Durante mucho tiempo creí que la esperanza volvería haciendo ruido.
Pensaba que llegaría como llegan algunas tormentas: De repente, llenándolo todo de luz, rompiendo el cielo con una certeza imposible de ignorar.
La esperé así. Con las ventanas abiertas.
Con el corazón preparado. Con esa clase de paciencia que se parece demasiado a quedarse quieta. Pero no volvió.
Pasaron los días. Después los meses. Y aprendí a vivir sin preguntarle dónde estaba. Hice café. Contesté llamadas. Lavé platos. Cambié las sábanas. Seguí caminando por las mismas calles con la extraña sensación de que el mundo continuaba sin haberme pedido permiso. Hasta que una mañana vi una pequeña planta junto a la ventana.
Yo la había dado por muerta. Hacía semanas que no tenía una hoja nueva. Pero allí estaba. Un brote.
Pequeñísimo. Verde. Casi ridículo frente a todo lo que yo había perdido.
Lo toqué con un dedo. Y algo dentro de mí se movió. No fue felicidad. Ni siquiera alegría. Fue algo más pequeño. Una especie de sí que todavía no sabía pronunciarse.
Ese día salí a caminar. No porque esperara encontrar nada. Simplemente salí. El aire estaba frío. Una mujer reía al teléfono. Un niño corría detrás de una paloma. Alguien abría las persianas de un bar. Una bicicleta pasó junto a mí y durante un instante sentí ganas de seguir caminando sin saber adónde.
Entonces comprendí. La esperanza no había vuelto cuando dejé de sufrir. Había vuelto antes. Mucho antes. Cuando abrí los ojos aunque no quisiera levantarme. Cuando respondí a aquel mensaje. Cuando hice planes para una semana que todavía no había llegado. Cuando compré algo pensando en el verano. Cuando volví a escuchar una canción que durante meses no pude soportar. Cuando me reí sin haberlo decidido.
La esperanza no había estado esperando un momento perfecto. Había estado entrando por las rendijas. Despacio. Sin anunciarse. Como la luz cuando encuentra una habitación que alguien llevaba demasiado tiempo manteniendo a oscuras.
Aquella noche volví a casa.
La planta seguía allí. La miré durante un rato. Y comprendí por fin dónde estaba aquel lugar que llevaba tanto tiempo buscando.
No estaba en una ciudad. Ni en una persona. Ni en el futuro. No era siquiera un lugar que pudiera señalar con el dedo. Era ese pequeño espacio entre una respiración y la siguiente, ese instante diminuto en que todavía no sabes qué va a ocurrir pero, aún así, decides respirar otra vez.
Ahí. Exactamente ahí. Es donde vuelve la esperanza.
Cargando comentarios...