlo. Sencillamente se despoja. Como puede, uno lo hace.
De repente me había surgido un dejo de ganas de escribir, otra vez. Pero no sabía si era algo permanente o pasajero, como ya me había ocurrido. Nada más frustrante para un escritor que empezar a escribir algo y dejarlo abandonado, como si fuera una comida que no le gusta.
Ni las mejores relaciones con los funcionarios servían ya, porque ellos mismos no saben nada.
Habían transcurrido dos semanas.
Una mañana, me animé y salí a la calle. Tenía que ir al Mercado del Progreso, en Caballito. Pretendía comer pescado fresco.
Entonces fui a la parada del 85. Cuando subí, después de esperar veinte minutos, había a bordo un pasajero. Exclamé:
–¡Qué bendición!
El chofer me miró fijo y dijo:
–¿Te parece que la pandemia es una bendición?
Claro. El coronavirus hacía estragos en el mundo y Argentina no era una excepción. Había cuarentena obligatoria. Solo se podía salir para hacer compras.
–No –dije al chofer–, quise decir…
–¡Andá nomás! Ustedes los escritores siempre viven en el limbo. Pasá, no te voy a cobrar. Mi mujer es fana tuya. –y me guiñó un ojo.
Sonreí y me senté atrás de todo, del lado de una ventanilla. Me encanta mirar la calle mientras viajo. Me hace pensar.
Cuando volví a casa, Eugenia me dijo que había venido a buscarme un agente de la comisaría del barrio. Se había identificado como Marcos Bonzi y le había aclarado que era subcomisario.
La noté nerviosa y temblando… nunca había visto así a mi mujer. Eso me marcó un límite irrompible.
Ni bien me dijo aquello, volvió a sonar el portero eléctrico. Era el mismo cana. Bajé en seguida.
Nos miramos un rato largo, sin hablar. El cana tenía varios moretones, y dos cicatrices enormes en el rostro…
“Este estuvo en lo de Coco, aquella noche”, pensé…
Lo cierto fue que el subcomisario me vino a avisar que Landino estaba completamente decidido a vengarse de Gisella.
–¿Y a mí qué me importa? –le respondí–. Soy escritor, no abogado.
–Lo sé. Sé que es escritor. Y lo leo. Pero hay algo que debe saber, y lo hago por el bien de su familia, señor Massoti. Debe saber que Gisella contrajo coronavirus.
–Insisto –repetí– ¿A mí qué me importa?
Me observó con ojos afiebrados. Transpiraba. Temblaba de frío y tosía secamente.
–¡Fuera de aquí! –Exclamé de repente–. Haga el favor de llamar al 107 y no vuelva a la comisaría. Por el bien de sus compañeros.
–Lo que intenté decirle es que si estuvo con ella, (tosía sin parar)… le va a pasar mismo que a mí. ¿Ya lo notó?…
–Si eso le preocupa, pues no. Jamás tuve algo con ella. Vaya en paz.
Ni bien dije eso, su rostro se iluminó de alegría y se retiró solo en el patrullero, con otro fuerte acceso de tos.
–¡Si no se cura, tonto, va a contagiar a otros! –le grité.
Y ya alejándose en el coche, asomó la cabeza por la ventanilla, y tosiendo agregó:
–¡El comisario quiere que vuelva a escribir!...
Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo, el comisario, siga destilando su veneno y que en vez de hacer algo se quiera contrarrestar su acción a través de denuncias. Terminaría uno muerto, como el abogado Kessler. Lo digo con amargura.
El presente lo odié siempre y siempre temí el futuro. Lo único que me había alejado de todo eso fue la escritura, pues con ella no había un tiempo determinado; había tiempo. Y como un pasajero más, viajaba por él sin pensar demasiado.
Sin embargo, sentía como si las manos del tiempo estuvieran ya en mi garganta, presionándome, mientras el otro, es decir, el futuro, me clavase un cuchillo en el corazón, haciéndolo girar allí dos veces.
Sí, así como se los digo. Era como si fueran dos personas, y sentía que me miraban con ojos que se quebraban.
Los veía aún cómo, cerca de mi rostro, aquellos fantasmas, mejilla contra mejilla, observaban la decisión. “¡Mátenme de una vez! ¡Mátenme, como a un perro!”, me hubiese gustado gritarles…
Pero, ¿a quienes les estaría hablando?
¡Cómo podría seguir adelante solo, una vez que ha sucedido todo aquello! Debía pensar en que, por lo tanto, eso no ocurre, es una consecuencia circunstancial; pero sí ocurre a veces que un proceso toma una dimensión en la que uno no puede continuarlo. Sencillamente se despoja. Como puede, uno lo hace.
De repente me había surgido un dejo de ganas de escribir, otra vez. Pero no sabía si era algo permanente o pasajero, como ya me había ocurrido. Nada más frustrante para un escritor que empezar a escribir algo y dejarlo abandonado, como si fuera una comida que no le gusta.
Ni las mejores relaciones con los funcionarios servían ya, porque ellos mismos no saben nada.
Habían transcurrido dos semanas.
Una mañana, me animé y salí a la calle. Tenía que ir al Mercado del Progreso, en Caballito. Pretendía comer pescado fresco.
Entonces fui a la parada del 85. Cuando subí, después de esperar veinte minutos, había a bordo un pasajero. Exclamé:
–¡Qué bendición!
El chofer me miró fijo y dijo:
–¿Te parece que la pandemia es una bendición?
Claro. El coronavirus hacía estragos en el mundo y Argentina no era una excepción. Había cuarentena obligatoria. Solo se podía salir para hacer compras.
–No –dije al chofer–, quise decir…
–¡Andá nomás! Ustedes los escritores siempre viven en el limbo. Pasá, no te voy a cobrar. Mi mujer es fana tuya. –y me guiñó un ojo.
Sonreí y me senté atrás de todo, del lado de una ventanilla. Me encanta mirar la calle mientras viajo. Me hace pensar.
Cuando volví a casa, Eugenia me dijo que había venido a buscarme un agente de la comisaría del barrio. Se había identificado como Marcos Bonzi y le había aclarado que era subcomisario.
La noté nerviosa y temblando… nunca había visto así a mi mujer. Eso me marcó un límite irrompible.
Ni bien me dijo aquello, volvió a sonar el portero eléctrico. Era el mismo cana. Bajé en seguida.
Nos miramos un rato largo, sin hablar. El cana tenía varios moretones, y dos cicatrices enormes en el rostro…
“Este estuvo en lo de Coco, aquella noche”, pensé…
Lo cierto fue que el subcomisario me vino a avisar que Landino estaba completamente decidido a vengarse de Gisella.
–¿Y a mí qué me importa? –le respondí–. Soy escritor, no abogado.
–Lo sé. Sé que es escritor. Y lo leo. Pero hay algo que debe saber, y lo hago por el bien de su familia, señor Massoti. Debe saber que Gisella contrajo coronavirus.
–Insisto –repetí– ¿A mí qué me importa?
Me observó con ojos afiebrados. Transpiraba. Temblaba de frío y tosía secamente.
–¡Fuera de aquí! –Exclamé de repente–. Haga el favor de llamar al 107 y no vuelva a la comisaría. Por el bien de sus compañeros.
–Lo que intenté decirle es que si estuvo con ella, (tosía sin parar)… le va a pasar mismo que a mí. ¿Ya lo notó?…
–Si eso le preocupa, pues no. Jamás tuve algo con ella. Vaya en paz.
Ni bien dije eso, su rostro se iluminó de alegría y se retiró solo en el patrullero, con otro fuerte acceso de tos.
–¡Si no se cura, tonto, va a contagiar a otros! –le grité.
Y ya alejándose en el coche, asomó la cabeza por la ventanilla, y tosiendo agregó:
–¡El comisario quiere que vuelva a escribir!...
Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo, el comisario, siga destilando su veneno y que en vez de hacer algo se quiera contrarrestar su acción a través de denuncias. Terminaría uno muerto, como el abogado Kessler. Lo digo con amargura.
El presente lo odié siempre y siempre temí el futuro. Lo único que me había alejado de todo eso fue la escritura, pues con ella no había un tiempo determinado; había tiempo. Y como un pasajero más, viajaba por él sin pensar demasiado.
Sin embargo, sentía como si las manos del tiempo estuvieran ya en mi garganta, presionándome, mientras el otro, es decir, el futuro, me clavase un cuchillo en el corazón, haciéndolo girar allí dos veces.
Sí, así como se los digo. Era como si fueran dos personas, y sentía que me miraban con ojos que se quebraban.
Los veía aún cómo, cerca de mi rostro, aquellos fantasmas, mejilla contra mejilla, observaban la decisión. “¡Mátenme de una vez! ¡Mátenme, como a un perro!”, me hubiese gustado gritarles…
Pero, ¿a quienes les estaría hablando?
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