Hice inventario un día
de mis sombras más calladas.
Brillaban con luz tardía,
como lunas desgastadas,
como heridas que sabían
convertirse en alboradas.
Comprendí que la energía
de mis sombras abrazadas
es la luz que yo creía
perdida entre mis pisadas.
Y dejé que cada herida
me contara su secreto,
que la sombra no es perdida
si se mira sin miedo.
Cada noche compartida
con mi parte más incierta
fue dejando una salida
donde antes no había puerta.
Ya no temo a mis quebrantos,
ni a la noche que me habita;
también nacen nuevos cantos
de una voz que resucita.
Porque aprendí, lentamente,
sin buscar explicaciones,
que hasta el miedo, cuando siente,
puede abrir sus corazones.
Y al cerrar aquel inventario,
comprendí, casi sorprendida,
que mis sombras, a diario,
eran luz mal escondida.
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