COLUMNA DE OPINIÓN 2

Estaba en la fila. Una fila simple, de esas que no parecen importantes hasta que el cuerpo empieza a delatarte. A medida que avanzaba, el espacio se acortaba y la incomodidad crecía. No era solo esperar el turno: era sentir cómo el pecho se tensaba, cómo las manos empezaban a sudar, cómo la mente iba más rápido que los pasos. Cada persona que salía vacunada era un recordatorio de que el siguiente era yo.

Venía del extranjero. De un contexto donde el trato profesional y el conocimiento suelen ir de la mano. No regresé con superioridad, pero tampoco sin referencias. Había conocido otra forma de entender el vínculo entre quien ejerce una profesión y quien deposita su confianza en ella.

La escena ocurrió en una provincia del Perú, en una empresa multinacional del rubro alimenticio donde recientemente me había incorporado. Como parte de un operativo sanitario, la empresa había contratado y financiado la presencia de personal de enfermería proveniente del ámbito municipal, como parte de los controles correspondientes a los trabajadores vinculados con la manipulación de alimentos.

Tres enfermeras acudieron a aplicar las vacunas a los empleados y yo hice la fila como cualquier otro. No llevaba ningún distintivo ni señal alguna que indicara mi vínculo familiar con la dirección de la empresa.

Ellos eran mis compañeros de trabajo. Yo trabajaba a su lado y me consideraba uno más entre ellos. No hice ninguna distinción, no pedí ningún privilegio y no utilicé mi condición de sobrino de la familia propietaria para recibir un trato diferente.

Por eso, lo que ocurrió ese día no llamó mi atención solamente por las palabras, sino también por la manera en que fueron pronunciadas.

Cuando estiré el brazo, el cuerpo habló primero: un leve temblor, cierta rigidez, la respiración contenida.

Fue entonces cuando la enfermera encargada de vacunar tomó la palabra.

Elevó la voz deliberadamente, como quien busca llamar la atención delante de todos. No parecía interesarle únicamente dirigirse a la persona que tenía frente a ella; quería que los demás escucharan. Había en su tono una seguridad excesiva, una autoridad que nadie le había otorgado para juzgar mi carácter y una confianza que convertía una situación sanitaria en una exposición innecesaria.

No fue una explicación profesional. Fue una forma de ridiculizarme delante de los demás.

Dijo, en términos muy similares:

—Los que le tienen miedo a las inyecciones son personas flojas que no conocen el esfuerzo.

La frase no era nueva para mí.

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En Perú existe desde hace mucho tiempo este tipo de expresión popular. Yo mismo la había escuchado desde niño, repetida por personas de distintos ámbitos, como una manera sencilla de interpretar el miedo o la falta de resistencia de alguien. Era un dicho, un juicio popular, una explicación que nada tenía que ver con la medicina.

Y justamente por eso me resultó tan impactante volver a escucharlo, décadas después, de boca de una profesional de la salud.

No era solamente lo que había dicho.

Era preguntarme por qué una persona encargada de intervenir sobre mi cuerpo estaba utilizando como explicación médica un refrán que yo había escuchado desde mi infancia.

¿Qué sabía aquella persona sobre mi vida para determinar si yo era flojo o no? ¿Qué conocía de mis esfuerzos, de mis experiencias o de las circunstancias que me habían llevado hasta ese momento?

Pero había algo todavía más profundo.

Con el tiempo aprendí que ese temor puede tener un nombre: tripanofobia. Es un miedo intenso e involuntario relacionado con las agujas y las inyecciones, que puede producir distintas reacciones físicas y nerviosas.

Y ahí apareció una pregunta que todavía recuerdo:

¿En manos de quién estoy poniendo mi brazo?

La dejé terminar. No la interrumpí.

Cuando intentó continuar, levanté apenas la mano.

—Un segundo, por favor. No hace falta que levante la voz. Yo no tengo ningún problema de audición; puedo escucharla perfectamente.

Esperé un instante.

—Además, yo a usted la escuché sin interrumpirla. Le agradecería que ahora hiciera lo mismo conmigo.

La enfermera intentó responder, pero continué con calma:

—Yo hice la fila como uno más. Ellos son mis compañeros de trabajo y yo trabajo a su lado. No hice ninguna distinción, no pedí ningún privilegio y no le dije a nadie quién soy.

Hice una pausa.

—Pero usted acaba de decir que una persona que tiene miedo a una inyección es floja. Eso no es conocimiento médico. Es un juicio personal.

La miré directamente.

—Esta reacción puede tener una explicación. Se conoce como tripanofobia: una respuesta involuntaria relacionada con el sistema nervioso frente a las agujas y las inyecciones. No es una cuestión de conocer o no conocer el esfuerzo.

Dejé que la frase quedara unos segundos en el aire.

—Por eso me pregunto qué información tiene usted para convertir una reacción física en un juicio sobre el carácter de una persona.

Entonces añadí:

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—Y espero que detrás de ese uniforme blanco también haya una formación. Supongo que en algún momento de su educación habrá tenido una materia llamada Lengua.

No necesitaba elevar el tono.

—Porque antes de ser enfermera, todos somos personas. Y saber cómo hablarle a otra persona también forma parte de la educación.

Entonces le dije quién era.

—Soy sobrino de la familia propietaria de esta empresa. Y justamente por eso voy a tener que consultar este episodio con parte de la familia, para hablar de lo ocurrido.

Hice una pausa.

—No por la vacuna. Por la forma en que usted decidió dirigirse a mí.

Pero todavía había algo más que quería dejar claro.

—A esta firma de enfermería se la contrató para brindar un servicio sanitario: venir, cumplir con su trabajo y aplicar las vacunas correspondientes. No para que cada profesional agregue sus criterios personales sobre la vida o el carácter de las personas que tiene delante.

La miré con calma.

—Que yo sepa, eso no figura en el servicio contratado, ni en sus condiciones, ni en ninguna letra pequeña. Para eso estamos acá: ustedes para hacer su trabajo y nosotros para recibirlo.

Entonces tomé una decisión.

—Voy a detener mi vacunación por el momento. Voy a solicitar los datos de la firma de enfermería que está prestando este servicio y el nombre de la persona responsable, sea director, gerente o quien corresponda, para presentar este episodio y hablar directamente con ellos.

La enfermera intentó intervenir nuevamente.

Esta vez, no entré en la discusión.

—Y quiero dejar algo claro: no tengo ningún problema con las otras dos enfermeras. Ellas están haciendo su trabajo. Hasta este momento han cumplido con su labor sin agregar comentarios personales ni cuestionar a ninguno de los trabajadores.

Hice una pausa.

—Cualquiera de ellos podría tener una reacción semejante frente a una aguja. Y ninguno merece ser ridiculizado por eso.

La conversación, para mí, había terminado.

En ese momento, uno de los hombres de seguridad que se encontraba en la puerta de entrada había comenzado a observar la situación. Desde allí podía ver hacia el interior del salón que había sido destinado provisoriamente para realizar las vacunaciones. Al advertir el tono de la discusión, dio un paso hacia adelante y permaneció mirando, sorprendido por el ambiente que se había generado.

Entonces lo miré.

—Las cámaras están funcionando perfectamente, ¿me lo confirmás?

El hombre respondió:

—Sí, señor.

Volví la mirada hacia el interior del salón.

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—Bien. Entonces prepará ese registro. Quiero que se conserve el metraje completo y que se verifique también que el audio esté en perfectas condiciones.

El hombre asintió.

No necesitaba agregar nada más.

No había sido una conversación privada ni una cuestión de versiones. Había ocurrido delante de otras personas y, además, existía un registro de lo sucedido.

Yo había hecho la fila como uno más.

Había tratado a mis compañeros como compañeros.

No había utilizado mi apellido, mi vínculo familiar ni mi posición para obtener un privilegio.

Pero tampoco iba a aceptar que alguien confundiera mi silencio con autorización para faltarme el respeto.

Al final, la incomodidad no vino de la aguja.

Vino de comprender que, en determinados espacios, todavía puede confundirse autoridad con certeza, experiencia con conocimiento y un uniforme con verdadera formación.

Y quizá ese sea el verdadero pecado de ser un sobrino anónimo: que mientras uno decide comportarse como cualquier otro, algunos creen tener el derecho de tratarlo como si no mereciera el mismo respeto que todos los demás.

Espacio de reflexión social

Autor: Óscar Schenone

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